Cartas desde un convento cordobés (Primera Parte)

Epístolas de monjas que pertenecían al monasterio de carmelitas descalzas de San José, entre 1799 y 1806, reveladas por una investigadora, permiten conocer más de la vida de clausura en Córdoba en aquel período.

Por Víctor Ramés
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Entre fines de la Colonia y las primeras décadas del siglo XIX imperaban fuertes restricciones en torno a la palabra de la mujer en general, incluido su acceso a la escritura. Esta situación no afectaba exclusivamente a las mujeres coloniales del Nuevo Mundo, dado que había en Europa también muchas mujeres analfabetas o menos diestras en la escritura y que enfrentaban numerosos impedimentos para poder expresarse por escrito.
Por eso cobran enorme importancia las pocas muestras de cartas personales que trascendieron el paso del tiempo hasta nuestros días. Se trata de fragmentos vitales del discurso femenino, que permiten conocer un poco más el perfil de las mujeres que habitaban este territorio.
Dentro del rubro epistolar, son de enorme interés documental y constituyen una sección propia en el género las cartas escrita por monjas en el interior de los claustros.
Si bien la vida consagrada significaba tomar votos irrevocables, adaptarse a una disciplina monástica bastante austera y dejar de lado los lazos terrenales, la condición de monja representaba poder económico y prestigio social. Y no menos importante, la posibilidad de acceso a la escritura que ofrecía la vida en los conventos. Las cartas permitían comunicarse con el exterior a través de una red que tejían la censura y la observación de pautas morales en la composición. Estos documentos contienen el tesoro de aquellas voces silenciosas que dejaron expresada una forma de ser mujer en tiempos de fuertes normas de sumisión femenina.
Un ejemplo valioso de esta producción fue dado a conocer por la investigadora tucumana Victoria Cohen Imach: epístolas escritas por monjas profesas en el convento de carmelitas descalzas de San José de Córdoba, entre 1799 y 1806 (Redes de papel. Epístolas conventuales, Facultad de Filosofía y Letras, Tucumán, 2004). Sus autoras fueron las religiosas Theresa Antonia de Jesús y María Rosalía de San Agustín, que la historiadora estudió en la colección documental de la Sección de Estudios Americanistas “Mons. Pablo Cabrera” de la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC.
Cinco cartas son las que corresponden a la pluma de María Rosalía de San Agustín, quien era priora del convento levantado en 1628 que aun hoy existe a la vuelta de la plaza San Martín, sobre la calle Independencia. Esas cartas fueron escritas entre fines del siglo XVIII y la primera década del siglo XIX. Estaban dirigidas a José Miguel de Tagle, un hombre nacido en Jujuy en 1756 y que ejercía el comercio en el Virreinato y la administración de bienes de terceros, quien al quedar viudo dejó a sus hijas en el Colegio de Huérfanas de Córdoba. María Rosalía escribe a Tagle sobre la intermediación de éste referida a bienes materiales (géneros, azúcar, cera, etc.) que el convento debía adquirir para la vida diaria de sus habitantes. También refiere aspectos de la comunidad en que vivía, y algunas alusiones a las hijas de destinatario.
La transcripción de las cartas por Cohen Imach es “literal” y de acuerdo con normas filológicas que no nos competen directamente aquí, de manera que podemos tomar extractos y modernizar el texto para facilitar su lectura. Hay partes ilegibles del documento original, donde la autora abre corchetes y tres puntos para indicar la ausencia de texto. Se cita a continuación la primera carta de la serie presentada por Cohen Imach, firmada por María Rosalía de San Agustín, Priora”. Dice lo siguiente:
“Muy Señor mío y mi favorecedor, por esta se me ofrece molestar la atención de V. suplicándole me haga favor de escribir a su apoderado de Buenos Aires, entregue a Doña Bárbara García esposa de Don Juan Ignacio (Elía?), el dinero que le pida porque lo tengo encargado (…) cado de flores y necesitará dinero para comprarlo.
Vivo a Ud. reconocidísima por lo mucho que me ha favorecido, y todo cuando me ha mandado ha estado tan bueno como de su cuidado, a Cargo de mi Santa Madre corre la correspondencia, al mío y de toda esta Santa Comunidad (…) encomendarlo a Ntro. Señor, todas se le encomiendan muy de Corazón y la hermana María Teresa de San José le suplica haga en su nombre una Visita a Doña Francisca Marín, esposa del Sargento Mayor Don Juan Reyes.
Mande Ud. a su afectísima Servidora que lo ama en el Señor.”
En una epístola siguiente recogida por Victoria cohen Imach, de la misma religiosa, se lee:
“Muy Señor mío. Con sumo aprecio he recibido su esquela celebrando mucho que no tenga novedad, por acá no hay novedad a Dios Gracias todas estamos para que nos mande, y las niñitas sé que están todas buenas.
Mucho estimo a Ud. las diligencias de los encargos que me manda, ya agradezco la brevedad; y la cera estimaré a Ud. que si es buena, me mande hasta cuatro arrobas, de la Bayeta blanca digo a Ud. que de fajuela no nos sirve y así esperaremos la pieza de Bayeta azul turquí, que para polleras de las monjas le pedí, nada me dice Ud. de los pañuelos azules que también pedí dos docenas le estimaré no se olvide.
Mucho he sentido su quiebra pero Nuestro Señor le dará por otro camino lo que ha perdido en éste.
No hay tiempo para más y así mande Ud. a su afectísima Servidora en Cristo.
María Rosalía de San Agustín
Priora.”
Una carta que, como la anterior, no está datada, expresa asuntos parecidos relativos a la relación de índole comercial principalmente que motivan su escritura, y habla de paños:
“Muy Señor mío y toda mi estimación. Celebraré muy mucho haya llegado Ud. a esa ciudad con toda felicidad, y que se mantenga tan bueno; por acá a Dios Gracias no hay novedad para que nos mande; solo su Niña la Monjita he sabido que estuvo enferma de la peste pero ya está buena.
Sírvase Ud. hacerme el favor de mandarme con la brevedad posible una pieza de bretaña fina que necesito para de pronto la que puede una muestra de bayeta blanca para que con esa me traiga Ud. una pieza y otra de bayeta fajuela, azul oscuro, o celeste.
Disimule Ud. tantas impertinencias y mande a su muy afectísima Servidora y Sierva en el Señor.
María Rosalía de San Agustín
Priora”