El sueño trunco de la liga de intendentes

Su intento fue válido y su lectura del mapa del poder, con las limitaciones verificadas, era correcta. Desde 1998, annus horribilis de la UCR,el partido tuvo que adoptar diferentes tácticas para sobrevivir. Una de ellas fue la de aferrarse con uñas y dientes a los municipios que gobernaba.

Por Pablo Esteban Dávila

En los últimos años, Ramón Javier Mestre soñó con una liga de intendentes radicales similar a la liga de gobernadores peronistas. Puso empeño y dedicación. Exageró conflictos con el gobierno provincial para amalgamarla y convenció a sus colegas de tierra adentro para que lo acompañaran en una presentación judicial en contra del Centro Cívico por la coparticipación municipal. Por un momento creyó que lo había logrado.
Pero bastó una propuesta de Juan Schiaretti para destruir su sueño. Mediante un pacto fiscal que, básicamente, propone más fondos a cambio de desistir de la vía judicial, el gobernador desarticuló la entente que Mestre imaginaba como el ariete de sus ambiciones políticas. “Firmen y cobren”, fue el mensaje. La enorme mayoría firmó. Buscarán el cheque en los próximos días.
“Poderoso caballero es don dinero” reza, con justicia, el proverbio. Llenos de demandas en un contexto cada vez más complicado, los intendentes de Cambiemos decidieron abandonar el buque en el que su colega de la Capital los había embarcado. La necesidad tiene cara de hereje, y la solidaridad política encuentra un límite preciso en el tipo de apostasías propuesto desde el Panal.
Es de imaginarse la frustración que impera en el Palacio 6 de Julio. De primus inter pares a pasar, sin escalas, a un liderazgo solitario, uno más de entre los que ya abundan en el radicalismo. Mestre se encuentra obligado ahora a recalcular su estrategia para suceder a Schiaretti. Lo ocurrido desmonta su legitimidad provincial y lo emparenta con otros candidatos que, no obstante su carencia de poder territorial, cuentan con algún guiño de la Casa Rosada para competir internamente.
No debería atribuirse, sin embargo, ingenuidad o diletantismo al intendente por esta defección societaria. Su intento fue válido y su lectura del mapa del poder, con las limitaciones verificadas, era correcta. Desde 1998, annus horribilis de la UCR, el partido tuvo que adoptar diferentes tácticas para sobrevivir. Una de ellas fue la de aferrarse con uñas y dientes a los municipios que gobernaba. Así, mientras que Unión por Córdoba se volvía inexpugnable en las elecciones provinciales, en las locales el radicalismo se obstinaba por mostrar una envidiable resiliencia. No le fue mal: desde 2015 comanda más de la mitad de los municipios de la provincia.
La pérdida de la ciudad de Córdoba a manos de Germán Kammerath en 1999 fue un trauma similar al de la derrota provincial. En la Capital, y a diferencia de lo que había sucedido con el difícil gobierno de Ramón Bautista Mestre, Rubén Américo Martí tenía muchos logros para ufanarse. Pero éstos no alcanzaron para detener la ola ganadora con que había debutado el experimento delasotista. Toda una generación de expectantes dirigentes radicales quedó prematuramente a la intemperie. La debacle del gobierno de Fernando de la Rúa a fines de 2001 les privó, adicionalmente, del refugio nacional con el que muchos de ellos contaban.
Desde aquél penoso punto de partida fueron varios los intentos para revertir la agonía. No obstante, hubo que esperar diez años para que alguno de los múltiples remedios que se intentaron prosperase. Le cupo a Mestre hijo realizar la hazaña de recuperar la intendencia capitalina para la fuerza. Su reelección en 2015 (en la que derrotó a Luis Juez, uno de sus antecesores) consolidó su poder y lo proyectó, naturalmente, como uno de los candidatos para 2019.
Puertas adentro, el diagnóstico mestrista sugería que el radicalismo cordobés se había transformado en una federación de partidos vecinales, más preocupados en mantener su territorio que en competir exitosamente por el poder provincial. La cuestión estribaba, con consiguiente, de cómo salir de aquella lógica endogámica y disputar el premio mayo. Las fallidas postulaciones de Oscar Aguad en 2003, 2011 y 2015 y de Mario Negri en 2007 demostraron la fragilidad del andamiaje sobre el que descansaba la fuerza. Sus intendentes, sencillamente, se desentendían de la suerte de los candidatos una vez que aseguraban sus propios distritos.
Mestre intentó vigorosamente romper con el estatus quo. Para lograrlo, se propuso temas que fungieran como disparadores de una causa común y, de paso, lo posicionaran como el portaestandarte de un partido unido y vivificado. La señalada disputa en torno a la coparticipación municipal resultó ser el casus bellis para plantar bandera ante Schiaretti y, durante un buen tiempo, la maniobra funcionó correctamente. El intendente fue el primero, tras la debacle radical de finales del siglo pasado, en diseñar un polo de poder alternativo al de Unión por Córdoba, asumiendo el riesgo de dramatizar conflictos con el gobernador quién -vale recordarlo- no dudó en auxiliarlo las veces que resultó necesario durante su complicado primer mandato.
Este fue un mérito indudable, aunque insuficiente. No sólo porque la billetera del Centro Cívico obra milagros sino porque, además, su propio liderazgo dentro del partido dista de ser indiscutido. Mestre se enfrenta internamente a rivales que tienen el endoso presidencial, tales como los archiconocidos Aguad y Negri. Si bien ninguno de ellos cuenta con incondicionales o equipos de gobierno de la talla mestrista, el hecho de que Mauricio Macri los prefiera es un factor en absoluto desdeñable.
Esta situación, predeciblemente, se lee dentro del colectivo imaginado, alguna vez, como la insobornable liga de colegas y correligionarios. ¿Porqué jugarse a muerte con alguien que podría malquistarlos con el presidente? ¿Por qué hacerlo ahora, cuando todavía no se sabe exactamente cómo se definirán los casilleros dentro de Cambiemos? La especulación, con las pruebas a la vista, es más fuerte que la lealtad.
Los empeños de Mestre probablemente merezcan mejor suerte, pero la realidad ha limitado sus pretensiones de liderazgo urbi et orbi dentro de la UCR. La liga de intendentes devino ficcional tras la masiva firma del pacto schiarettista y esto, por efecto transitivo, redujo su poder de fuego sobre la Casa Rosada, ya de por sí escaso. Es un traspié para él, pero también para el radicalismo en su conjunto.
Probablemente sus adversarios internos no adviertan la magnitud de lo ocurrido -regodeados como deben estar por el tropiezo- mas deberían preocuparse. Puede que Mestre haya intentado el ensayo para beneficio propio, pero es innegable que se trató de un intento serio por forjar un pacto homologable entre el poder territorial y el proyecto provincial del partido. Nadie, excepto él, lo había intentado a una escala semejante. Por ahora no hay nada parecido en carpeta, ni quién parezca interesado en emular sus afanes.