Fútbol y humor social

Someramente, el cálculo es el que sigue: si la selección argentina hace un buen papel –campeón o subcampeón, el resto no cuenta– el humor social será el mejor para, con posterioridad, desvelar sus aspiraciones electorales.

Por Pablo Esteban Dávila

No sorprende que los gobernadores, especialmente los peronistas, proyecten anunciar sus candidaturas para después del Copa Mundial de Fútbol. Provocaría genuina consternación, por el contrario, que lo intentaran hacer antes del evento.
Someramente, el cálculo es el que sigue: si la selección argentina hace un buen papel –campeón o subcampeón, el resto no cuenta– el humor social será el mejor para, con posterioridad, desvelar sus aspiraciones electorales. Si, en cambio, los resultados no acompañaran, será un problema de la AFA o, a lo sumo, del gobierno de Macri, que no hizo lo necesario para ganar el torneo; no por nada se trata de la “selección nacional de fútbol” (a los relatores les encanta llamarla así). Las provincias no tendrían nada que ver con sus fracasos.
Además, es altamente probable que nadie le preste atención a otra cosa en los próximos 80 días que no sea el Mundial. Si se considera que una campaña electoral es, en definitiva, un esfuerzo colosal para atraer selectivamente la atención del público hacia uno u otro partido, cualquier anuncio de candidaturas perdería por goleada ante la ansiedad general por saber si Lionel Messi se encuentra a punto o si Jorge Sampaoli opta por una formación 4-2-3-1, 4-3-3 o 3-4-3. Los gobernadores leen correctamente que la mayoría de los grandes temas institucionales sufrirán una suspensión táctica durante este período.
Podría objetarse que un sistema político que dependa en tal alto grado de una competencia deportiva tiene problemas serios. Es posible. Pero nadie debería olvidar que la asociación entre el deporte y la política tiene un arraigo profundo, que excede a la Argentina.
El deporte ha sido utilizado como placebo por muchos regímenes, desde el Imperio Romano hasta los modernos estados nacionales. Los sistemas totalitarios y las dictaduras han sido particularmente proclives a esta manipulación. La fenecida Unión Soviética compitió contra los Estados Unidos por ver cuál de las dos potencias se llevaba la mayor cantidad de medallas olímpicas durante toda la guerra fría. La Cuba castrista, a pesar de su pobreza y su baja productividad económica, supo tener, asimismo, atletas de primer nivel, que competían contra otros países mucho más desarrollados y a los cuales sacaba el condigno rédito internacional. Los militares argentinos utilizaron el Mundial ’78 como una multitudinaria y colorida máquina de propaganda coronada, para colmo, con el primer título mundial de fútbol para el país. Los ejemplos se multiplican por cientos y no es necesario enumerarlo a todos ahora.
Las democracias, en principio, intentan mantener cierta neutralidad respecto del hecho deportivo, pero existen matices. Raúl Alfonsín se mostró en el balcón de la Casa Rosada con los campeones de 1986 y es innegable que aquel magnífico título hizo mucho más llevadero su tercer año de mandato, pero se cuidó de afirmar que el triunfo se debía a sus políticas o algo por el estilo. Menem lo hubiera asegurado (no hay duda alguna) si la selección de Bilardo hubiera derrotado a Alemania en el ’90, pero el árbitro Codesal impidió que el riojano mostrara un tercer título mundial como producto de sus transformaciones económicas. Los Kirchner, infinitamente menos sutiles, estatizaron el fútbol y utilizaron los espacios televisivos para su propio beneficio, una confesión de su admiración y cercanía con los sistemas autoritarios que lo hicieron sin tapujos a lo largo del siglo XX.
El caso de Mauricio Macri es especial, porque su carrera política la inició, en rigor, en Boca Juniors, uno de los clubes más populares del país y un ícono mundial. El presidente nunca ocultó (ni lo oculta ahora) su pasión futbolera. Este ardor suele traerle dificultades. Daniel Angelici, uno de sus operadores de mayor confianza, es el actual presidente de Boca y, hace apenas unas semanas atrás, se especuló con que Macri tenía algo que ver con los polémicos arbitrajes que favorecieron al club de sus amores. No hay dudas que, en lo personal, vivirá el Mundial de Rusia con particular pasión y que, si Messi se alza con la copa, la Casa Rosada hará lo necesario para sacar una tajada de lo que, es de esperarse, será un inolvidable clímax nacional.
Es, por lo tanto, una realidad imposible de soslayar: la política no puede disociarse del deporte en momentos de alta expectación pública –como lo será la Copa del Mundo– en un país monolíticamente futbolero como lo es la Argentina. Intentar hacer alguna movida que prescinda de este dato será nadar contra la corriente, con todo lo que esto significa desde el cálculo electoral.
Claro que, desde una perspectiva institucionalista, este determinismo deja un sabor amargo. En una República, el deporte y la política deberían constituir esferas autónomas. Nadie se imagina a los Estados Unidos cambiando su tradición de votar por el presidente los primeros martes de noviembre bajo pretexto de un torneo de béisbol o una final del Súper Tazón. Tampoco podría esperarse eso de Emmanuel Macron o de Ángela Merkel, pese al nivel de popularidad que tiene el fútbol en Francia o Alemania. Aunque es seguro que ambos festejarían a lo grande si sus selecciones se alzaran con la copa, no es posible especular que, luego de los festejos, intentaran alguna rapiña política bajo el paraguas del triunfo.
Los gobernadores, por lo tanto, harán lo que les conviene, como autómatas del fútbol. No hay que esperar ni originalidad ni protesta alguna por este fait acompli. Su único propósito es sobrevivir a Cambiemos, y la mejor estrategia que tienen a mano consiste en anunciar sus aspiraciones luego del Mundial y, cuando llegue el momento, despegar sus propias elecciones de las presidenciales. Cada uno con su libreto, procurarán sacar rédito a la eventual victoria del equipo de Sampaoli o nacionalizar su derrota. Aunque puede dudarse sobre la efectividad de lo primero, la segunda estrategia, en cambio, podría llegar a utilizarse como otra variable de mortificación sobre Macri, tal como los cantitos que corean –tan ligera como injustamente– las tribunas en los partidos de la súper liga argentina. En esta última hipótesis, los gobernadores lo mirarán por TV codificada, sonriendo con malicia.