Los dos problemas de la liga peronista

En los papeles, el poder de la Liga de gobernadores peronistas es enorme. Controla 14 provincias, buena parte del Senado y alrededor de un 30% de la Cámara de Diputados de la Nación.

Por Pablo Esteban Dávila

La Liga tiene, en rigor, dos grandes problemas que la condicionan: la falta de un liderazgo claro y la carencia de un programa nacional que la articule como sujeto histórico.
El primero es simple de entender y es una consecuencia de lo sucedido en las últimas legislativas. Ningún gobernador peronista puede reclamar, exitosamente, preeminencia sobre sus pares. En algún momento Juan Schiaretti fue visto de tal modo (especialmente por el presidente Mauricio Macri), pero su derrota en Córdoba a manos de Cambiemos lo devolvió a las gateras. El resto se encuentra restringido por su anterior vocación kirchnerista o por los problemas de gestión, que les impiden concentrarse en asuntos que excedan los límites provinciales.
El segundo es un tanto más complejo y remite a su ontología. ¿Qué es, en definitiva, la Liga? ¿A qué aspira? No es sencillo decirlo. Una certeza es su territorialidad. Sus líderes quieren conservar sus distritos para sí y advierten que, para lograrlo, necesitan llevar adelante gestiones exitosas. Para esto requieren de dinero, tanto como sea posible. Por lo tanto, pertenecer a ella significa tener una mejor posición negociadora frente al gobierno nacional. Territorio y fondos públicos son dos caras de una misma moneda y una de las características que la estructuran.
El otro atributo es negativo. Sus integrantes se definen como no kirchneristas. Algunos nunca lo fueron (como es el caso de Schiaretti) y otros han optado por olvidarlo, como el tucumano Juan Manzur. Todos pretenden la renovación del peronismo, un concepto que remite a mejores épocas de aquel partido. Renovación es todo aquello que no tenga que ver con Cristina y sus corifeos, sin importar edades ni ideas de los nominales renovadores.
Aunque su horizonte ideológico, como puede advertirse, es deliberadamente estrecho, es posible advertir sin embargo un factor común: el pragmatismo. Sus gobernadores son campeones del arte de la conveniencia. No hay conceptos tales como izquierda o derecha dentro de la Liga; la convivencia interna se fundamenta en el acuerdo tácito de que, intramuros, cualquiera puede gobernar su provincia como mejor aconsejen sus intereses. Este componente los habilita, tanto individual como colectivamente, a acordar con Macri y sus ministros diferentes ventajas sin que nadie se sonroje.
El tridente compuesto por el territorio, el anti kirchnerismo y el pragmatismo sirve para trazar una frontera reconocible para la propia tropa, pero no moviliza mayores voluntades por fuera de este límite. Dista de ser un programa político. Es, aunque no deba restarse mérito a tal cosa, una estrategia de realismo y supervivencia.
Quién mejor ha observado esta característica esAlberto Rodríguez Saa. Para el mandatario puntano, la Liga tiene un pacto implícito con Macri, que consiste en no disputar el poder nacional a condición de que Cambiemos no incomode los distritos que actualmente gestiona. Sus integrantes, siempre según esta versión, dejarían pasar gustosos el próximo turno presidencial a condición se mantuviera, en términos generales, este estatus quo.
Hay mucho de sentido común en la aproximación, pero debe sumarse otro aditamento. El propio gobierno nacional hace todo lo posible para que los gobernadores se encapsulen dentro de sus zonas de confort. Debido a la estrategia de continuar confrontando con Cristina Fernández –de lejos, el rival más funcional para la permanencia de Macri en la Casa Rosada– el peronismo todavía tiene un debate interno sobre quién debe liderarlo de cara a 2019.
Dentro de la Liga se intuye que, mientras la expresidente no sea definitivamente derrotada en una elección presidencial, no surgirá dentro de su seno un macho alfa capaz de aglutinar las diferentes expresiones justicialistas, hoy a la deriva. La minoría K, quizá porque no tenga más nada que perder, sigue siendo la más activa y la que más resueltamente se define como opositora. Su disolución como factor de poder es condición necesaria para que los gobernadores se lancen a la batalla nacional. Nada de esto sucederá en lo inmediato.
Por lo tanto, y a menos que sobrevenga una catástrofe política, la Liga tendrá un propósito netamente defensivo, conservador. Como tal, primará en ella el concepto de equilibrio por sobre el de confrontación, de cohabitación antes que de conquista. No debería esperarse otra cosa, por más que sus gobernadores se reúnan con cierta periodicidad y declamen algo parecido a propósitos comunes.