Los cordobeses preñados de ilusiones

Mientras se aproximaba la apertura de la Exposición Nacional en Córdoba, sus habitantes calculaban enriquecerse con el evento impulsado por el presidente Sarmiento.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Del ilustrador francés Lheritier, un personaje que confía en el futuro, 1851.

Aquella histórica Exposición Nacional de Córdoba que abrió en la Docta capital en octubre de 1871, dio mucho que hablar a la prensa sobre todo en el período previo a su inauguración, anunciada y postergada en varias ocasiones. Esto generó picos de entusiasmo y decepción, pero el clima general era de excitación, y sobre todo se había contagiado una esperanza de que el evento traería gente de todo el país y sobre todo de Buenos Aires, por lo que la ciudad y su sociedad hervían de proyectos pequeños y más grandes de hacerse unos pesos extra con los visitantes.
Tal como ocurre en toda ciudad ante acontecimientos de magnitud, la fiebre del cálculo se posó en los cordobeses, dando lugar a proyectos de naturaleza comercial. Del mismo modo en que actualmente, valga el ejemplo, la ciudad de Cosquín renueva cada enero su oferta inmobiliaria en cada cuadra, y las familias se incomodan tanto como es posible a fin de alquilar su propia casa por la temporada folklórica, aquellos meses de 1871 vieron surgir en la capital la ambición de forrarse ofreciendo alojamiento.
Esto se reflejaba de muchas maneras, pero el periódico La Carcajada aportaba al tema su acidez característica.
Mírese de cerca, por ejemplo, esta nota de marzo de 1871, en que la incertidumbre que generaba la fecha nebulosa de la inauguración le permitía al semanario una risa satírica.
“A la Exposición de 1870
Qué chasco se han llevado.
Vaya haciendo vd. años, signori Canavesio, que ahí tiene marchantes para muchos.
Lo que es la Exposición, no acabará de exponerse, pero en cambio nos expone a nosotros a perder por lo menos el juicio.
Me alegro por los pícaros logreros, a quienes la Exposición expone además a perder tanto como soñaba ganar, contando alegremente por los dedos.
Córdoba, de inmenso convento que es (Lascano) amagaba ya convertirse en un inmenso hotel.
No había dueño de cuatro malas paredes que no aspirase a convertirlas en oro puro a fuerza de practicar la santa ley de hospitalidad.
Oh almas caritativas.
Yo conozco muchos que confinaron sus familias a míseros ranchos de campo, dejando expeditas al santo negocio de «dar posada al peregrino» sus moradas de la ciudad.
Almas caritativas. ¿Pero qué digo yo de caridad? Rectifico a todo correr… Oh, almas corvas, bien empleado os está lo que deploráis.
Bien dicen que todo mal no lo es sino relativamente,
No se abre la Exposición: grande mal.
No nos vienen por tanto huéspedes de abajo: he aquí un gran bien, cristianamente hablando, para la tranquilidad de ciertas conciencias que aspiraban a enriquecer de arriba con huéspedes de abajo.
Y en tal caso no me enojo
Si se aplaza el gran torneo;
Lloro a mares… con un ojo,
Pues el otro en reír lo empleo.
Porque han de saber mis lectores que yo no soy tuerto, si bien lo parezco en el modo malicioso de ver las cosas.
Tampoco soy hotelero, y sin embargo, ajeno de toda envidia, se me antoja preguntar:
¿Han pagado patente todos los hoteles en ciernes que hay en Córdoba?
Nadie se alborote, no lo digo para mal, dígolo solo por bien de las arcas provinciales, que si de esta hecha no se llenan, no sé a cuándo aguardan.”
En el mes de septiembre, un mes antes de concretar su apertura, la Exposición seguía pesando en el horizonte cordobés, aunque ya se palpaba que muchos de los negocios acariciados no darían frutos. Habían cerrado cafés, se habían frustrado proyectos, el cálculo de los comerciantes hoteleros se enfriaba a la espera de un acontecimiento que distaba de provocar el movimiento deseado. Aquí va el fragmento de un diálogo pergeñado por La Carcajada: se encuentran en la calle don Lupercio y un amigo.
“(…) ¡Por mil diablos! ¿No me entiende o no me explico? – ¡Hablo de la Exposición Nacional!!!
-¿Y dónde va a tener lugar?
-¿Cómo que dónde va a tener lugar? ¿Está Ud. en Flandes?
-No por cierto: estoy en Córdoba.
-¿Y cómo hace esa pregunta?
-La hago, porque como nada veo en preparativos, ni noto movimiento…
-¿No ha ido Ud. al palacio?
-Pero en todo caso quiere decir que solo en el palacio se mueven; pues lo que es en la ciudad… Nequaquam.
-Julio Mestre prepara una Maison amueblada; Gregorio Tejerina ídem ídem; pedro Gigena ídem ídem; Dídimo Posse ídem, y por el estilo muchos otros.
-¿Y eso es todo?
-Están también los hoteles y cien cuartos y cuartijos.
-¿Y nada más?
-La Comisión prepara a toda prisa la casa para D. Domingo Faustino.
-Pero eso es con los dineros de la Nación…
-No, si es por cuenta de la Provincia.
-¡Qué Provincia ni qué niño muerto! ¡La Provincia! No sabe Ud. que no tiene un cobre en caja ni crédito fuera? Pero dígame, ¿eso todo lo que hay?
-Y quiere Ud. más?
-Pues yo le digo que aquí se preparan tanto para la Exposición como si ella fuera en el Mogol o en la Tastaria. Lo único que vamos a exponer en verdad es nuestra apatía, nuestra pobreza, y los desatinos del Gobierno y las proezas de la oposición. Va a ser una bonita fiura y una interesante exposición la que vamos a tener!
¡Hip, hip hurrah!”
Y después de inaugurada solemnemente la gran Exposición que centralizaba en Córdoba las miradas del país, la misma publicación se ocupaba de expresar que muchas frustraciones habían venido a ser confirmadas por el evento. Para La Carcajada, la Exposición había arruinado a Córdoba:
“Nunca nos equivocamos al decir que mas era el ruido que metía nuestra exposición que las nueces. (…) Todos nos imaginábamos que con la exposición iba a cambiar en parte la situación que atravesábamos.
Unos se aprontaban para recuperar lo perdido.
Otros decían: La exposición nos va a dar para saldar todas las letanías de deudas que tenemos.
Aquella vieja bailaba de gusto al imaginarse que tenía que salir irremediablemente del clavo de su hija.
Esta muchacha trasnochaba aprontando los elementos necesarios para presentarse llena de atractivos a los ojos de la concurrencia que se creía nos invadiera.
(…) Por todas partes se preparaban lujosas y cómodas casas para recibir huéspedes.
(…) Todos estábamos preñados de ilusiones.
Todos se imaginaban que la exposición era el santo advenimiento. (…)
Pero qué chasco! Dios Santo! Qué soberano y reverendo chasco!”