La elocuencia de lo previsible

Es difícil, para un gobernador como Juan Schiaretti, sorprender con un discurso de inauguración de sesiones ordinarias del Poder Legislativo.

Por Pablo Esteban Dávila

legislaturaEs difícil, para un gobernador como Juan Schiaretti, sorprender con un discurso de inauguración de sesiones ordinarias del Poder Legislativo. Excepto por el episodio de la lipotimia –eficazmente superado sin necesidad de recurrir a fármacos sofisticados– el resto de su discurso fue elocuentemente previsible.
¿Puede culpárselo por tal cosa? Ciertamente no. La estrategia del gobernador es clara, transparente y, a decir verdad, no ha variado un ápice desde que sucediera a José Manuel de la Sota en diciembre de 2015. Los grandes ejes de su gestión tampoco son un misterio. Énfasis en la gestión, cohabitación activa con el presidente Mauricio Macri y ejecución de obra pública.
Mucha obra pública. Son vectores claros, poderosos que, en cierta forma, se explican a sí mismos. ¿Qué de nuevo podría decirse, año tras año, de algo que no cambia y que no tiene pensado hacerlo?
Hace exactamente dos meses atrás, titulábamos esta misma columna con una referencia a Parménides, el filósofo del ser. Schiaretti, decíamos, es igual a sí mismo. Sin fisuras ni ambigüedades. Se mantiene fiel a una fórmula política que, un tanto paradojalmente, no tiene mucho de política.
El discurso reflejó precisamente esta cosmovisión. La obra pública mueve al mundo y atrae votos. El resto es decorado. Hasta su anuncio más innovador (la creación de una Secretaría de Comunicaciones y Conectividad) tuvo que ver con instalaciones, en este caso, el tendido de fibra óptica en lugares donde todavía no haya.
Por supuesto que, en todo momento, se cuidó de mostrarse como el futuro, pese a que Unión por Córdoba lleva veinte años en el poder. En este sentido, enumeró una serie de logros que, de tan avanzados, recién ahora se discuten a nivel federal, tales como la boleta única, la reforma política y la reducción de la legislatura. No deja de ser una deriva de la teoría platónica de la reminiscencia: conocer es recordar, el futuro está definido por el pasado. Córdoba ya hizo gran parte de los deberes que la sociedad reclama a su clase dirigente; ¿para qué sobreactuar?
Aunque es claro que el gobernador no es un filósofo, y que tampoco tiene pretensiones de serlo, esto no significa que no sea un observador de lo que sucede en el contexto. Algunos matices de su discurso apuntaron, precisamente, a mostrar que incluso un obsesivo de la gestión puede detenerse en cuestiones de la coyuntura ideológica.
Una de ellas fue la mención a un aspecto incontrastable. Cuando en el país existe un bienvenido debate sobre la cantidad y la calidad del empleo público, Schiaretti recordó que el suyo es el distrito es el que tiene la menor relación entre empleados estatales y habitantes. Al mencionar el tema del endeudamiento, afirmó desafiante que la deuda que ha tomado su gobierno sólo obra como apalancamiento a la obra pública, sugiriendo que los gastos corrientes están bien cubiertos y que no necesita –como sí ocurre en otras jurisdicciones– recurrir al financiamiento externo para paliar déficits de caja.
Hizo una referencia, asimismo, al rol autoimpuesto de colaborar para garantizar la gobernabilidad, como si el presidente todavía necesitara ayuda tras su incuestionable triunfo de octubre. La referencia, por supuesto, no tuvo nada de casual. La Casa Rosada ha quedado herida tras el debate por la ley de reforma previsional y por las señales aun ambiguas de la economía. Sólo garantiza algo quién tiene el poder de hacerlo. En el común de los casos, el garante ayuda a quién necesita un aval, es decir, a quién carece de algo que se estima valioso. Afirmar esto desde Córdoba, en donde Macri arrasa en cada elección, tiene una alta cuota de picardía. Schiaretti señala, de una manera muy correcta, la preexistencia de su propio poder al que detenta el presidente.
Respetando el manual de estilo, el gobernador eludió pronunciarse sobre temas difíciles, tales como la inseguridad o las demandas de mayor eficiencia sobre el alicaído fuero anticorrupción. En el primer caso tuvo respuestas tangenciales, objetivando las inversiones que realizará en la policía provincial y enumerando la cantidad de agentes a incorporarse en la fuerza. Respecto del segundo, el silencio fue absoluto. Ya se había dicho que su destino es la extinción, y que serán los fiscales comunes los que investiguen los delitos en la función pública. No deja de tener sentido. Un fuero anticorrupción siempre es un imán para la suspicacia. Si imputa siempre, será porque tiene motivaciones política; si no lo hace, es porque hay un pacto de impunidad con el poder. En cualquier caso habrá sospechas a uno u otro extremo del arco político. Tal grado de nihilismo nunca es saludable.
Un discurso previsible genera reacciones de la misma intensidad. Ante la inexplicable ausencia de Héctor Baldassi (¿no habrá tenido mucho que opinar?) la oposición habló por la boca de sus principales expectables, Mario Negri y Ramón Javier Mestre. En rigor, ninguno se mostró especialmente soliviantado por las palabras del gobernador. Sí dejaron traslucir su “preocupación” por el momento de la lipotimia lo que, en buen romance, significa dudar sobre su fortaleza física para enfrentar los desafíos de un nuevo e hipotético período al frente del Centro Cívico.
De cualquier manera fueron elegantes en verbalizar la incertidumbre, como corresponde en políticos sistémicos. Negri reclamó, adicionalmente y con algo de razón, porel olvido de Schiaretti de agradecer el apoyo recibido desde la Nación en los últimos años. El radical sostiene que el shock de obra pública que estremece a la provincia tiene tanto de Macri como del gobernador, y estaría encantado de poder mostrar sus resultados como una suerte de cogobierno del cemento y el hormigón armado entre ambas jurisdicciones. Si esto ocurriera, se ilusiona, el electorado que sustenta a Unión por Córdoba podría fraccionarse, y el triunfo de Cambiemos en 2019 estaría a la vuelta de la esquina.
Pero esta posibilidad horroriza al oficialismo, tanto en sus vertientes delasotistas como en las schiarettistas. Todavía puede recordarse la indignación del exgobernador al ver carteles de la Nación proclamando algún tipo de paternidad sobre la autovía Córdoba – Río Cuarto. Su sucesor es incluso más celoso, aunque sin recurrir al Twitter ni mostrase particularmente indignado. Cada vez que aterriza un funcionario nacional (el último fue Guillermo Dietrich) él acompaña personalmente al visitante a recorrer sus obras, al estilo de un orgulloso padre de familia que muestra la construcción de su casa a los vecinos curiosos. No habrá nada parecido a un alquiler de vientres en esta materia. Las obras son suyas, el símbolo de la perdurabilidad de un gobierno que, desde hace dos décadas, se empeña en demostrar que no le hace falta relevo.