Garantía de longevidad

Reconvertida en una periodista incisiva, Mirtha Legrand celebró el cincuentenario de sus almuerzos, que si bien no han resignado ciertos de los detalles elitistas, han encarado un proceso de adaptación que les permiten sobrevivir en una TV jaqueada por el inexorable avance de los soportes online.

Por J.C. Maraddón
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Hace medio siglo, la televisión de aire en la Argentina atravesaba por una etapa esplendorosa, en una expansión permanente, con repetidoras que se abrían en todas partes y con canales que ocupaban con sus señales las frecuencias que se iban habilitando en las principales ciudades del país. Las familias habían adoptado al televisor como una especie de tótem, al que se ubicaba en el altar principal del living comedor y se le rendía culto sobre todo en los horarios del mediodía y de la cena, además de los fines de semana, que albergaban a los programas ómnibus, esos que arrancaban a la siesta y se extendían hasta bien entrada la noche.
Eran aquellos los años en que florecían las revistas dedicadas a reflejar la vida y obra de las figuras de la televisión, quienes presentaban una notable diferencia con respecto al estrellato de la radio y el cine: acá se trataba de gente a la que se le conocía la cara; y no aparecían en la pantalla de vez en cuando, sino todos los días. Además, a las películas había que verlas en el cine, pagando el valor de la entrada, en cambio a la tele se accedía gratis y sin moverse del sillón.
Los teóricos de los medios de comunicación de esa época se planteaban cuáles serían las consecuencias de la irrupción de este intruso que estaba destinado a cambiar de raíz las maneras de informarse y de divertirse que tenía la gente. Y peor aún, iba a modificar hábitos de conducta y a alterar la convivencia hogareña, porque el nuevo aparato sería capaz de interrumpir conversaciones y de llevar al mutismo hasta al más locuaz, en los horarios en que la familia acostumbraba a confraternizar, que eran aquellos cuando todos estaban reunidos alrededor de la mesa.
Precisamente, los almuerzos de Mirtha Legrand salieron al ruedo para acompañar a los espectadores que prendían el televisor en el contexto de ese ritual sagrado, donde todavía se juntaban los habitantes de la casa. En ese contexto, la por entonces cuarentona diva jugaba el mismo papel que la prensa de la farándula: mostrar desde un enfoque frívolo los lujos que rodeaban a los famosos, y a los que la gente común aspiraba a disfrutar alguna vez, esforzándose en su trabajo y ahorrando peso sobre peso. La movilidad social de esos años le daba alas a los sueños de grandeza.
Con el tiempo, esa Mirtha que derrochaba glamour (y dinero) se vio obligada a revisar su perspectiva, porque tanta pompa y circunstancia resultaba contraproducente. En vez de ser el espejo de las fantasías populares, los almuerzos empezaron a hacer evidentes las pesadillas familiares: mientras la animadora degustaba manjares, exhibía joyas y dialogaba con personajes del jet set, en las casas de barrio regían dietas basadas en guisos y mate cocido. Las penurias de las sucesivas crisis terminaron golpeando al propio ciclo televisivo, que peregrinó por pantallas frías como las de la Televisión Pública y América TV, hasta que volvió a El Trece en 2014.
Reconvertida en una periodista incisiva y una analista política, Mirtha Legrand celebró este fin de semana el cincuentenario de sus almuerzos, que si bien no han resignado ciertos de los detalles elitistas que forman parte de su ADN, ha encarado un proceso de adaptación que funcionó como garante de una longevidad única. Tan extensa ha sido la trayectoria del programa, que se mantiene en el aire a pesar de que la televisión atraviesa una crisis extraordinaria, jaqueada por el inexorable avance de los soportes online. Una artista nonagenaria es el amuleto de la TV argentina contra los presagios de un apocalipsis a corto plazo.