Ajuste populista

Es un hecho que la ola de realismo económico que atraviesa en el país le ha permitido al presidente y los gobernadores ganar tiempo. Hay anuncios de recortes diet por todos lados, aunque ninguno se atreva a tocar los temas tabúes que la cultura pseudo progresista supo imponer sobre la mentalidad argentina con tanto éxito.

Por Pablo Esteban Dávila

Las recientes turbulencias financieras tuvieron el mérito de alinear a dos tercios de la clase política (el tercio restante corresponde al kirchnerismo y a la izquierda) detrás de una convicción no deseada: que es forzoso ajustar la economía.
El oficialismo se convenció de esta necesidad luego de haber hecho la plancha en la materia durante sus dos primeros años en el poder. Su línea económica “zen”, aunque tuvo algunos logros (la salida del cepo cambiario y la reinserción de la Argentina en el mundo, por ejemplo) demostró su fragilidad cuando el mercado expresó preocupación por el retraso en el tipo de cambio y la obcecada inflación que desafía los pronósticos del gobierno.
La oposición racional –esto es, el colectivo de peronistas republicanos, federales o anti cristinistas– tuvo que enfrentar, por su parte, el hecho de que la Casa Rosada bien podría no haberse recuperado del cimbronazo si no se la socorría en forma oportuna. A ningún integrante de este sector le conviene que Mauricio Macri deba afrontar problemas insuperables. Esto atentaría contra sus aspiraciones de lograr el poder en el próximo turno electoral, amén de brindarle una oportunidad dorada a Cristina Fernández de regresar a la máxima magistratura nacional.
El consenso sobre la inevitabilidad del ajuste no significa, por supuesto, similar aquiescencia sobre su dirección e intensidad. Para los gobernadores del PJ es un problema del presidente y su administración, en tanto que, para Nicolás Dujovne, se trata de una política que debe ejecutarse en toda la geografía argentina. Como siempre, el infierno son los otros.
En lo que sí existe acuerdo, no obstante que latente, es que debe ser un ajuste populista, esto es, uno del tipo light, cosmético. Nada que ver con el de Carlos Menem en 1989 o el de Eduardo Duhalde en 2002. El gobierno está convencido que uno de esta naturaleza, aunque probablemente liquidaría la inflación de cuajo, sería políticamente suicida. Fingir el ajuste es más importante que llevarlo a cabo efectivamente.
Las primeras medidas que se conocen van en este camino. Aunque probablemente surjan otras, se esperan recortes en el tema choferes, viáticos, dispersión salarial y el congelamiento de la planta de personal del Estado nacional por algunos años, con algunas excepciones. No hay ni privatizaciones ni cierres de reparticiones de probada inoperancia. Suena a la prescripción de aspirinas para curar el mal de Parkinson.
Esta insuficiencia no preocupa en exceso a los opositores civilizados. Intuyen que los anuncios no alcanzan para revertir la crónica decadencia económica del país, pero, de momento, sólo les interesa que no haya caos social. Macri debería entregar la presidencia a alguno de ellos en los plazos institucionales. Si lo hace golpeado tanto mejor, pero de ninguna manera debería traspasarla antes de tiempo. Sólo una persona saldría ganando en tal escenario, y nadie quiere siquiera pensar en la posibilidad.
Como en cualquier escenografía populista, sus protagonistas deben sobreactuar el nuevo orden de cosas. No solamente Dujovne, tal vez el artista más significativo de la puesta en escena, sino también aquellos que insisten sobre que el problema sólo atañe a Cambiemos. Gobernadores e intendentes de diferente laya se encuentran dentro del segmento de ajustadores pour la gallerie. Córdoba no es la excepción.
A nivel provincial, Juan Schiaretti viene llevando adelante diferentes acciones, siempre aclarando que su administración mantiene superávit operativo y que no piensa afectar ninguna de las obras en ejecución. La mayoría de estas medidas tienen que ver con EPEC. En un primer momento, el ERSEP pidió a los municipios y las cooperativas que no carguen a la boleta de luz renglones de costos que nada tienen que ver con el fluido, tales como tasas o diferentes servicios a sus asociados; en días recientes, la búsqueda de ahorros se dirigió hacia el convenio colectivo que regula las relaciones laborales de la empresa con sus empleados.
La exorbitancia de los privilegios arrancados por Luz y Fuerza en su momento al Estado provincial releva de mayores comentarios (Agustín Tosco era particularmente bravo cuando se trataba de los recursos tributarios) pero, en rigor de verdad, limitar la bonificación del consumo eléctrico domiciliario a los empleados de EPEC, entre otras restricciones de estricta justicia, no solucionará el agujero negro de la empresa. La verdadera solución sería transformarla en una distribuidora y privatizarla, pero el gobernador no está dispuesto a tanto. Al enfrentarse a la oligarquía gremial de los conducidos por Gabriel Suárez, Schiaretti libra una batalla que puede ganar, aunque la victoria no signifique mucho en términos de eficiencia económica.
El intendente Ramón Mestre no podría quedarse atrás en tal clase de empeños, auspiciados con tanta vehemencia desde el vértice cambiemita. Sin embargo, no está del todo claro qué se propone hacer al respecto. El viernes pasado su secretario general, Daniel Arzani, señaló que se ofrecerán jubilaciones anticipadas para 50 casos de empleados con carpetas médicas prolongadas y que se estudia un programa de retiros voluntarios, amén de los recurrentes anuncios de restricciones a las horas extras y ese tipo obviedades.
No obstante su espectacularidad, el anuncio tuvo la particularidad de lo vaporoso e impreciso. Ni el SUOEM ni el funcionariado en general saben gran cosa de sus alcances, con el agravante que, aun si estas medidas pudieran ser aplicadas, es altamente probable que sus efectos sobre el gasto público municipal fueran imperceptibles en el corto plazo.
Es un hecho que la ola de realismo económico que atraviesa en el país le ha permitido al presidente y los gobernadores ganar tiempo. Hay anuncios de recortes diet por todos lados, aunque ninguno se atreva a tocar los temas tabúes que la cultura pseudo progresista supo imponer sobre la mentalidad argentina con tanto éxito. Esto no significa otra cosa que patear la pelota hacia adelante, lo más lejos posible de cada uno de sus respectivos mandatos.
Todos están relativamente contentos. La Casa Rosada, porque ahora cuenta con un moderado plafón social para llevar adelante acciones nominalmente desagradables; la oposición, porque obtuvo su primer triunfo simbólico ante un severo traspié del gobierno que acorta el plazo para sus diferentes proyectos presidenciales. Pero el optimismo no debería ocultar la paradoja de enfrentar un problema severísimo (como lo es el déficit fiscal) con ajuste de muy baja incidencia macroeconómica, como si a un jardinero que debe enfrentar a la maleza dentro de un terreno baldío se le proveyese de un alicate de manicura en lugar de las auténticas tijeras de poda.