Ocaso de gremios combativos, ¿suerte o estrategia?

No obstante que ninguna de estas historias está cerrada, es la primera vez desde la recuperación democrática que estos gremios, usualmente los más irracionales, se encuentran en una posición de clara debilidad.

Por Pablo Esteban Dávila

¿Suerte o estrategia? ¿Envejecimiento gremial o lucidez política? Las explicaciones pueden ser muchas, pero la constatación es unívoca: desde hace exactamente un año el poder de los sindicatos estatales o paraestatales de Córdoba -al menos el de los caracterizados como combativos- viene en baja. Parece un milagro.
Es posible fijar una fecha para el inicio de esta decadencia. Comenzó con el inexplicable paro del señor Marcelo Marín, un delegado de la UTA en la empresa AUCOR. La medida de fuerza se extendió como reguero de pólvora entre los choferes y duró casi diez días, pese a que la conducción del sindicato, entonces encabezada por Ricardo Salerno, no había la había convalidado ni alentado.
El intendente Ramón Mestre, junto con el apoyo de la Provincia, fue el responsable del triunfo de la autoridad en aquel conflicto. Alentó a las empresas concesionarias a que procedieran con los despidos que contempla la ley. Muchos choferes, tan azorados como cualquiera por el cariz que habían tomado los acontecimientos, utilizaron esta novedad como coartada para regresar al trabajo y desairar la yihad de Marín. La acción estatal demostró que había un límite para un sindicato que, hasta entonces, no los había tenido.
Aquellos días locos le costaron caro a la filial local. El Secretario General del gremio a nivel nacional, Roberto Fernández, intervino la seccional Córdoba y desplazó al ya tambaleante Salerno. Aunque la intervención no las tuvo todas consigo (al menos en un primer momento), con el tiempo la UTA comenzó atransitar el camino de la racionalidad. Su legendaria anarquía interna parece haber cedido y, de hecho, hace tiempo que no perturba la paz social. Fernández parece dispuesto a continuar con su tarea normalizadora, incluso terminando con las discrepancias autóctonas respecto del convenio colectivo nacional. Este fenómeno es completamente novedoso.
El otrora todopoderoso SUOEM atraviesa, asimismo, un momento difícil. En este caso, también es posible rastrear una fecha precisa: 27 de julio de 2017. Ese día, Mestre decidió jubilar a Rubén Daniele por decreto. Aunque, y luego de una dura batalla legal, Daniele logró recuperar su condición de activo, tuvo que resignar, tácticamente, la conducción del gremio a manos de Beatriz Biolatto ante posibilidades ciertas de impugnación. La flamante Secretaria General se prestó gustosa a ejercer este vicariato con fecha de vencimiento pues, tan pronto su antecesor recuperase el estatus de trabajador municipal, la junta directiva -esos eran los planes- presentaría su renuncia en masa. Luego de la farsa, Daniele sería electo en elecciones de apuro para continuar con su virtual monarquía.
Pero, no obstante lo sofisticado de la estrategia, el SUOEM propuso y Jorge Triaca dispuso. Convenientemente alertado por los funcionarios mestristas, el ministro de Trabajo observó que en los estatutos no existía ninguna disposición que permitiera la maniobra en ciernes. Si efectivamente se llevara a cabo -advirtió- el gremio sería intervenido. Biolato, que sólo había aceptado una responsabilidad pro témpore, quedó paralizada por el terror. Una cosa era un interinato y otra muy distinta reemplazar al “gringo” sine die. Al igual que el recordado ministro Hernán Lorenzino, ella sólo se quiere ir.
En el sindicato sobrevuela el desconcierto. Si insiste en el retorno del líder caído, se expone a una intervención. Si no lo hace, sufre el riesgo de la parálisis y el consiguiente fortalecimiento del Departamento Ejecutivo. El intendente, que asiste a este proceso con fruición, es el auditor en las sombras. Cualquier desmayo de la conducción formal del SUOEM será el pretexto para reclamar la medida extrema. Es un hecho que Daniele ha llevado a los suyos a un callejón sin salida. A la usanza de Luis XV, “después de mí, el diluvio”. Son muchos los delegados que están comprando salvavidas.
El capitulo final de esta saga, al menos por ahora, es el de Luz y Fuerza. El gobierno provincial, preocupado por la insostenible carga que supone las ineficiencias de EPEC para el erario y sus usuarios, decidió denunciar el convenio colectivo para limitar ciertos privilegios irritantes de sus trabajadores. El gremio, burocratizado hasta en sus reflejos de lucha, reaccionó como de costumbre: huelga y caos. Pero, esta vez, el gobernador no se amilanó: mandó a decirles que, si la empresa para y no recauda, pues que los sueldos los pague Magoya. Las seccionales de Río Cuarto y Villa María mostraron mayor empatía con las intenciones oficiales y encapsularon el conflicto en los díscolos seguidores de Gabriel Suárez. Con el frente quebrado, el Secretario General de Córdoba tuvo que levantar el pie del acelerador y comenzar discretísimas conversaciones tendientes a satisfacer lo que Juan Schiaretti desea. Nunca había ocurrido esto.
No obstante que ninguna de estas historias está cerrada, es la primera vez desde la recuperación democrática que estos gremios, usualmente los más irracionales, se encuentran en una posición de clara debilidad. La UTA no ha vuelto a amenazar la paz social desde el gafe del delegado Marín, el futuro del SUOEM (y el de Daniele) se encuentra tercerizado en el Ministerio de Trabajo de la Nación, y Luz y Fuerza ha tenido que bajar la cerviz y sentarse a negociar como cualquier hijo de vecino. Hace tan sólo un año atrás se habría tildado de desequilibrado a quien hubiera profetizado cosa semejante.
Justo es decir que Córdoba vuelve a estar en la vanguardia en este asunto, pese a que difícilmente Mestre o Schiaretti pasen a reclamar el premio. Debe recordarse que el presidente Mauricio Macri alentó cierta purga gremial en los casos simbólicos del “pata” Medina y Marcelo Balcedo, pero esto no dio origen a una política identificable como tal. El reverdecer de la crisis económica, por añadidura, recomienda prudencia a la hora de tensar la cuerda con la poderosa CGT más allá de lo manejable. Incluso el riesgo de que los “gordos” o sus representantes sean reemplazados por el insondable trotskismo obra como disuasorio a la aplicación de medidas extremas para purificar la vida sindical.
¿Suerte o estrategia? Viene a la mente aquello de Deng Xiao Ping: “no importa que el gato sea blanco o sea negro; lo importante es que cace ratones”. Cualquiera sea la razón, promete en adelante un diálogo más constructivo entre la política y la totalidad de los sindicatos estatales, una módica pretensión que, sin embargo, ha sido la ausente con aviso en todo este tiempo.