Contradanzas y barbarie

“Si en un país civilizado, la contraparte es mi enemigo, no hay posibilidad de constituir un estado socialmente avanzado.”

Por Prof. Dr.: Eduardo Dalmasso

A partir de las recientes experiencias históricas, un conjunto muy importante de ciudadanos de Argentina han perdido sus ilusiones. Una dictadura violenta y estúpida, con graves consecuencias en el cuerpo social y en la propia clase dirigente. Un nuevo proceso democrático de características románticas asediado por corporaciones hostiles que culmina en una hiperinflación. Un Gobierno que asume como expresión ideológica de un movimiento popular, que troca su discurso en otro de carácter mágico: una alucinada creencia de lograr pertenecer al primer mundo en tiempo record después de ser el país de la desilusión inflacionaria, que sin solución de continuidad, remite al desempleo estructural, la pérdida de capital nacional y la asfixia de la deuda externa. Proceso que culmina mal en otro Gobierno que no abjura del modelo precedente, esgrimiendo que sin corrupción todo se corrige.
Un posterior de transición que opta por una drástica devaluación con su significado en la distribución del ingreso y en otro enfoque sobre el tratamiento de la deuda externa. Devaluación y acomodamiento de precios relativos que permite al gobierno que asume en el 2003, definir políticas que hacen a la recuperación del mercado interno. Estas inicialmente entusiasman a un gran sector del empresariado y por supuesto a la clase trabajadora. Los precios de las materias primas ayudan significativamente al proceso de recuperación, aunque este hecho, no hubiera sido suficiente para reactivar la demanda efectiva, sin las políticas de apoyo al empleo, el superávit gemelo y la fundamental renegociación de la deuda externa. Un giro de 180 grados, sí.

Una esperanza fallida
Reconozco esta posibilidad, como el proceso más significativo de las últimas décadas, esta se pierde en sus fundamentos, por el hecho muy conocido dentro del mundo empresarial, que siempre es posible que la cultura se coma a la estrategia. Y eso es lamentablemente lo que ocurrió: La idea de la prosecución del poder, atribuciones no republicanas en su ejercicio, una visión mesiánica de la política, lo llevan a priorizar acciones y discursos que no confluyen con la salud de la república. O sea, la elaboración de un proyecto sustentable.
Que significa carencia de un proyecto sustentable: la incapacidad de lograr una tasa de inversión necesaria y eficiente para lograr fundar la capacidad productiva en fundamentals, como las fuentes energéticas, las de transporte las comunicaciones internas, claridad en las regulaciones del mercado, un sistema fiscal progresivo que incentive la inversión, el empleo y el avance tecnológico para no depender exclusivamente de la renta agropecuaria. Consecuencias: estancamiento en el empleo, inflación sostenida, incapacidad para disminuir la marginalidad, dependencia energética, empleo desproporcionado en los organismos del estado, presión fiscal excesiva en gran parte en cabeza de la clase media, distribución arbitraria de los recursos públicos a través de políticas de subsidios irracionales y electoralistas y la identificación con procesos políticos en el mundo que propenden al aislamiento.
El desencanto con la frustración de un proyecto que inicialmente prometía otras realidades, facilita el Gobierno, de lo que quizás podríamos ubicar como la más genuina representación de la derecha. La más genuina porque logra acceder al poder sin fraude, y con un importante apoyo de la población de todos los sectores sociales. Su discurso: modernización, pobreza cero, ataque frontal a la corrupción, crecimiento, atracción de inversiones y evitación del sufrimiento de las clases populares. Diríamos una derecha con un discurso populista, que es entendible desde la perspectiva de la tradición ideológica de las mayorías de la sociedad argentina.
A tres años de su ejercicio, cabe decir que el discurso se demostró inviable, que el país nuevamente entró en la senda del endeudamiento, que su excesivo apego a las políticas de mercado desconoce la estructura de la oferta productiva, que todo proceso de recuperación sin la fuerza de precios agropecuarios excepcionales es mucho más lento y por cierto lo más sorpresivo, su debilidad en las políticas financieras, con graves consecuencias en lo macroeconómico y en el ingreso de las personas. En otro orden una apreciación desacertada de la situación geopolítica.
En suma, un gran error de diagnóstico y la necesidad de rever el camino de un auténtico plan de desarrollo dentro de una realidad política que siempre parecería: habla de un país que ya no existe. El actual Gobierno, absolutamente en las antípodas de los anteriores, no percibió, la doble encerrona fáctica: Si no era gradualista su poder político se diluiría como expresión del antipueblo y siendo gradualista, su autosuficiencia ideológica lo llevaría a repetir errores del pasado. Situación que oscurece otros esfuerzos destinados a recuperar la autonomía energética, y establecer un mejor equilibrio entre política y mercado.

