En el fondo, tonterías

Por no ajustar cuando podía hacerlo, Mauricio Macri debió recurrir al FMI. No es al revés. Si se le pide ayuda a Cristine Lagarde es porque se quiere evitar tener que meter el bisturí hasta el hueso.

Por Pablo Esteban Dávila

fondoLa decisión del gobierno nacional de recurrir al Fondo Monetario Internacional ha desatado, como era de esperarse, una serie de críticas cuyo origen se hunde en lo más profundo del ser nacional, es decir, en la irracionalidad y el prejuicio chauvinista. Algunos de estos ataques caen dentro del ámbito de lo risible, impropios de personas supuestamente serias. Veamos a continuación las tonterías más comunes que deben escucharse (y que se repiten desde hace décadas).

“El FMI nos impondrá condiciones”
¡Chocolate por la noticia! Claro que las impondrá. Cualquier acreedor presta plata a cambio de cumplir con ciertos requisitos. El FMI no es una excepción. El nudo de la cuestión, en su caso, es cuáles son estas condiciones.
Las tasas del Fondo Monetario son baratas porque se supone que, al ser un organismo multilateral, la función de la asistencia financiera es solucionar desequilibrios peligrosos en las balanzas de pago de sus miembros. Es decir, presta plata por debajo de las tasas de mercado para prevenir males mayores en la macroeconomía mundial.
Si estos son sus fines, se supone que su asistencia estará orientada a financiar políticas que hagan desaparecer las razones por las cuales un Estado debió recurrir a su ayuda. De lo contrario, la propia existencia del organismo sería puesta en entredicho. Sin recomendaciones de políticas asociadas a sus préstamos, el FMI se transformaría simplemente en un banco internacional. Ya hay bastantes bancos en el mundo.
Además, y cuando se trata de pedir plata en el exterior, cualquier acreedor pone condiciones. Si un Estado emite bonos soberanos de deuda (que es la forma más habitual de tomar dinero), el mercado que los compra las impone en forma de tasas de interés. Si el país que ofrece los bonos es un deudor confiable y con una economía sólida, el mercado le prestará a tasas bajas; de lo contrario, lo hará a precios más elevados. La gran diferencia con el FMI es que, mientras el organismo hace explícitas sus exigencias a cambio de prestar barato, el mercado las expresa implícitamente a través de sus tasas de interés. Así de sencillo.
“Las políticas del FMI implican ajustes dolorosos”.
Con FMI o sin él, la Argentina necesita ajustar sus variables económicas. Las distorsiones acumuladas en los últimos diez años son tan grandes, tan inmanejables, que no es posible seguir barriéndolas bajo la alfombra. Si ajustar significa pagar tarifas de energía a precios regionales, pues deberá continuarse con ese camino. Si ajustar significa liberalizar mercados parasitados por las regulaciones estatales, entonces es lo correcto. La lista de sectores donde debe aplicarse el lápiz rojo es extensa.
Por no ajustar cuando podía hacerlo, Mauricio Macri debió recurrir al FMI. No es al revés. Si se le pide ayuda a Cristine Lagarde es porque se quiere evitar tener que meter el bisturí hasta el hueso. El progresismo argentino, ese que ama al Estado y a la distribución de la riqueza (ajena), tendría que celebrar que el presidente haya optado por este camino y no por el ajuste en serio, como tuvieron que hacerlo Carlos Menem en 1989 o Eduardo Duhalde en 2002, ambos en soledad. El Fondo aportará un colchón para que el gradualismo continúe su marcha hacia alguna meta o hacia la nada. El tiempo dirá.
• “Las recomendaciones del FMI constituyen una violación a la soberanía económica del país”.
Un país que, desde 1900 hasta 2017, estuvo 107 años en déficit fiscal y sólo 10 en equilibrio o superávit, no puede hablar de soberanía económica. La Argentina siempre necesitó financiamiento de terceros para pagar sus gastos. Pidió dinero a bancos, organismos multilaterales de créditos, al mercado internacional y, en algunas ocasiones, simplemente se lo quitó a sus propios ciudadanos, como cuando Néstor Kirchner estatizó las AFJP o Domingo Cavallo impuso el corralito financiero.
Deber plata, o endeudarse, no es un pecado para la ciencia macroeconómica. Algunas veces conviene hacerlo. De hecho, hay países que deben más de su PBI y no por ello presentan alguna crisis en ciernes. Pero lo malo de la deuda argentina es que tanto el mercado como el FMI dudan de la capacidad del país para pagarla. La economía nacional es cerrada, poco competitiva, el sector público es demasiado grande y la productividad general baja. El resultado es que, en vez de generar excedentes, la Argentina necesita absorber, todo el tiempo, los excedentes de los demás.
La soberanía económica -cualquiera fuese su definición en un mundo interdependiente- sólo es posible con plata en el bolsillo. Perón pudo desafiar al orden internacional durante algunos años porque la Segunda Guerra Mundial había significado un gran negocio para la Argentina, pero, cuando se le acabaron los lingotes en el Banco Central, tuvo que recurrir presuroso al capital internacional para mantener funcionando sus políticas. Esta soberanía, además, no tiene tanto que ver con el nivel de ahorros de una sociedad sino con su capacidad productiva. Los Estados Unidos de América deben mucho dinero, pero los inversores siguen comprando sus bonos del Tesoro que, para más datos, pagan tasas bajísimas. Si Donald Trump consigue financiamiento sin pedirlo, esporque los mercados confían en que la economía estadounidense siempre podrá pagarles gracias a su dinamismo y su creatividad. Nuestro país, huelga decirlo, no tiene ni ahorros ni productividad. Es el combo perfecto para pedir la escupidera todo el tiempo a los demás.
“Volver al FMI genera miedo”.
Y sí, algo de temor produce. Ningún presidente acude al FMI porque simplemente quiere molestar al gran pueblo argentino. Se recurre al Fondo porque hay un problema financiero que, no olvidarse, lo generaron los gobiernos nacionales. No obstante, el objeto del miedo no debería ser tanto el FMI como el déficit fiscal que obliga a la Casa Rosada a adoptar estas medidas.
Se regresa, pues, a la madre del borrego. Si la Argentina no tuviera el déficit fiscal crónico que la aqueja y si su economía fuera más productiva (y que no lo es por culpa del excesivo nivel de gasto público), nadie debería mostrar especial aprensión por las visitas de la señora Lagarde o de sus colegas, como ni Colombia ni México -otros clientes del FMI- la tienen.
La desconfianza, en nuestro caso, significa que no estamos dispuestos a asumir que, de una vez por todas, tenemos que hacer algo para salir del fracaso colectivo en que nos encontramos. Es el miedo a la imagen que nos devuelve nuestro espejo, antes que al cuco del FMI, a lo que le tememos. De lo contrario, no nos sentiríamos tan aliviados repitiendo las tonterías que, sobre el asunto, ya escuchamos de nuestros padres y que éstos, a su turno, lo hicieron de sus abuelos.