El Guardián de la Calle Ámsterdam

La novela nos lleva por un espacio vinculado a lo familiar donde el sentido nace desde el mandato y las tradiciones, y donde la búsqueda de la identidad tiene que ver con lo elíptico.

Los secretos pasajeros

Por Santiago Pfleiderer
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Hace unos días, mientras releía el libro, sonaba al mismo tiempo la canción “Me llaman calle”, de Manu Chao. El tema dice así: “Me llaman calle / pisando baldosa / la revoltosa y tan perdida / Me llaman calle / calle de noche / calle de día. / Me llaman calle / voy tan cansada / voy tan vacía / como maquinita por la gran ciudad”. Y hay veces en que las cosas que ocurren no son sólo una carambola cósmica.
Es que de vez en cuando sucede que una cosa lleva a la otra. Consultando el libro El Sentido de la Literatura, del escritor y periodista catamarqueño Juan Francisco Uriarte, quien desarrolló una profusa actividad como crítico literario en el suplemento de Cultura del diario Hoy Día Córdoba, recordé su paso fugaz como editor del ya desaparecido sello local Noche Blancas y la aparición de un libro tan magnífico como extraño: El Guardián de la Calle Ámsterdam, del reconocido cineasta y escritor Sergio Schmucler.
Y así el libro como la vida. Las páginas se convierten en un nomenclador que nos permiten viajar por otras páginas, y de repente armar un derrotero de la memoria, de las emociones, de los recuerdos, las voces, las pieles y miradas, de lo que está y no, de los que están y no. Y así las páginas como las calles.
Nuestra vida está llena de calles. Son esos lugares donde aprendimos a caminar, a andar en bicicleta, a manejar; donde nos perdimos y nos encontramos; donde miramos para el frente o para abajo; donde una esquina nos llena de olores y de recuerdos; donde dimos nuestro primer beso de amor o donde nos dejaron con el pecho destrozado; donde caminamos mil veces sin captar detalles o donde memorizamos cada vericueto de sus veredas y sus roturas asfálticas. Como sea, las calles son el entramado urbano que llevamos en nuestra piel y en nuestra sangre como el ADN. Sus nombres y numeraciones tienen que ver con cada segundo de nuestra vida afectiva; las calles nos llenan de vida o pueden matarnos al instante.
El problema de la espacialidad en la literatura argentina está siempre latente en tanto que autores, obras y poéticas hacen referencia constante al lugar desde donde se escribe, ya que ello permite realizar una programática literaria en torno a cuestiones centrales como la identidad y la historia. Las calles, en este sentido, adquieren un papel fundamental tanto en la vida del hombre urbano como en la visión mental y cultural de las sociedades.
A partir de 1972 –aproximadamente- comenzaron a darse cambios en la literatura latinoamericana en un momento en donde las utopías sociales y la renovación literaria convivían. Comenzó a generarse en América Latina una gran represión a nivel continental producto de las distintas dictaduras militares de la mano de la censura política y cultural, muerte y desapariciones; en éste contexto surgió un fenómeno masivo: el exilio, que se dio de manera interna y externa, es decir, entre países del continente o el exilio a Europa. Estos procesos generan fragmentaciones individuales y públicas, fragmentación de la actividad intelectual y de la vida pública y privada. Si la literatura del Boom es representativa y su literatura tiene como programática una representación a nivel continental e internacional, el Postboom está en la búsqueda de una identidad construida desde afuera hacia adentro y no desde adentro hacia fuera, una representatividad a la inversa que se reconstruye desde fragmentaciones en la diáspora. Quizá, la última novela del escritor y guionista Sergio Schmucler pueda inscribirse dentro de las palabras anteriormente mencionadas. Es que El Guardián de la Calle Ámsterdam recupera con enorme frescura momentos difusos y borrosos de una historia compartida por dos lugares distantes, por dos culturas distintas, por diversos actores sociales, y manipuladas por el recuerdo de una sola persona: Galo.
Tradición y mandatos familiares, el paisaje cotidiano. La moral eclesiástica. Las voces traídas de ultramar con respecto a las historias cubistas del régimen franquista, y los sollozos nocturnos de los helados campos de concentración nazis en noches de gas cianuro o en bombas atómicas en Japón. Carlos Gardel a bordo de un avión fantasma. Una terraza y una silla de madera. La Revolución Mexicana transportada en décadas y convertida en resistencia frente a las dictaduras militares. Y Galo, quieto desde su lugar, decide caminar una calle elíptica para conocerse y reconocerse –quizá- en tantas voces, pero la calle lo devuelve al mismo lugar de donde partió. La calle Ámsterdam, ubicada en el México DF, funciona como un telescopio desde donde la vida se convierte en un río de Heráclito, donde la visión es circular.
La novela nos lleva por un espacio vinculado a lo familiar donde el sentido nace desde el mandato y las tradiciones, y donde la búsqueda de la identidad tiene que ver con lo elíptico. El eterno retorno de un punto al mismo punto nos permite una vuelta de rosca a la forma de entender y mirar el mundo que, a su vez, es aprehendido en la búsqueda identitaria mediante la pluralidad de voces, de experiencias subjetivas y particulares que se convierten en generales y universales. Un lugar, la calle, también se configura como un no lugar. Como proyecto literario, este tratamiento de los espacios produce desde la obra una particular forma de ver el mundo y de sentir el territorio en el que se mueven los personajes.
Sergio Schmucler es escritor, periodista, guionista y realizador cinematográfico. Fue director de la revista La Intemperie y creador de los films La Herencia y La Sombra Azul, entre otros títulos. Como escritor, en el año 2000 editó la novela Detrás del Vidrio, y en el 2013 El Guardián de la Calle Ámsterdam, el primer y único libro del sello Noche Blancas que –con origen en Catamarca- desembarcó en Córdoba con esta propuesta literaria de excelente calidad editorial.