Los defensores de la Universidad

Una multitud pulula en estos días en las redes sociales en encendidas defensas de la Universidad pública.

Por Daniele Gentile

Una multitud pulula en estos días en las redes sociales en encendidas defensas de la Universidad pública.
No pueden disimular estos individuos el placer exquisito con el que escriben las letras que componen sus nombres, declarándose orgullosamente egresados de la Universidad Nacional de Córdoba u otras universidades públicas argentinas. Han salido en cadena a poner sus pechos -¡y sus gloriosos diplomas!- como prueba documental de lo inmensamente valiosas que son esas instituciones educativas.
¡Imagínense! ¡Si yo soy uno de sus egresados! Se advierte en el tono de estas declaraciones una suerte de narcisismo o cholulismo; un deseo irrefrenable de hacer saber al mundo que ¡ellos y ellas! son las pruebas vivientes de lo gigantescas que son esas catedrales del saber.
Se trata, como nadie ignora, de una movida política para acompañar el paro de los docentes universitarios reclamando mejores salarios, ante lo que quieren ver (y sobre todo presentar) como la amenaza del gobierno de desfinanciar o arancelar esas casas de estudios. Es interesante destacar que no son sólo los docentes los que están de paro y se movilizaron; tampoco están solos los trabajadores no docentes y los alumnos. Insólitamente, la Universidad, como institución, adhirió a la medida de fuerza. El Consejo Superior emitió una declaración en la que anticipó que justificaría la inasistencia de los estudiantes para asistir a la movilización.
Media un abismo entre la Universidad ideal que estos manifestantes exhiben y la Universidad real de 2018. No un abismo, sino varios abismos, se interponen entre el sagrado Templo del Saber que quieren vendernos y esta universidad gravemente devaluada en su nivel académico y torpemente contaminada por lo peor de la política.
Lo más leve que puede decirse de la Universidad actual es que no está a la altura de su historia. Lo peor, que ha devenido en un centro de adoctrinamiento.
Aunque probablemente no existe el fantasma que se agita de la desfinanciación o el arancelamiento, me apresuro a decir, en primer lugar, que la gratuidad de las universidades no debe ser considerada como un dogma de fe. Ha llegado hace tiempo la hora de repensar el financiamiento de las Universidades públicas. No sería una herejía plantear un sistema de arancelamiento y otro de becas para quienes realmente no estén en condiciones de pagar sus estudios. Por otra parte, la canonizada gratuidad no existe ni existió nunca. Todos sabemos –y esto no es una frase hecha sino una realidad- que las universidades públicas cuestan, y mucho, a los contribuyentes, muchos de los cuales jamás pisaron sus aulas. Ni ellos ni sus hijos.
La Universidad pública puede y debe ser mejor, y ese salto de calidad no se logrará simplemente aumentando sus partidas presupuestarias. Hace mucho tiempo que las universidades argentinas dejaron de ser Catedrales de la ciencia y templos del saber. Sus cuerpos docentes no están integrados por monjes dedicados a la enseñanza y la investigación, sino por personas que en muchos casos utilizan la chapa de profesor para optimizar su imagen profesional. Dicho en otras palabras, son poquísimos los docentes que viven de la Universidad. Tampoco sus alumnos y egresados son modelos de excelencia ni mucho menos garantía de calidad como profesionales. Si los supuestos egresados que han publicado encendidos manifiestos en las redes sociales pudieran ser considerados botones de muestra, podríamos inferir por su sintaxis y ortografía, que nuestras universidades son productoras de profesionales que adolecen de una preocupante indigencia cultural. Esa es la realidad. La parte más leve de la realidad.
Lo peor es el proceso, que se ha exacerbado en los últimos años, que ha convertido a estas casas de estudios en vulgares centros de adoctrinamiento en ideologías totalitarias.
La universidad pública argentina desmiente cotidianamente con sus gestos su carácter universal y pluralista. Casi sin excepciones, estos centros de estudio han sido colonizados por doctrinas que exaltan a dictadores y tiranos.
En actitudes que se asemejan a desafíos adolescentes, se han dedicado en los últimos años a galardonar a individuos que podrían conformar un catálogo de la vergüenza. “¡Somos tan transgresores!”, quieren decirnos los que conducen a estas Universidades, cuando, con frecuencia creciente, coronan con flores y pámpanos a sujetos que, en el mejor de los casos, no estarían en condiciones de escribir una “o” con un vaso, y en el peor tienen las manos manchadas con sangre. ¡Pero son tan progres!
No debemos olvidar que entre los logros de la Universidad Nacional de Córdoba están los doctorados honoris causa otorgados en lo que va de este siglo a personajes como el ex presidente uruguayo y ex terrorista Pepe Mujica, el ex presidente ecuatoriano, prófugo de la justicia de su país, Rafael Correa, el presidente de Bolivia Evo Morales, su vicepresidente (ex guerrillero) Alvaro García Linera; por supuesto, fue propuesto para el doctorado post mortem el tirano Fidel Castro; Milagro Sala fue premiada por la Facultad de Filosofía; Hebe de Bonafini, apóloga del terrorismo, fue distinguida por la Facultad de Ciencias de la Información; el periodista y ex terrorista Horacio Verbisky fue premiado por la Facultad de Filosofía y Humanidades; Lula Da Silva, condenado por corrupción, también fue galardonado con el doctorado honoris causa de la UNC y otras cinco universidades nacionales; la Universidad de La Plata galardonó (post mortem) a Jorge Julio López, cuyo mayor mérito consiste en haber sido desaparecido cuando debía testimoniar en una causa por delitos de lesa humanidad; la Universidad Nacional de Lanús declaró doctor honoris causa al ex juez español Baltasar Garzón, removido de su cargo por prevaricato. Otras universidades nacionales han premiado a tiranos como Hugo Chávez y Daniel Ortega. Por supuesto, no podían faltar destacadas representantes de la ideología elevada a la categoría de dogma por la Universidad: el feminismo. Susana Trimarco, pionera de las llamadas “leyes de trata”, y acusada de haberse quedado con dineros públicos, fue galardonada por la Universidad Nacional de Río Cuarto. La renombrada filósofa feminista María Luisa Femenías recibió el doctorado honoris causa de la UNC. Y sigue la lista, que incluye a algunos artistas más o menos inofensivos como Joan Manuel Serrat y Silvio Rodríguez. Todos, sin excepción, ostentan el común denominador de poseer ese inestimable mérito, esa patente de elegancia intelectual que es pertenecer, de una u otra forma, a lo que se llama “la izquierda”.
Estos son algunos de los doctores y doctoras honoríficos y eméritos que puede exhibir en estos últimos años la universidad pública argentina. Ellos son una muestra, y no un detalle menor, de la Universidad que tenemos.
De esos doctorados honoríficos quieren que experimentemos un profundo orgullo los individuos que, en un gesto torpemente político, salen ahora a abrazar y defender a la Universidad de una amenaza ilusoria.