Si los muertos pudieran protestar

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Grabado del artista norteamericano Frederick Waters Watts, 1869.

Al menos a lo largo de tres décadas se encuentran menciones al estado de los carros que efectuaban el traslado de los muertos hasta el cementerio en la ciudad de Córdoba. Según parece, dichos transportes no hacían sino agregar tristeza al cuadro de por sí triste que estaban destinados a acompañar. Las sucesivas gestiones municipales dejaron correr este asunto en el que siempre se detuvieron los diarios con sus aguijones ciudadanos. Siguiendo esas menciones sobre las malas condiciones en que se prestaba dicho servicio en un momento tan solemne de la vida como es la despedida de los seres queridos, se recogen noticias de este mal que sólo por desidia veía postergado su remedio a manos de las autoridades.
Apenas comenzado el segundo medio siglo XIX, se halla la siguiente referencia del diario El Imparcial, en 1856, que señala el pobre estado de los carros fúnebres y la poca pompa del cochero: “Nos ha llamado la atención el mal estado de los carros que hacen este servicio y sería de desear que si la Policía no puede mejorarlos sacase a remate ese ramo. Los carros fúnebres que hoy tenemos son indignos de la culta ciudad de Córdoba, tanto por el desaseo que en ellos se nota, como por el feo aspecto que presenta el conductor de ellos, cuyo traje es las más veces impropio hasta para presentarse en las calles”.
Dando saltos en el punteo de esta situación, se constata en 1860, en El Eco Libre de la Juventud se publican quejas dirigidas a la municipalidad, “desde que esta corporación no se hace sorda a los reclamos que a nombre del interés público le dirige la prensa”. Y se decide a llamar la atención “sobre las mejoras que debe introducir en el Cementerio y carro fúnebre”. El señalamiento incluye en el saco el propio deterioro de la necrópolis cordobesa, ya que “toda la cerca que lo rodea está casi en el suelo y completamente destruida. Bueno sería que extendiese por allí su mano la respetable municipalidad”.
En referencia al estado del transporte público para difuntos, el redactor del diario indica cómo el hecho le tocaba de cerca, ya que “esta idea nos vino el otro día, en que tributamos el último obsequio a un amigo, acompañando sus restos al cementerio. Vimos que el carro fúnebre de la primera clase es un carromato inservible, tanto por su figura cuando por su estado de deterioro y desaseo en que se encuentra. La sola vista de él produce una malísima impresión. Todo hecho pedazos, desteñido y empolvado, a lo que se agrega el tiro que lo arrastra, compuesto de una mulita y un mal caballo, espectros ambulantes…”. El periodista, como lo había hecho El Imparcial en 1856, se ensaña también con el auriga, por su siniestro aspecto: “Y el sepulturero que hace juego con el carro y los caballos, pues su aspecto asqueroso no nos representa sino la imagen de la muerte, su procurador en la tierra.”
La misma nota aporta también al cuadro la cuestión de las diferencias de clase que imperaba a la hora de la muerte, cuando reflexiona de la siguiente manera: “Ya que la preocupación del siglo, o mejor dicho, la vanidad del hombre ha consagrado en principio la diferencia de clases y fortunas hasta en su última morada, llevando las señales de sus riquezas a sus sepulcros, y conduciendo a ellos su cadáver en lujosos carruajes, justo es pues que ya que esto se ha creído necesario, o como un signo de distinción, que se cumpla en realidad y no se conserve solo en el nombre.”
Ambas cuestiones, el mal estado del coche fúnebre disponible, y la línea demarcatoria entre pobres y ricos, reaparecen en la siguiente nota publicada en 1870 por El Eco de Córdoba:

“Carros fúnebres
Aquí hay dos carros fúnebres, uno que se denomina el de los pobres, otro de los ricos.
Cualquiera creerá que esta denominación establece diferencias en cuanto a lo confortable de uno y lo pobre del otro.
Pues el carro fúnebre de los ricos no alcanza a ser ni como el más pobre carricoche de aldea.
Es sucio, asqueroso, de un aspecto verdaderamente fúnebre, pues si los muertos pudieran protestar, dirían que la majestad de la muerte está allí deprimida, porque ni por burla pudieran usar en otras partes semejante mueble para conducir los cadáveres a su última morada.
Dicho esto del carro de los ricos, nos creemos excusados para hablar del de los pobres.
Alguien ha dicho «es como entierro de pobres» cuando ha querido pintar algo que por lo triste y sombrío apena el alma.
El carro de los pobres está muy lejos de compararse al del último vendedor de verdura.
Traslado a quien corresponda.”
Y si el carro destinado a trasladar a los muertos en la miseria estaba malo, en algún momento de ese mismo año directamente se negó a seguir girando sus ruedas hacia el cementerio, y fue necesario acudir a un reparador experto para ponerlo de nuevo en marcha. La gestión, no obstante, derivó en una miseria más general, si se lee lo que anota el mismo diario más tarde:
“Está concluido
El carro fúnebre de 2ª clase, o sea el de los pobres, está ya compuesto.
El que lo ha refaccionado exige previamente que le sea abonado su trabajo y, como la Municipalidad no tiene un cuarto en caja, el carro estará en rehenes hasta que haya el conquibus.
¿No es esto vergonzoso para un pueblo como Córdoba, el 2° de la República Argentina en cultura y civilidad?”
No se sabe bien cuanto pasó hasta que el carro retenido volviera a desplazarse, pero lo que es seguro es que los medios de traslados de alta o de más baja categoría continuaron paseando su mala traza por la ciudad. El Eco de Córdoba le dedicó algunas cuartetas que no están a la vista, pero sí una referencia que aporta el diario El Progreso, siempre en 1870, que rescata que su rival periodístico haya versificado sobre el coche fúnebre, y agrega una reflexión final para esta página:
“El carro fúnebre
El gacetillero del Eco dedica algunos versos a este ser antediluviano.
Añadiré lo que decía últimamente un extranjero, al ver pasar este representante de la indolencia municipal:
«Si muero en esta ciudad, corpo de Cristo, más vale arrastrarme a la cola de un caballo que ponerme en este basural».”