La filantropía del Chiqui Tapia

El titular de la AFA justificó las idas y vueltas de la selección en su aporte a la paz mundial, con una humildad propia de un futbolero argentino.

Por Javier Boher
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Muchas veces los argentinos no nos damos cuenta de lo afortunados que somos. No sólo podemos decir que el mejor jugador de fútbol está en nuestro equipo, o que el líder de una comunidad de más de 1.000 millones de personas nació en nuestro suelo. Los argentinos tenemos mucho más.
Desde ayer podemos inflar el pecho porque Claudio Tapia (el “Chiqui”, yerno de Hugo Moyano y presidente de la AFA) aportó su granito de arena a la causa de la paz mundial. Así lo dio a entender tras anunciar la suspensión del partido que la Selección de Fútbol iba a disputar en Jerusalén contra el representativo de Israel.
Tratando de implementar una cábala que nos remonta a la previa del mundial 86, los dirigentes decidieron reeditar el partido que se impuso como cábala entre aquel año y 1998 (aunque sólo nos dio la copa la primera vez).
En la previa se agregó picante. La ira de los defensores de la causa palestina se hizo sentir. La presión sobre los jugadores, exhibiendo camisetas argentinas que pretendían estar manchadas con sangre demostró la crispación de algunos sectores. Los dirigidos por Sampaoli se pusieron 1 a 0 arriba en el marcador de las ofensas.
Pese a ello, en un primer momento se decidió seguir adelante. Por eso resolvieron cancelar la audiencia con el Papa Francisco para poder asistir a la disputa del encuentro. Aunque al Sumo Pontífice no le debe haber agradado la decisión, no había vuelta atrás. 2 a 0 para los del Zurdo de Casilda.
Como todos los equipos ofensivos, Argentina no se podía contentar con ese resultado y salió a buscar la goleada. Suspensión del partido en Israel, 3 a 0 y la tribuna que delira. En menos de 24 horas se logró ofender a sectores representativos de tres religiones distintas, cuyos adeptos representan a más de la mitad de los habitantes del planeta. Si era una estrategia de marketing, seguro lograron que se hable de ellos antes de la cita ecuménica.
La decisión del sucesor de Julio Grondona (para no contar el interregno anárquico de Segura y Pérez) puso a los jugadores en el lugar en el que no querían estar. Para no ofender a nadie terminaron ofendiendo a todos, justo cuando faltan pocos días para el inicio de un torneo que a priori volverá a sernos esquivo (aunque ninguno pierda las esperanzas de verlos alzar la copa).
Los profundos análisis geopolíticos de nuestros periodistas deportivos formados en la chatura de un tablón del ascenso porteño, no dejaron de indagar sobre las razones del plantón, argumentando que era innecesario exponer a los jugadores a tironeos políticos en los que iban a ser exhibidos como un trofeo.
Es muy interesante que para no ser propaganda israelí (que se vale de figuras reconocidas en el mundo para legitimar la ocupación sobre territorio palestino) decidieron convertirse en propaganda palestina (que se vale de lograr que las figuras no respondan a las invitaciones de sus vecinos), todo eso antes de ser propaganda del régimen ruso, que tan bien se lleva con los derechos y libertades civiles y políticas.
Suspender el partido por la presión de los intolerantes es una mala señal para los que pretenden la paz mundial, aunque el Chiqui Tapia esté convencido de que con su decisión ya se ganó un lugar en la terna para el Nobel de la Paz.
Saliendo de un país en el que las piedras sobre los colectivos son más comunes que los papelitos en la cancha, donde están prohibidas las hinchadas visitantes y donde se abusa de jugadores de inferiores, tienen miedo de la inseguridad en uno de los países que más invierte en seguridad en todo el mundo.
Quizás sea que, aunque Jerusalén también es la ciudad santa de los que se persignan cuando entran a la cancha, no tienen miedo de lo que les pueda pasar en Israel, sino de lo que les pueda pasar por el accionar de los intolerantes y antisemitas que tienen cerca.
Porque a ese partido ya lo perdimos hace rato.