“Cooperativa Messi” adiciona tiempo al buen humor social

El Seleccionado Argentino hubo de dejar de lado la organización jerárquica, piramidal, que caracteriza en general a cualquier equipo de alta competencia, para transformarse en una cooperativa autogestionada, al estilo del Hotel Bauen en la Capital Federal, recuperado por sus trabajadores.

Por Pablo Esteban Dávila

La Argentina acaba de conseguir su pase a octavos de final. Como si fuera una metáfora del país, lo hizo agónicamente, padeciendo su propio partido y, para agregar angustia, también el de Islandia vs. Croacia. Sólo a último momento la Selección Nacional pudo festejar gracias al gol salvador de Marcos Rojo. Ya lo dijo el Marqués de Vauvenargues: “Quien todo sabe sufrir, a todo puede atreverse”. Preguntarle a cualquier compatriota.
La victoria del combinado argentino adiciona tiempo al buen humor social. Este es un hecho. La política necesita, quizá como ninguna otra actividad humana, gente más preocupada en el fixture mundialista antes que en los graves problemas que acechan al país. Siempre es bueno, especialmente para el presidente, que el fútbol desplace a la inflación o el desempleo de la agenda cotidiana.
Podría decirse, en clave marxista, que el fútbol es el opio de los pueblos, ahora que este deporte se ha transformado, por su espectacularidad y alcance global, en una pseudo religión colectiva. Basta observar los rostros de felicidad y distensión que se cuelan hoy entre las multitudes para reconocer algo del carácter beatífico ganar un partido como el de ayer. Pero no debería exagerarse sobre sus alcances.
La historia no es especialmente benévola con el crédito político que otorga el triunfo futbolero. En 1986, la rutilante selección de Carlos Bilardo se alzó con la Copa del Mundo, pero esto no impidió que el gobierno de Raúl Alfonsín se despeñase, unos meses después, en otra de sus tantas crisis económicas. En Italia ’90, el milagroso subcampeonato obtenido también por los dirigidos por Bilardo, no pudo hacer mucho para disimular la inflación del 1.000% del primer año de Carlos Menem, en tanto que los subcampeones de 2014 poco influyeron para que Cristina Kirchner entronara a Daniel Scioli como su sucesor al año siguiente.
Paradójicamente, sólo la dictadura militar utilizó exitosamente la Copa Mundial de 1978 para su propaganda política. Durante un buen tiempo, el recuerdo de aquél 3 a 1 contra Holanda, con un Jorge Rafael Videla levantando los pulgares en el palco presidencial, sirvió como antídoto contra las graves acusaciones por violaciones a los Derechos Humanos que pendían sobre el proceso militar.
Estos antecedentes, y con la excepción comentada, permiten concluir que el bienestar social que generan los triunfos mundialistas tiene una memoria política de corto plazo. Se equivocaría Macri (y es seguro que no lo hace) si asumiera que el improbable éxito de la Selección de Sampaoli aseguraría su futuro electoral. Esto quita solemnidad a la tentación, siempre presente, de consagrar el maridaje entre el deporte y la política como un valor supremo e infalible.
Lo que sí resulta más interesante, y siempre en clave política, es analizar la metamorfosis de la Selección Nacional para llegar a octavos. Los acontecimientos han determinado que su conductor, Jorge Sampaoli, se haya convertido más en una porrista que en un director técnico. En los hechos, fueron los jugadores -encabezados por Lionel Messi y Javier Mascherano- quienes decidieron como se armaría el equipo que ganó frente a Nigeria y cuál sería su estilo de juego.
El Seleccionado Argentino, por lo tanto, hubo de dejar de lado la organización jerárquica, piramidal, que caracteriza en general a cualquier equipo de alta competencia, para transformarse en una cooperativa autogestionada, al estilo del Hotel Bauen en la Capital Federal, recuperado por sus trabajadores. Fue una especie de golpe de estado en donde el líder, a la usanza de Luis XVI durante la reunión de los Estados Generales, quedó confinado a una mera formalidad deportiva.
La emergencia de la “Cooperativa Messi” (permítasenos denominarla de esta manera) demuestra tanto el desconcierto institucional como la capacidad de resiliencia tan propia del carácter nacional. Sampaoli -que a pesar de su nominal adherencia al kirchnerismo nunca supo imponerse ante sus dirigidos- fue un error de la AFA, imposibilitada de contratar un técnico de renombre por sus propias limitaciones de largo plazo. El hombre de Casilda llegó y salvó la ropa gracias al triunfo de 3 a 0 contra Ecuador en eliminatorias, pero, al pisar el suelo moscovita, su fama de conductor ya era un recuerdo.
Sus jugadores pagaron un alto precio por las falencias del técnico. La goleada a manos de Croacia resultó en una suerte de epifenómeno del desconcierto reinante en el plantel, lo que dio origen a la rebelión en sordina sobre la que tanto se habló en los últimos tiempos. Si a algo teme la política (y en toda organización humana existen relaciones de poder) es la anarquía. Es el verdadero monstruo que, ante el terror que producen sus fauces, suele mostrar el camino para intentar la salvación.
¿Exageración? Ni por asomo. Ayer la Cooperativa Messi demostró que, ante la desesperación, el autogobierno puede resultar un mecanismo válido. Cuando Sobremonte huyó a Córdoba tras el desembarco de Guillermo Carr Beresford, el cabildo porteño asumió las funciones del virrey en retirada. Tan bien resultó el experimento que la historia de las invasiones inglesas forma parte de la mitología de la revolución argentina. Cualquier cosa antes que la nada. El ser huye del caos, podría susurrarle Parménides al oído de Sampaoli, quizá demasiado aturdido por Callejeros como para escucharlo.
Ahora vendrá el turno de Francia y, con ella, un nuevo desafío. Macri, futbolero como pocos, cruzará los dedos para que el efímero contrato de felicidad que une al fútbol con la política se prorrogue una semana más. Mal no le vendría, especialmente en épocas de inflación y tasas por las nubes. Sampaoli querrá también su tajada. Aunque reine pero no gobierne, siempre podrá decir, en su descargo, que lo suyo es una monarquía constitucional antes que un prisionero en las Tullerías. De paso, podría llamarlo a Axel Kicillof (en definitiva, un referente de su espacio político) para que les recuerde a los franceses que la Argentina cumplió con creces con el Club de París en 2014 que, para los distraídos, no es el mismo club que el Saint German de Ángel “fideo” Di María.
Todo ayuda y, a no olvidarse, París siempre vale una misa, especialmente ahora que sobre una cooperativa de futbolistas autogestionados descansa el gran pueblo argentino. Salud.