La crisis política le ganó a la económica

El Gobierno aparece desconcertado y sin asumir la magnitud de la crisis. No hay señales de que analice cambiar su estrategia ni siquiera para convocar a diferentes sectores para analizar la situación. 

Por Gabriela Origlia

La crisis ya es política. Los indicadores económicos, aunque no son buenos, no son los que están provocando la corrida cambiaria que ayer dejó el dólar en $40 con el Banco Central vendiendo US$ 330 millones.  Este mes, aun sin la crisis de los últimos días, los indicadores de confianza en el Gobierno estaban en su nivel histórico más bajo. Desde el spot del presidente Mauricio Macri del miércoles a la mañana a las declaraciones posteriores de sus ministros, todo fue peor.
La sucesión de “voceros” no hizo más que demostrar desconcierto. Arrancó el jefe de Gabinete Marcos Peña –sobre cuya continuidad en el cargo se acumulan varios días de dudas- con su frase de “no estamos ante un fracaso económico”. María Eugenia Vidal se diferenció con “no reconocer la dificultad sería no entender a la gente” y Rogelio Frigerio admitió que “hubo errores no forzados”.
La carrera del dólar terminó paralizando la economía. Empresas pidieron a sus distribuidores frenar los despachos por falta de lista de precios; terminales automotrices repitieron esa receta con las concesionarias y hubo estaciones de servicios que redujeron el suministro.
Todo eso pasó después de que el Gobierno se jugó su carta de oro al anunciar que el Fondo Monetario Internacional garantizará el financiamiento de 2019. Por delante todavía tiene el desafío del presupuesto 2019. Lo enfrentará con el pedido del FMI de endurecer el ajuste y dependiendo de la oposición para sacarlo.
¿Todo el tema es fiscal? preguntó Alfil al economista Jorge Vasconcelos del Ieral. “No. Hay desconfianza y alcanza a todo el gobierno”. Las provincias –de cuyos gobernadores depende Macri para tener presupuesto 2019- cerraron el primer semestre del año con superávit. Los propios números del Ministerio de Hacienda mostraron que, en el primer semestre, las provincias hicieron el ajuste. Revirtieron un rojo de $36.696 millones entre enero y junio de 2017 y pasaron, en el mismo lapso de 2018, a un superávit de $38.578 millones.
Cualquier borrador de acuerdo con las provincias y de presupuesto fue alterado en las últimas horas. No sólo la inflación de agosto será alto (ya antes de la última depreciación se estimaba en alrededor de 3,5%) sino que la de setiembre seguirá igual tendencia. Si las tasas a 40% enfriaban la actividad, no hace falta hacer proyecciones lo que implican a 60%. La calificadora Moddys ya adelantó que “agudizarán” la recesión.
El analista político Sergio Berenstein admitió que hay “un sobrecastigo”. Así como en los primeros tiempos del Gobierno había confianza y crédito, ahora dominan las dudas y la falta de credibilidad. A su entender, “existe la necesidad de un cambio contundente”.
En este escenario, todavía desde la Rosada no hay señales de que avance en lo que desde distintos sectores están pidiendo: un gran acuerdo. Ni siquiera les permite decir a algunos actores que no porque no los convoca. Ayer, por ejemplo, los gobernadores esperaban un llamado que no llegó.
En su defensa los funcionarios nacionales sostienen que no pueden formalizar propuestas porque todavía están discutiendo la “letra chica” con el Fondo y, hasta que no cierren ese capítulo, no tendrán precisiones para dar. De todos modos, para adelante nadie imagina más que ajuste y más ajuste. El shock, evitado siempre por Cambiemos, terminó siendo forzado.
Mientras todos –desde sindicalistas a bancos de inversión pasando por economistas y legisladores- coinciden que el escenario cambió, desde el Gobierno mantienen el mismo discurso. Siguen apegados a las figuras climáticas para describir la situación e insisten en que no se puede vivir siempre al fiado, que hay que eliminar el déficit y que el rumbo es el correcto. Parece difícil llegar a un resultado diferente haciendo el mismo camino y aplicando las mismas herramientas.