Fin de la generación de los ‘80

En trece meses han muerto los dos políticos cordobeses más importantes desde 1983. Fueron dos líderes fuertes que acaso se extrañen, fundamentalmente en tiempos de zozobra, si se observa la camada dirigencial que asoma.

Por Gabriel Osman
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generaciónEn el brevísimo paréntesis de un año (13 meses, con exactitud) han desaparecido física y políticamente los dos dirigentes más importantes de Córdoba en el arco de 35 años que cruza, completa, la reinstitucionalización del país, en 1983. A diferencia de Eduardo Angeloz, José Manuel de la Sota se mantuvo siempre en escena, mientras que el radical sufrió prematuramente la amputación de su carrera a manos de la Justicia, que lo absolvió, pero que ese tribunal de alzada que en democracia es la opinión pública lo condenó implacablemente.
Fueron los grandes constructores de poder en la UCR y el peronismo que, con matices, usufructuaron ambos partidos. Mejores arquitectos de poder que administradores del Estado, ambos fueron sucedidos, curiosamente, por grandes hacedores: Ramón Bautista Mestre, casi con prepotencia (debutó con un juicio político a todos los miembros del Tribunal Superior, que luego no hizo falta porque renunciaron todos menos uno), mientras que el actual gobernador tuteló la herencia y administró con cautela la provincia quizás con mayor calidad institucional del país (sin dudas la mejor, si la comparación se ciñe al universo de las provincias peronistas).
Fueron dos líderes fuertes que acaso se extrañen, fundamentalmente en tiempos de zozobra, si se observa la camada dirigencial que asoma. Con el trípode que completa Juan Schiaretti, se cerrará un ciclo de una forma de construir poder predominantemente territorial, reemplazada probablemente por armados más volátiles, con prevalencia mediática y nuevas tecnologías, al estilo PRO, con improbabilidades extremas para sobrevivir a las crisis cíclicas de nuestro país.
Estos adversarios, en su momento acérrimos, tuvieron muchísima coincidencias en su derrotero político. El punto en común que primero salta a la vista es que ambos fueron tres veces gobernador y ambos chocaron contra los confines de Córdoba. En la acepción menos agresiva del término, fueron dirigentes de cabotaje. Jamás pudieron disputar con posibilidades la Presidencia de la Nación. Carlos Menem pudo, viniendo desde los páramos de La Rioja, mientras que Angeloz y De la Sota ni remotamente proviniendo de la segunda capital política de país.
El riojano incluso hasta pudo ayudar decisivamente a De la Sota a ganar la Gobernación por primera vez en las elecciones de diciembre de 1998, colocando a su delfín Germán Kammerath en la Vicegobernación y así aportando los puntos necesarios para bloquear la reelección de Ramón Mestre.
No solo los unió esa vocación fallida de la Presidencia. De la Sota perdió los dos comicios en los que compitió contra Angeloz (1987 y 1991), pero después, en una misma jornada, ambos ganaron la elección. Fue en 1995, cuando la Legislatura cordobesa eligió a los dos senadores nacionales. Fue la última elección indirecta ya que en 2001, por imperio de la reforma constitucional de 1994, las elecciones de los senadores fueron por voto directo.
Para Angeloz fue el epígono de su trayectoria para pasar al total confinamiento público, matizado solo por su apego a la vida partidaria en la Casa Radical. Para De la Sota, con Angeloz en una ermita, fue el prólogo de una rutilante secuencia de triunfos, hasta que en 2007 llegó Juan Schiaretti a la ya demolida Casa de las Tejas, el enemigo íntimo de la interna partidaria. Fue un relevo pacífico, turbado –hoy ya se sabe con certeza- por el ruido de fondo de las acusaciones de fraude de las fraudulentas denuncias de Luis Juez.
El tándem De la Sota – Schiaretti tuvo sus momentos ejemplares de cómo administrar las tensiones que siempre existieron entre ambos, cuando en el discurso triunfal para su tercer mandato, el 8 de agosto de 2011, De la Sota dijo para que escucharan todos: “Sin la maravillosa gestión de Juan, esta noche no hubiera sido posible”.
El otro gesto es más reciente: el llanto inconsolable del gobernador casi recostado sobre el féretro. Con la tragedia de la muerte prescriben todas las disonancias y queda el desconsuelo ante la muerte de un hombre aún con vida por delante. No hay consuelo y no lo debe haber. Como ilustra el célebre jurista ateniense Solón al llorar aturdido ante la tumba de su hijo muerto. Alguien quiso consolarlo y que cesara su pesar porque, al final, dijo, es irremediable. A lo que el sabio respondió: “Precisamente por eso lloro”.