Sergia, el primer transexual jubilado

Creo, en verdad, que los ideólogos de la nueva legislación en un instante han tomado conciencia de que son los inventores de un disparate divertido. Tan disparatado y tan divertido, y hasta cierto punto tan inocuo y tan inofensivo como el “matrimonio igualitario”.

Por Daniel Gentile

Sergio Lazarovich, un salteño de sesenta años empleado en la delegación local de la Afip, ahora es Sergia Lazarovich. Lo único que debió hacer, como él mismo lo ha explicado, fue un simple trámite administrativo consistente en manifestar ante la autoridad pertinente que él se “autopercibe” como mujer, y ahora quiere ser “ella”. Los funcionarios, cumpliendo estrictamente la legislación sobre “identidad de género”, modificaron todos los registros y documentación personal del interesado, que a partir de ese momento pasó a ser, a todos los fines (excepto los que impone la naturaleza) una mujer. Legalmente todo ha sido impecable. La ley dice que basta manifestar la “autopercepción” para que se proceda a la modificación del género, que –tal como nos han enseñado los medios de comunicación- es solamente una “construcción cultural”, ajena a los datos de la biología. Es interesante señalar que Sergia sigue siendo físicamente un hombre (como en realidad lo son todos los transexuales, pues la genética no se cambia ni siquiera con cirugías). Pero Sergia no se ha sometido a prácticas quirúrgicas ni a tratamientos hormonales, ni se viste ni se comporta como mujer.
El caso ha tenido más notoriedad que otros porque ha trascendido que Sergia, consumado el cambio de identidad, habría procedido a iniciar el trámite para obtener su jubilación, a la que tiene derecho, como toda mujer, a partir de los sesenta años. Ocurre que, lamentablemente, no han faltado los malpensados que conjeturaron que ése fue el móvil que determinó la actitud de este señor. Él, con toda razón, ha respondido que no tiene que darle explicaciones a nadie, y que el cambio de género responde a una íntima convicción personal. Hasta allí, claro como el agua y sin margen para repreguntas.
Los periodistas y los especialistas en estos nuevos paradigmas jurídicos, que ven este tema tan nítida y cristalinamente en casos de hombres travestidos, como Florencia de la V, esta vez, de pronto, se sintieron mareados, quedaron desconcertados, quizás porque sintieron que la ideología de género que tan eficazmente propagan, había sido de algún modo profanada por un pícaro.
Así, increíblemente, comenzaron a hablar los medios de “vacío legal”. ¿Qué vacío legal? No hay ningún vacío. La ley es clarísima y no hay margen para interpretaciones. El Estado debe limitarse a receptar y tomar razón de la “autopercepción” de un individuo, y el cambio de género se produce a todos los fines, incluyendo, por supuesto, la ventaja que supone ser mujer a la hora de jubilarse. El Estado no puede ni debe pedirle explicaciones ni motivaciones a quien manifiesta su voluntad de pasar de un género a otro. Cualquier indagación de esa clase supondría una invasión de la intimidad, como bien lo ha sugerido Sergia.
Lo cierto es que aquellos que durante los últimos años se encargaron de sentar y difundir las bases filosóficas de la ley de identidad de género, han percibido de golpe, casi como un cachetazo, la esencial condición de simulacro del engendro jurídico que han construido. No admiten, no quieren admitir, no toleran haber colisionado con ciertas consecuencias legales en las que aparentemente no habían pensado. Y hablan entonces de un “bache” en la ley, de un abuso del derecho, como para poder encontrarle un nombre a la ocurrencia de Sergio, que no había entrado en los cálculos ni en la imaginación de los autores de la doctrina de género.
Creo, en verdad, que los ideólogos de la nueva legislación en un instante han tomado conciencia de que son los inventores de un disparate divertido. Tan disparatado y tan divertido, y hasta cierto punto tan inocuo y tan inofensivo como el “matrimonio igualitario”.
Sin embargo, la ley de identidad de género deja de ser divertida, para convertirse en invasiva de derechos, cuando en combinación con la legislación “antidiscriminatoria”, obliga a los terceros, bajo apercibimiento de graves sanciones, a reconocer la “autopercepción” de los que han decidido migrar de un sexo al otro. Hemos aprendido a palos, con los garrotazos del Inadi, que no debemos decir, por ejemplo, que Florencia de la V es un hombre. Pero lo más grave es que la legislación de género pasa a ser decididamente trágica cuando autoriza –con intervención judicial- el bombardeo hormonal de niños en su más tierna infancia a pedido de sus padres, basados en un dictamen psicológico que aconseja que se violente la naturaleza de los párvulos.
Pero no es grave, ni trágico, y sí francamente festivo y mejorador del humor, que Sergio Lazarovich haya encontrado en este novedoso edificio jurídico el atajo que necesitaba para adelantar en cinco años su jubilación. Y de paso, dejar sumidos en el desconcierto y en la duda a los que construyeron ese andamiaje legal y lo propagaron como una valiosa conquista, como un avance progresista de la doctrina que propicia crear “nuevos derechos”.