Críticas y realidades tras una reforma necesaria

La decisión de modernizar y adaptar el rol de las Fuerzas Armadas para acompañar a las Fuerzas de Seguridad ha despertado una polémica que se mezcla con necesidades reales.

Por Javier Boher
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fuerzas armadasEs sabido que hay ciertos sectores que no pueden digerir al presidente Macri. Simplemente no lo votaron ni lo podrían votar jamás. Lo consideran todo lo malo que le puede pasar al país, conductor de algún tipo de plan macabro que está destinado a acabar con el paraíso de derechos que construyeron los múltiples peronismos, pero particularmente el kirchnerismo.
La decisión anunciada ayer de reformar el rol de las Fuerzas Armadas en la seguridad nacional ha generado una ola de crispación entre las filas del progresismo que lo odia desde las entrañas, los mismos que abrevan en el relato oficial que se construyó a partir de 2003 según el cual los militares fueron los absolutos responsables de la decadencia argentina.
Aunque ese relato inconcluso tenía por objetivo legitimar una serie de prácticas que derivaron en impresionantes estructuras de corrupción, existía un cierto consenso extra kirchnerista de que los militares habían sido -si no los responsables de la decadencia argentina- al menos los que debían cargar con la mayor condena por la violación de DDHH en la segunda mitad del siglo XX.
La reforma propuesta por el presidente apunta a recuperar el “consenso alfonsinista” que se logró tras la finalización del Proceso de Reorganización Nacional, en que las fuerzas armadas estaban abocadas a las amenazas externas en general. Es que la reforma de la ex ministra Nilda Garré sólo contemplaba repeler los ataques pertpetrados por algún ejército de un estado extranjero.
Esa misión tan limitada dejó a los militares atados de manos, viendo cómo el mundo cambiaba a su alrededor mientras a ellos sólo les quedaba entrenarse para peleas que ya no existen más, como un boxeador nostálgico que espera su revancha por algún problema neurológico tras años de golpes en la cabeza.
Por supuesto que la propuesta macrista tiene que ver con adaptar unas fuerzas lánguidas (en las que el grueso del presupuesto se va en personal) a un contexto en el que las amenazas son transnacionales y paraestatales. ¿Para qué sirven las bayonetas si el terrorismo no lucha cuerpo a cuerpo en una trinchera?.
Aunque hay ciertos grupos que consideran que se debe reinstaurar el servicio militar obligatorio o que hace falta una política represiva y de mano dura para finalizar con el delito y la inseguridad, son tan minoritarios como los capaces de reivindicar el accionar de los grupos terroristas. Son un puñado muy ruidoso que encuentra eco en las redes, pero no mucho más que eso.
Esos mismos que temen un resurgir de las fuerzas son los mismos que se encargaron de respaldar a un gobierno capaz de destruir el último atisbo de confianza en las mismas, cuando después de una depuración generacional que incluyó un pedido de perdón por parte del General Balza nombraron al General Milani como figura central de su política de defensa, pese a que era investigado por crímenes de lesa humanidad. Es que, como responsable del espionaje militar, no necesitaba sacar las fuerzas a la calle para entrometerse en la vida de aquellos que se oponían al gobierno, algo que le hacía falta a un kirchnerismo peleado con la AFI.
La necesidad de la reforma es innegable, para que se pongan al servicio de la lucha contra problemáticas que florecieron durante el kirchnerato y por las que hay ex funcionarios imputados. Esas fuerzas que fueron pioneras en el desarrollo militar (pese a la inexistencia de hipótesis reales de conflicto) hoy son juntaderos de chatarra donde los empleados públicos no comen criollos sino que corren en una pista de atletismo, esperando ese conflicto que nunca va a llegar.