Miradas sesgadas
Apreciamos que atraviesan a todos los fracasos o retrocesos, una visión parcial de la estructura socio económica de Argentina y del significado de su trayectoria aleatoria. Contradanzas, por cambios abruptos de políticas en lapsos breves de tiempos. Cualquier observador externo con cierto conocimiento del mundo, coincidiría con la apreciación de un conocido hombre de negocios y ciertamente, un representante del establishment de Chile, “Argentina es un país a la deriva”. Esto implica, la carencia de un sector hegemónico y de ello las dificultades de precisar y ejecutar un modelo de acumulación que permita pensar en términos de largo plazo. En realidad, 90 años de enfrentamientos sin cuartel.
Por supuesto aparece otro elemento fundamental que acompaña esta debilidad estructural: una cultura cortoplacista y oportunistas, sin articulación filosófica, salvo en lo que respecta a menciones y discursos genéricos y licuados por la propia praxis. Esto ocasiona que todo sujeto o sector exponga lo que cree una verdad absoluta, cuándo su mirada por la propia experiencia sólo aprecia lo parcial y por lo tanto sujeta en su implementación al error y la oposición sistemática del adversario, adversario que en la medida que se constituye en un peligro de sus intereses, pasa a ser enemigo.
Si en un país civilizado, la contraparte es mi enemigo, no hay posibilidad de constituir un estado socialmente avanzado. La generación del 80, tantas veces citada, pudo transformar el país, mientras conservó la hegemonía y la unidad de la Oligarquía. Un aspecto clave, aunque el modelo sea harto discutible en lo político y en lo económico. A la luz de la experiencia de los últimos 70 años, todo ha sido implementado con la óptica de la parcialidad y antagonismo, con los resultados claramente puestos en evidencia, cuando recordamos que existe en el país un 30 % de pobreza y que dentro de ese porcentaje un significativo sector que roza la pobreza extrema. Evidentemente existen condiciones estructurales pero también una pérdida de la mirada política que esté a la altura de los problemas.
A este respecto la Universidad Argentina, no debiera hacerse la distraída, dado que estoy hablando de los “leaders” reales, y no de los definidos como necesarios por los dirigentes del Movimiento Reformista tan ponderado. Uno podría concluir, que si lo más importante de la vida universitaria es la política de facciones, el resultado es lo que la evidencia social pone de relieve. En el siglo 21, dado los cambios tecnológicos y científicos que van y que están sacudiendo el mundo en todas sus manifestaciones, comenzando por las del trabajo, repensar la universidad y precisar la recuperación del ideario reformista es esencial de cara al futuro, si es que queremos un futuro.

Tensiones
Un joven intelectual muy lúcido y parte de lo que se considera el progresismo, me planteó que la democracia siempre es un juego de tensiones y luchas por las diferentes perspectivas, a lo que contesté sin duda es así. Pero el tema es que cuando las tensiones y las luchas propias de la democracia someten al retroceso económico y social,- de un país que gozaba de un alto bienestar comparativo y una tasa de desocupación del 4 %,- en momentos históricos en que otros países avanzan, esas tensiones y diferencias en nuestro caso, ya no son tales, sino que reflejan un absoluto desprecio por la república. ¡Esto es barbarie!Creo, que si no fuera así, no estaríamos permanentemente recomenzando un proceso de suma cero.
Nuestra clase dirigente y de la sociedad en su conjunto ya han dado muestras reiteradas de poca capacidad de aprendizaje. Es posible que esto se deba a que en este perverso juego de enfrentamientos extremos, en realidad lo que hemos desarrollado es una democracia electoral de corte corporativo. O sea, un juego de bastiones en defensa de intereses sectoriales, que se disimulan en una fraseología propia de cualquiera de los signos. Un caso paradigmático, el poder judicial sólo para mencionar a la institución que es clave en la conformación del espíritu republicano.
Hoy, remontar la debacle implica debatir algunas cuestiones fundamentales: la estructura del Estado y su regionalización, el modelo de acumulación de capital, la masa crítica del conurbano bonaerense, la política financiera, la estructura de oferta productiva, el sistema tributario,el de justicia, el sistema educativo y la política internacional. Aspectos que deberían ser fuente de discusión y de programas a esgrimir. La principal y prioritaria:¿cuál es el modelo de acumulación necesario y posible para cimentar el progreso?¿La segunda, que tenemos que invertir y modificar de nuestro sistema educativo para garantizar la suerte de las nuevas generaciones dentro de un mundo radicalmente diferente?¡O sino, claro la barbarie!!