Los subsidios del gallinero

Todo este galimatías por culpa de los subsidios, irresponsablemente disfrutados durante la estudiantina kirchnerista. Son los subsidios del gallinero, pero con una importante diferencia.

Por Pablo Esteban Dávila

Una de las bombas de tiempo más formidables que dejó el kirchnerismo es la de los subsidios. Allí donde se los pretenden recordar, surgen los problemas menos pensados. A los más evidentes (como, por ejemplo, las facturas que deben pagar los usuarios de gas y electricidad) se suman otros de carácter institucional. Este es el caso de los destinados al transporte urbano de pasajeros.
Probablemente muchos no sepan que, dependiendo la jurisdicción, lo que se paga de boleto de transporte es sólo una fracción del costo de prestación. La diferencia la pone el Estado nacional a través de subsidios directos a las empresas prestatarias. Este mecanismo de financiación surgió con la devaluación y pesificación asimétrica de Eduardo Duhalde y se profundizó hasta el paroxismo durante los mandatos K. El colosal déficit fiscal que padece el país se explica, en buena parte, por este orden de cosas.
Mauricio Macri se propuso desmantelar la bomba de a poco, apelando al hoy extinto gradualismo. La maniobra de desactivación pareció marchar más o menos bien, pero la crisis financiera desatada en mayo -y que se extiende hasta hoy- pulverizaron la estrategia. Ahora, se ve forzado a terminar de cuajo con los subsidios al transporte, entre otros recortes draconianos.
En rigor, las leyes de la semántica dirían que el presidente no recortó nada. Que simplemente transfirió la decisión a las provincias, las verdaderas autoridades de aplicación de estos servicios. Si éstas no quieren continuar subsidiándolos, pues que tomen las decisiones del caso.
Debido a que la realidad fiscal de las jurisdicciones provinciales es, por decirlo de algún modo, variopinta, algunas podrán afrontar el monto que la Nación dejará de pagar y otras que no podrán hacerlo, o que lo harán a medias. Es más que probable que, a resultas de este reacomodamiento, el precio del boleto urbano promedio subirá sensiblemente a lo largo y lo ancho del país.
En Córdoba, la situación tiene sus particularidades. Desde 2012, la provincia subsidia la demanda a través de diferentes tipos de programas, como el boleto educativo gratuito a el de los adultos mayores, entre otros. Este subsidio no reconoce jurisdicciones: vale tanto para los servicios de trasporte urbano en las grandes ciudades como en los interurbanos. Tampoco modifica el precio nominal, dado que son los usuarios, no los empresarios, quienes reciben el beneficio.
La decisión presidencial, por lo tanto, deja a Juan Schiaretti en una posición relativamente cómoda. El gobernador ya avisó: continuará subsidiando a la demanda y se reservará el derecho de incrementar los montos que actualmente asigna a los diferentes programas. Inversamente, será el intendente Ramón Mestre (junto a otros colegas de tierra adentro) quién deberá enfrentar el costo político de llevar el precio nominal del boleto urbano a su valor de mercado.
El municipio cordobés no tiene otra opción que esta, más allá de que parezca un suicidio. Sin margen para afrontar los montos que la Nación dejará de financiar, su única salida es transferir a los usuarios el costo real del servicio. Puede que sea mucha plata. Si se considera que, durante la Convertibilidad, el boleto urbano costaba unos ochenta centavos de dólar sin subsidios, el precio actual debería rondar los $32, casi un 86% más de lo que cuesta actualmente.
Sería Mestre quién debería poner la cara por este sinceramiento tarifario, sin la chance de culpar públicamente a la Casa Rosada por el mal trago. Al otro lado del mostrador, Schiaretti podría aparecer como el salvador de los capitalinos, subsidiando mayestáticamente a tal o cual grupo de pasajeros siempre a través de sus tarjetas Red Bus y sin meterse en el espinoso tema del costo del boleto. El gobernador, claramente, saldría ganando de este embrollo.
Claro que Mestre no está dispuesto a inmolarse en nombre de la eficiencia económica, mucho menos para salvar la ropa de un presidente con quién no termina de congeniar. Esta es la razón que explica su reciente llamado a los diputados cordobeses de Cambiemos para que discutan en el Congreso esta poda. Entre ellos está Mario Negri, su rival en la interna radical para disputar la gobernación el próximo año.
Es difícil que Negri (y, con él, buena parte del bloque) decidan hacerle las cosas fáciles a Mestre. No sólo por evidentes razones políticas, sino porque esto lo llevaría a un cortocircuito con Macri, su principal valedor en la interna mediterránea.Además, si el gobierno no acierta a bajar el déficit de alguna manera -y ninguna es indolora- los riesgos que enfrenta el entorno directo del presidente son colosales. Dado que Negri forma parte de este grupo por derecho propio, debe concluirse que tiene mucho para perder si decidiese hacer causa común con su correligionario intendente.
Esta urdimbre de intereses y decisiones imposibles determinará que Mestre incremente su perfil combativo. Sus primeras diatribas serán dirigidas, previsiblemente, a Schiaretti, quien responderá que fijar el precio del transporte urbano es un resorte del municipio. Simétricamente, dirigirá su ira hacia el gobierno nacional, reclamando que lo han dejado en una situación políticamente insostenible y claramente debilitado. Esto podría afectar aun más los ya débiles lazos que lo unen al macrismo, con el riesgo que esto implica para sus ambiciones.
Puede existir, finalmente, una consecuencia colateral, que es distanciar al radicalismo estructural de sus socios cambiemitas. Mestre funge como intendente y presidente de su partido y, en el fondo, sus intenciones pasan por asociar a la UCR con su propio destino político. En este sentido no es improbable que, distanciado con la Casa Rosada por el tema subsidios y colimado por un boleto urbano alrededor de los treinta pesos, se repliegue sobre el núcleo duro y prepare una yihad provincial aun en contra de los deseos de Macri, siempre cauteloso en todo lo que ataña a su relación con Schiaretti.
Y todo este galimatías por culpa de los subsidios, irresponsablemente disfrutados durante la estudiantina kirchnerista. Son los subsidios del gallinero, pero con una importante diferencia. Así, mientras que en la imagen original las gallinas de abajo son las que reciben las deposiciones de las de arriba, en el actual escenario las de abajo no reciben absolutamente nada.A pesar del aparente bienestar que entrañaría esta situación,es la tristeza (y no la felicidad) la sensación que las embarga. Toda una metáfora de la política argentina.