Tomar o destomar, esa no es la cuestión

En este siglo de las sombras, quizás la palabra “universidad”, que denota “universo”, “búsqueda del conocimiento universal”, haya sido “resignificada”, utilizando un típico modismo de la jerga posmoderna. Probablemente ahora quiere decir “todo vale”, “mezclemos todo”, “aquí la Biblia y al lado el calefón”.

Por Daniel Gentile

Asambleas de alumnos de varias facultades de la Universidad Nacional de Córdoba, debatían ayer la posibilidad de dejar sin efecto las tomar de esos establecimientos. Las ocupaciones habían sido decididas en asambleas realizadas en el marco del conflicto por reclamos salariales de docentes y no docentes. Un conflicto que alcanzó su punto máximo en una masiva movilización callejera realizada el veintidós de agosto “en defensa de la Universidad Pública”. Un asunto torpemente politizado, en el peor de los sentidos en que puede utilizarse esa palabra.
En este siglo de las sombras, quizás la palabra “universidad”, que denota “universo”, “búsqueda del conocimiento universal”, haya sido “resignificada”, utilizando un típico modismo de la jerga posmoderna. Probablemente ahora quiere decir “todo vale”, “mezclemos todo”, “aquí la Biblia y al lado el calefón”. Así, en las asambleas para apoyar los reclamos salariales de los docentes, se terminó reclamando la separación de Iglesia y Estado, sacando de una Facultad una imagen religiosa y hasta volviendo a batir el parche sobre el tema del aborto legal.
Una “toma” siempre es violenta, pues supone la determinación de quedarse en un lugar, privado o público, que no es propio, ignorando o quebrantando el derecho de su dueño. Aunque los alumnos de la Universidad crean lo contrario, aunque incluso algunos profesores les hayan enseñado lo contrario, aunque años de docencia colectivista los hayan convencido de lo contrario, la Universidad, sus espacios físicos, no son propiedad de los estudiantes. Ni de los docentes, ni de los no docentes, ni de los egresados. Pertenecen al dominio público del Estado, sostenido por millones de contribuyentes, mucho de los cuales ni siquiera han pasado cerca de una Facultad.
Quienes pueden decidir sobre los tiempos y modos de ocupación de sus aulas y otros espacios universitarios, son las autoridades de la institución. Los que han sido elegidos para conducir cada Facultad, cada Escuela, y por encima de ellos, las autoridades de la Universidad. Estamos hablando de decanos y de directores, y estamos hablando del Rector, que es el vértice de esa pirámide.
Se presume que todos han llegado a esos cargos por las vías institucionales que corresponden. Ninguno ha usurpado la función que ejerce. Estamos hablando esencialmente de una jerarquía, tan necesaria en toda organización humana, e incluso no humana. En la naturaleza, en cualquier especie, es imposible que no existan las jerarquías, pues son una premisa para el orden. Hay que dejar en claro que los alumnos que desde hace semanas “ocupan” la Universidad, son verdaderos usurpadores.
Esta usurpación, que ya lleva semanas, y que no ha merecido por parte de las legítimas autoridades universitarias otra cosa que no sea tolerancia, parece que puede llegar a su fin por el peor de los caminos. La decisión de los propios usurpadores. Unos delincuentes invaden una casa, violan un domicilio, se quedan unos días a vivir, y al cabo de tres semanas, “democráticamente” deciden en asamblea que finalmente dejarán al dueño en paz.
Es cierto que no todos los alumnos son iguales. Es justo diferenciar a los que “decidieron tomar” de los que decidieron “destomar”. También es cierto que es plausible la actitud de estos últimos, que demuestran una clara vocación de respeto por el derecho constitucional de todos a enseñar y aprender.
No es menos cierto que, esencialmente, ambos hechos son idénticos en su ilegitimidad. “Tomar” u ocupar una Universidad, o una escuela, o cualquier ámbito no propio, siempre será una actitud, además de violenta, ilegal o inconstitucional. Habría que ver si eventualmente encaja también en algún tipo penal.
Pero “destomarla”, por muy loable que sea la intención de quienes así lo deciden, no es menos ilegítimo, en la medida en que no son los estudiantes quienes están facultados para decidir cuándo se ocupa o se desocupa un espacio de la Universidad.
Puede llegar a ocurrir incluso que estas “asambleas” que se arrogan el derecho de gobernar la Casa de Trejo, decidan ahora restituir a su lugar a la Virgen que la semana pasada debió ser llevada a una Comisaría, aunque sin esposas, para resguardarla de la amenaza de las hordas de violentos. Tampoco sería justo hablar, si ello acontece, de que las cosas han vuelto a su lugar, de que el orden ha sido restablecido.
No podemos olvidar, con creciente disgusto, que hace menos de un año una magistrada porteña avaló la toma de las escuelas por los alumnos, e incluso habló del “derecho constitucional de todos los estamentos de la comunidad educativa de participar en todas las decisiones”.
Es también imposible no evocar las decisiones que otros jueces emitieron en los últimos años, convalidando el vandalismo sindical bajo la doctrina de la “no criminalización de la protesta social”.
En ese contexto de sovietización creciente del que por ahora parece imposible salir, deberíamos resignarnos a la alegría si las asambleas de alumnos deciden “destomar” la Universidad Nacional de Córdoba.