El otro presidente que no fue

En poco más de un año Córdoba perdió a los dos hombres más importantes de su historia reciente. Como Angeloz, también fue amado y odiado, buscó la presidencia y no logró alcanzarla.

Por Javier Boher
[email protected]

presidente388 días separan las fechas de fallecimiento de los dos gobernadores que marcaron la historia de los cordobeses desde el regreso de la democracia. El 23 de agosto del año pasado se extinguía la vida de Eduardo Angeloz, dueño absoluto de la política cordobesa de los ‘80 y parte de los ‘90. El sábado, en un trágico accidente, el dueño de la política cordobesa de los últimos 20 años dejó de existir.
José Manuel De la Sota marcó a fuego la historia reciente de nuestra provincia. Carismático, siempre supo usar su personalidad magnética para unir voluntades que de otra forma podrían estar dispersas. Así logró juntar fuerzas para formar la coalición con la que llegó al poder hace casi dos décadas, tras varios intentos frustrados.
Con su destreza para manejar los tiempos siempre fue capaz de revolucionar la agenda, hablando con la determinación de un comandante de barricada o con la suavidad del nieto que va a visitar a su abuela con alzheimer.
Original en la búsqueda de estrategias electorales, siempre recurrió a todas las herramientas a su alcance para posicionarse en la consideración de la gente, sea con su libro, su CD o el programa que estaba pronto por salir al aire.
Quizás por eso, pese a la distancia calculada que tuvo con el kirchnerismo durante sus mandatos, en los últimos tiempos trabajó para acercar posiciones. Nada se interponía en su vocación por construir poder y ampliar las posibilidades de sus aspiraciones. Así también logró sellar su exitosa alianza con Schiaretti, que mantuvo hasta ahora pese a las distancias y desencuentros.
Su gestión deja puntos altos y bajos, que se confunden en los extensos doce años que detentó el cargo de gobernador. Tanto tiempo contribuye a confundir algunos límites, a magnificar algunos logros y a minimizar algunos yerros. Por más que no se pueda negar su relevancia histórica, la beatificación acrítica de su figura difícilmente contribuya a valorar efectivamente su gestión.
Su olfato como político lo llevó a apostar por Domingo Cavallo como candidato a diputado allá por 1987. Con ese respaldo logró proyectarlo a la política nacional, convirtiéndolo en personaje central de los ‘90.
También apostó por Germán Kammerath como vicegobernador y lo respaldó para que llegue a la intendencia en 1999. Esa alianza con el protegido de Menem marcó el momento en el que la sociedad cordobesa expulsó al radicalismo al desierto, de donde todavía no logró escapar.
Entre sus cuadros destacados también figuró Ricardo Jaime, que fue viceministro de educación hasta que el kirchnerismo llegó al poder a nivel nacional y lo reclutó como secretario de transporte.
Fue hábil para esquivar las polémicas y gestionar los conflictos, favoreciendo el olvido selectivo respecto a nombres como los anteriores. Se supo despegar de las denuncias por corrupción y capitalizar los aciertos de los distintos sectores.
Su gestión como embajador en Brasil permitió que la provincia integre su economía con el vecino país, relación a la que le debemos parte de la bonanza económica que distinguió a Córdoba de otras provincias.
Por lo pronto, muchas personas han perdido a un referente político. Entre los militantes, los que lo conocieron más de cerca sentirán que se fue un padre. Sus detractores podrán criticarlo o ironizar sobre sus logros, pero no podrán evitarlo en sus análisis. Su legado político es gigante, ganándose en toda ley el lugar que le corresponde. Sea amado u odiado, su destino será solamente definido por la historia.
En ese sentido, el pueblo cordobés ha dado muestras de reconocer genuinamente las cualidades de los líderes que guiaron sus destinos. A poco más de un año del fallecimiento de Angeloz, hoy Córdoba despide a otro político al que la historia le negó la posibilidad de llegar a la presidencia. Se va otro presidente que no fue.