Los árbitros quieren ser censores

La patética iniciativa del Sindicato de árbitros para parar los partidos de fútbol cuando suenen cantitos contra el presidente demuestra que la vocación penitenciaria de los referees siempre permanecerá intacta.

Por Javier Boher
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Algunas veces resulta exasperante la falta de vocación democrática que tienen algunos, expresada en una idea restringida de los derechos y libertades de los que debe gozar cualquier ciudadano.
La ofensiva siempre arranca por atacar la libertad de expresión. Empieza en forma de burlas contra el disidente, que poco a poco se empieza a autocensurar para no ofender a quienes en realidad son una mayoría. En esa falta de tolerancia, siempre aparece algún iluminado que pretende imponer alguna medida extrema y carente de sentido común.
Después de tres semanas con cantitos en contra de Macri por parte de las hinchadas, el Sindicato de Árbitros de la República Argentina (SADRA) propuso suspender los partidos cuando suene alguna canción ofensiva para la investidura presidencial.
La indisimulable obsecuencia de la propuesta sólo contribuye a las alocadas teorías de un pacto antidemocráctico para despojar a la gente de la alegría del fútbol, pero sólo para darle la alegría de un campeonato al presidente.
Se sabe de los manejos poco claros que siempre han existido en el fútbol, a la vez que las simpatías de los referees para con uno u otro equipo algunas veces también han tenido un papel preponderante en los resultados.
Así y todo cuesta imaginarse al presidente digitando quién va a dirigir cada partido o de qué forma se va a perjudicar a algún equipo. Es más probable pensar en que la decadencia misma del fútbol criollo se vea reflejada en pésimos arbitrajes que hacen enojar a los plateístas.
También hay que pensar en otro componente, imposible de subestimar. La decisión del gobierno de colaborar con Rusia para prevenir la llegada de 400 barras argentinos al mundial es la contracara perfecta de la decisión kirchnerista de pagarles el viaje cuando fue la cita ecuménica en Sudáfrica.
En ese escenario de “castigos” al público futbolero -que se complementa con el final del Fútbol Para Todos y el endurecimiento de las restricciones para el ingreso a las canchas a través del programa Tribuna Segura- las motivaciones que encuentran los barras para quejarse del presidente son especiales.
No hay que olvidarse del rol de muchos periodistas deportivos que celebran la “cultura del aguante” y se toman estas cuestiones como algo propio del folklore de la cancha. Para ellos, esto es una cuestión inofensiva, parte del sentimiento popular.
Parece demasiado inocente creer que detrás de esto no hay nada de política, así como también suena tremendista la propuesta de suspender los partidos por ser una incitación a la discriminación.
Entre ambas posiciones, la que peor daño le puede hacer al gobierno es la segunda. En tiempos de inmediatez y viralización la suspensión sólo sería un incentivo para que las hinchadas se pongan más creativas que nunca.
Si la gente no puede expresarse en una tribuna contra su presidente -independientemente de la motivación que encuentren para hacerlo- los defensores de la república estarían adoptando medidas similares a las que se imponen en países autoritarios.
A algunos parece gustarles la idea de las hinchadas con coreografías de métrica perfecta como la de Corea del Norte en los recientes juegos olímpicos de invierno en Pyeongchang. Que sus vidas y la de sus familias dependieran de vitorear al líder parece un dato menor.
La cuenta de twitter NFL Para Todos es una de las más populares, por su humor para retratar al fútbol argentino como si fuese futbol americano, con una estética similar y en un inglés modificado para hacer reír.
Después de la polémica, lanzó la consigna #ApprovedSongs, hashtag con el cual los seguidores podían tuitear sus canciones aptas para todo público y no pasibles de censura. Rápidamente se convirtió en tendencia y demostró que la creatividad de la gente no puede quedar contenida por la voluntad de una entidad como el sindicato de árbitros.
Si se piensa en lo mal que hacen aquello para lo que están capacitados, no cuesta imaginar la impericia con la que podrían manejar una situación mucho más compleja y delicada que un offside o un penal. Aunque se entienda que su vocación personal de ser la autoridad les tira con fuerza, permitirles ser censores ya sería demasiado.