Una lógica siniestra

La noticia de la muerte del deejay sueco Avicii, a los 28 años, sorprendió no sólo al universo de la música electrónica, sino también a millones de personas en todo el planeta, que seguían de cerca su producción, cuyas obras han sonado profusamente en radios y discotecas en lo que va de esta década.

Por J.C. Maraddón
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Aun con todas las herramientas que hoy sirven para imponer un artista musical y lograr que la gente lo adopte como su favorito, sigue siendo ése un proceso complicado, en el que también el azar hace lo suyo. Por eso, los ejecutivos que se sienten responsables de esa industria, invierten tiempo y dinero en cazar esos talentos y fomentar su ascenso en los rankings de ventas. Y una vez que han conseguido el objetivo de generar una nueva figura, su siguiente misión será extraerle hasta la última gota de esfuerzo y talento que su potencial esté en condiciones de desplegar.
Allí, entrará a jugar una ecuación no muy fácil de resolver. Por una parte, esa mina de oro descubierta debe ser explotada rápida y sistemáticamente. Pero en esa práctica existe el riesgo de que se agote en muy poco tiempo, por lo que se supone que los empresarios que obtienen su ganancia gracias a esa fuente deberían cuidarla y protegerla de cualquier contingencia. Si tanta paciencia requirió que esa joven promesa se convierta en realidad palpable, cabría esperar que se le brinden los cuidados para que prospere y extiende su bonanza a lo largo de un periodo lo más extenso posible.
Sin embargo, como son innumerables los aspirantes a ingresar en ese círculo cerrado, resulta que a nadie pareciera importarle cuánto durará ese éxito, porque los CEO confían en que si uno queda en el camino, muy pronto aparecerá otro que tomará la posta y que –incluso- podrá llevar las cosas todavía mucho más allá. Por culpa de esta lógica siniestra, el camino a la fama se ha llenado de estrellas que terminaron estrelladas, al quedar envueltas en ese mecanismo que les exige dar todo en el corto plazo, sin preocuparse por la capacidad de resistencia que el artista tenga frente a semejante presión.
Sobran los ejemplos de músicos que han sucumbido en las garras de esta picadora de carne. En general, se trata de aquellos que han accedido a la consagración de manera precoz y que se han debido bancar un ritmo de trabajo demoledor a una edad en la que no estaban lo suficientemente maduros para afrontar una experiencia tan apremiante. No pocos quedan fuera de carrera (por un tiempo o para siempre) y unos cuantos pagan con su propia vida el pecado de haber querido desarrollar una trayectoria profesional de acuerdo a las reglas que rigen el negocio del entretenimiento.
El viernes pasado, la noticia de la muerte del deejay sueco Avicii, a los 28 años, sorprendió no sólo al universo de la música electrónica, sino también a millones de personas en todo el planeta, que seguían de cerca su producción, cuyas obras han sonado con profusión en radios y discotecas en lo que va de esta década. Avicii ha sido uno de los mayores representantes de esa tendencia que, desde comienzos de este siglo, transformó a los DJs en auténticas pop stars, trazando un puente entre la música exclusivamente bailable y aquella que se escucha en cualquier otro ámbito vital.
Por supuesto, esa generalizada sorpresa ante el fallecimiento de Avicii no deja de ser otra manifestación de hipocresía explícita. Desde esta misma columna hemos cronicado en los últimos dos años (al igual que otros medios de prensa) cómo este artista sonoro sueco había visto degradada su salud y cómo había intentado alejarse de un panorama que se le presentaba como tóxico. Pero todo indica que esas alertas ya no conmueven a nadie. Total, vendrán nuevos disc jockeys que lo reemplacen. Y habrá nuevo material de Avicii para publicar post mortem, como macabro homenaje para el héroe caído en cumplimiento de su deber.