El mal gusto de decirse “tourista”

Un columnista cordobés de 1898 se queja por la adopción de la palabra “tourista”, y también por cierta vulgarización de eso que ésta mentaba. Al hacerlo, señala el ingreso reciente del término al castellano local.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Turistas visitando sitios de Londres, una ilustración del siglo XIX.

No se sabe si el columnista que firmaba “Gil Guerra”, –seudónimo de José Menéndez Novella, un catalán nacido en 1865 que fue colaborador en el diario Los Principios– expresaba su desaprobación a la incorporación del término “tourista” a nuestro idioma, o a la vulgarización de la misma práctica antes exclusiva de las elites adineradas. La práctica misma de los viajeros y visitantes era cosa más que corriente, claro. Gil Guerra parece despotricar sobre la modalidad en la medida en que la misma lleve esa denominación extranjera, y sobre la actitud de los propios “touristas”, ya que cualquiera se calzaba el mote como si lo hubiera usado desde siempre.
En una crónica sobre un viaje a Mendiolaza, Gil Guerra (seudónimo que remedaba y se distanciaba a la vez del de “Gil Paz”, que usaba Leopoldo Lugones para sus publicaciones periodísticas de aquellos años ’90) decide escribir algo que tiene atragantado, previo a las descripciones de aquella localidad:
“…Antes de entrar en materia, señor Director, permítame una digresión que no es un desahogo a mis despechos que si los tengo son poco intensos puesto que son flaquezas del humano espíritu, sino una expansión personal.
¿Cuál es?
Contra tanto tourista que por su abundancia, está ya haciendo el efecto de los mosquitos y las pulgas.
Ahora es un calificativo a la moda el llamarse tourista, como si nuestra buena lengua de Garcilaso y de Cervantes, no fuera el más rico, el más hermoso y el más elocuente de los idiomas, para expresar todas las intimidades del alma, todas las concepciones de la inteligencia.
Esto y nada más está pasando con la palabra tourista.
Ahora todos son touristas: el que busca su refugio en los altos de Córdoba, como el que lo busca en las villas y demás centros de la bourguesía; el que empuña la tosca pluma del zapatero, como el artista que lleva vigor en el pincel y en su numen inspirador; el pajarito que va huyendo del acreedor, como el que sale a gozar tranquilo y sin inquietudes los ahorros de una vida laboriosa.
Al usarse una moda señores touristas, debe tenerse en cuenta que al vulgarizarse no caiga en la vulgaridad.
Desterremos las prácticas viciosas, no seamos simples plagiarios de palabras y calificativos peculiares solo al idioma a que pertenecen, ni traigamos de los cabellos galicismos y otras por el estilo a nuestra buena lengua castellana, ni vivamos del escamoteo de ideas; seamos pensadores a mente propia.
Esta es mi expresión personal, señor Director. Doblemos la hoja. (…)
Gil Guerra.”
Es posible que lo del columnista de Los Principios fuese una reacción por haber leído, en aquellos mismos días y en ese mismo diario, crónicas de otros corresponsales que realizaban viajes veraniegos a pueblos serranos y enviaban sus descripciones, introduciendo la palabra en sus textos. Ejemplo de esto se ve en un corresponsal que escribe desde Cosquín, aquel enero: “De la estación me dirigí al Hotel de Europa, el que me había sido recomendado por varios touristas, y cuyo buen nombre lo merece con justicia, como he podido comprobar durante mi permanencia en ésta”.
Curiosamente, aunque no como práctica corriente, se puede encontrar también el vocablo en el libro de 1871 firmado por Juan Bautista Alberdi: Peregrinación de Luz del Día o Viaje y aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo, una narración alegórica donde escribe el tucumano que la «Verdad» se determinó un día de mal humor a emigrar al Nuevo Mundo, y lo hizo “como emigrada, con miras de quedarse allí establecida y no como «tourista»”.
Años después de la publicación de Gil Guerra y ya en el siglo XX, el pionero argentino de la semántica Juan B. Selva, afirmaba en su libro publicado en La Plata en 1906, El Castellano en América, que hay un fárrago de barbarismos, tomados del francés y del inglés, de cuyo abuso «han de nacer muchos neologismos que vendrán a reclamar su inclusión en el Léxico; antes les será indispensable ponerse también a la “moda” del castellano, cambiar algo de traje y de pronunciación, adaptándose siquiera a la índole ortográfica y prosódica, propia de nuestra lengua. Ya touriste en su afán por denominar a quien
viaja por placer, se ha. convertido en turista; y de la misma manera tienden a castellanizarse muchas

otras palabras.»
Efectivamente, se trata de un anglicismo, también adoptado por el idioma francés, una voz de procedencia inglesa que denominaba un concepto nuevo, o se usaba para causar efectos estilísticos. Gil Guerra en su artículo, si bien afirma que nuestra lengua es rica y elocuente, no ofrece ningún sustituto castellano para “tourista”, que en su forma asimilada de “turista” está definitivamente integrada al idioma. Es cierto que se puede reemplazar en muchos casos con palabras como excursionista, visitante, viajero, peregrino, veraneante, pasajero, transeúnte. Pero evidentemente “turista” es específica para definir –como lo hace el cordobés Tobías Garzón en su Diccionario Argentino de 1910 en tanto sustantivo común en Argentina, al turista como “viajero entretenido y curioso que anda de pueblo en pueblo y de lugar en lugar haciendo observaciones y apuntes de lo que más llama su atención”. Y para ejemplificar su uso, cita un párrafo del Diario La Opinión de Buenos Aires de 1903: «A las dos de la tarde empiezan a caer convencionales: en carruaje particular los ases, los que lo tienen; modestamente en coche de plaza los turistas provinciales y más modestamente, en tranvía eléctrico, la muchachada de Buenos Aires…». Definiciones más contemporáneas apuntan al desplazamiento temporario y no muy prolongado de personas a destinos fuera de los lugares donde normalmente viven y trabajan, y también a las actividades que realizan durante esas visitas.
Sobre la procedencia de las palabras inglesas “tourism” y “tourist”, suele tomarse como primera aparición impresa de los vocablos el año 1811, dato que provee The Oxford English Dictionary, que lo hace derivar de la palabra griega tornos, una herramienta que hacía pozos circulares. La metáfora se justificaría por el itinerario circular de los turistas, que regresan siempre a su punto de origen.