El entusiasmo no alcanza para afinar la máquina

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

La máquina del poder cambiemita empieza a crujir. Aunque sus engranajes parecían muy aceitados para ganar elecciones, los sucesos del último mes parecen haber demolido la solidez que lució desde su llegada al gobierno.
La velocidad con la que se suceden los eventos nos hacen olvidar que en lo que va del año ya hubo varios tropiezos. Los roces con Carrió y Cornejo, la anunciada partida de Monzó o las internas para definir candidaturas en las provincias y los municipios.
El tsunami electoral que arrasó en octubre fue perdiendo intensidad hasta convertirse en una suave turbulencia que no puede incomodar a los que esperaban temerosos su llegada, que con esto ven la oportunidad de izar sus velas y lanzarse a navegar. Sólo los analistas más ideologizados podían pensar que el gobierno entraría en crisis tan rápidamente, aunque todavía nadie haya podido capitalizarlo.
El voluntarismo tecnocrático de sus cuadros formados en prestigiosas universidades del primer mundo se encontró que en el llano la gente es más simple que lo que se supone, aunque eso signifique también que es más compleja que lo que plantean los libros. En estos últimos se aíslan variables y se racionalizan comportamientos que en la vida cotidiana permanecen unidos de manera difusa.
Los economistas del gobierno no lograron definir un rumbo claro que diera señales de confianza a los inversores. La falta de un ministro de economía fuerte generó confusión en todos los que no lograron encontrar un interlocutor válido entre las filas de funcionarios, lo que obligó al presidente a exponerse políticamente en lugar de poner un fusible institucional que se pudiera cambiar cuando los números entraran en cortocircuito.
Con un convencimiento new age de que las cosas dependen de la buena voluntad y la energía que se ponga, todos se obligaron a creer que la economía podía descentralizarse, nombrando sólo a un grupo de gerentes a monitorear el desempeño de los funcionarios.
Algún amigo me dijo en estos días de incertidumbre económica que no todo se explica desde la política. Marcos Peña no tuvo la misma suerte de que le llamen la atención a tiempo y cayó en la tentación habitual de pensar que la economía de un país se puede manejar como un almacén, manejando las cuentas como si sólo se tratara de pagarle a los proveedores. Su desempeño como coordinador del equipo económico (en el trío junto a Lopetegui y Quintana) pone en evidencia que su visión al respecto es sesgada e insuficiente.
Uno de los mensajes que debe tomar el gobierno después de esta última semana es que se necesita unificar el ministerio de economía para jerarquizarlo dentro del organigrama ministerial, para fortalecer aquello que todos suponían (equivocadamente) que iba a ser lo más fuerte de la gestión de Cambiemos.
Aunque uno de los efectos no deseados del último cimbronazo es que se alineará la tropa y se calmarán las internas (porque los que están merodeando vieron la oportunidad de mostrar los dientes), el daño provocado por la incertidumbre económica parece ser estructural. Aunque los aliados hayan decidido cerrar filas, casi seguramente la desconfianza definirá su relación a partir de ahora.
Aunque Alejandro Rozitchner, el filósofo de cabecera del PRO, cuestione al pensamiento crítico como forma de vida, de esta crisis política y económica no se sale sólo con entusiasmo. Sin una autocrítica profunda, que incluya la voluntad de cambiar las piezas que no funcionan, el gobierno no llegará a tiempo para poner a punto su máquina de ganar elecciones.