El desliz de Sampaoli y la hipocresía del fútbol

El mundo habla del papelón del director técnico de la seleción argentina de fútbol. Su exabrupto en la madrugada del sábado se viralizó rápidamente hasta dejarlo completamente en evidencia.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

sampaoliEl caso del ex entrenador de Chile es una muestra más de aquello que brota por los poros de los argentinos cuando se enfrentan las obligaciones y las consecuencias que emanan de la ley.
Cuando regresaba del casamiento de su hija en su Casilda natal, el vehículo en el que viajaba fue interceptado por un control policial. Luego del test de alcoholemia de rigor que se le realizó a la conductora -y que dio negativo- se le pidió a dos de los ocupantes que descendieran del auto por exceso de pasajeros.
En ese momento explotó la furia del entrenador. Por el simple hecho de tener que caminar cuatro cuadras, un desaforado Sampaoli atacó verbalmente a los responsables del operativo.
Siendo que resulta imposible que se comporte como una persona centrada ante los ojos de millones de personas cuando dirige, no es difícil entender que en una situación de instancia privada demuestre ese rostro tan desagradable. No debe sorprender a nadie la situación.
En un profundo contraste con su ídolo Marcelo Bielsa, un poco diplomático Sampaoli le espetó una terrible frase a un empleado que estaba cumpliendo con su trabajo de prevenir accidentes. “Cobrás cien pesos por mes, gil”.
Quizás el contenido de la frase en sí no es tan grave como la idea de que él es mejor que otra persona por el hecho de ganar un sueldo mayor. Vaya paradoja en un admirador del kirchnerismo anclado en los relatos del neoliberalismo expoliador y el socialismo igualitario.
Pero como en el fútbol todo se perdona, las disculpas del entrenador calmaron las aguas. Desde la AFA ya aseguraron que por ser una cuestión de índole privada no van a intervenir. Pedir la renuncia es exagerado, pero que uno de los argentinos con más llegada a las masas muestre esa imagen educa en el mal sentido.
La prepotencia, el clasismo, la desigualdad, la impunidad para manejarse, todo eso es lo que deja ver la actitud de permitir que el técnico del combinado nacional “se la lleve de arriba”.
En el hipócrita mundo del fútbol argentino hay que pensar que hasta hace poco más de seis meses a un jugador no lo convocaban por haberse “robado” la mujer de un amigo, pero que un ex jugador y técnico condenado por intento de violación es personaje en cuanto programa del folklore futbolístico haya en el país.
Ni hablar del ex jugador de River y Boca acusado de abusar de su ahijada de 11 años que recién ahora, cinco años después, es detenido por esa denuncia. O aquel jugador que en la noche del mismo día en que lo condenaron por abuso fue al banco e ingresó en un partido de su equipo.
No debe sorprender lo de Sampaoli. Tampoco se debe agrandar o minimizar. Simplemente hay que prestar atención a lo que ha logrado la sociedad argentina.
En el endiosamiento de figuras que aparentan sensibilidad social y compromiso popular, que se mezclan con el sentir de grandes masas de personas que depositan sus ilusiones en un deporte corrompido por los intereses de los poderosos, se filtran algunos monstruos que son apañados en la búsqueda de resultados.
Con situaciones como estas, sin embargo, hay un único resultado para todos: la derrota.