Héroe del siglo veintiuno

En su documental sobre Maradona, Kusturica lo pintó como un fogoso y dionisiaco líder que lleva a su divisa a la victoria, contra viento y marea. Alex de la Iglesia, en cambio, en su biografía sobre Messi, presenta al rosarino como un deportista cuya única meta es perfeccionar sus habilidades naturales.

Por J.C. Maraddón
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Hace ya diez años, el director serbio Emir Kusturica estrenaba su documental sobre Diego Maradona, que había sido rodado entre 2005 y 2007 y sobre el que se habían generado grandes expectativas. Que un realizador cinematográfico europeo de semejante prestigio se pusiera en la tarea de reflejar en un filme el fenómeno de un jugador argentino de fútbol convertido en ícono mundial, era un acontecimiento que alimentaba el inevitable chauvinismo criollo y que agigantaba el mito construido alrededor de la figura del histórico capitán de la selección nacional que se coronó campeona de la copa mundial de México en 1986.
Sin embargo, la película no tuvo la repercusión esperada. El enfoque con el que Kusturica se aproximó a la figura de Maradona fue demasiado heterodoxo, incluso teniendo en cuenta que el propio protagonista de su obra es un experto en salirse del molde. Aunque en muchos pasajes se trasluce una adoración del ídolo por parte del realizador, el serbio no se priva de mostrarse a sí mismo como músico, como entrevistador y como acompañante del futbolista, en una mezcla de cholulismo y egocentrismo que no contribuye a que su producto pueda tener pretensiones de constituir una biografía total del crack argentino.
A propósito del Mundial que se está disputando en Rusia, la semana pasada, por el canal DXTV, se emitió la película “Messi”, del cineasta español Alex de la Iglesia, que retrata vida y obra del actual 10 de la selección Argentina. Estrenado en 2014, el filme reúne en las mesas de un restaurante a diversas personas que hablan del genial jugador: amigos de infancia, maestros y profesores, técnicos, periodistas y colegas se refieren tanto a su descomunal talento como a detalles poco conocidos de su vida. Todo ello matizado con imágenes de archivo y episodios de algunos pasajes biográficos, representados por actores.
Aquí Alex de la Iglesia ha optado por un formato que es la contracara del que se planteó Kusturica. Si bien la idea de reunir a todos lo que ofrecen su testimonio es efectiva, la película apela a recursos bastante convencionales en este tipo de producciones y ha sido encarada de una manera que respeta las tradiciones más austeras del género. En contraste con la omnipresencia de Maradona en la realización del director serbio, en este caso vemos a Messi en videos, pero se nos priva de escucharlo contar en primera persona (y desde el presente) su versión de los hechos.
Sin embargo, más allá de las diferencias en el abordaje de su temática, lo que surge de la comparación entre ambas realizaciones audiovisuales se relaciona con los momentos y circunstancias en que estos héroes deportivos acometieron su epopeya. Justo en estos días, cuando el paralelismo entre uno y otro está a flor de piel a raíz de la disputa del magno torneo en Rusia, estas propuestas fílmicas ayudan a dibujar similitudes y disidencias entre los perfiles de dos jugadores fuera de serie que, surgidos de un humilde entorno suburbano, encontraron una consagración global que los transformó en semidioses.
A Diego Maradona, Kusturica lo pinta como un fogoso y dionisiaco líder que lleva a su divisa a la victoria, contra viento y marea, asumiéndose él mismo como una víctima de su propia forma de ser y actuar. Sin duda, se trata de un ícono de ese siglo veinte que consagró a la rebeldía y la incorrección política como medallas cuyo brillo encandilaba a todos. Y a Lionel Messi, por su parte, Alex de la Iglesia lo presenta como un deportista cuya única meta es perfeccionar sus habilidades naturales, y que además no duda en sacrificarlo todo con tal de cumplir su sueño. Una deidad que parece resumir, mejor que ninguna, aquello que más se valora en este siglo veintiuno.