Macri, tras las reformas: algo más que globos amarillos

Si diciembre termina en paz (es un mes particularmente sensible a la temperatura social), el presidente podrá retomar su programa de reformas con particular fortaleza. Reformas significa ajuste, por si no está claro.

Por Pablo Esteban Dávila

Sostiene el dicho popular que “lo que no mata fortalece”. Dejando de lado su exactitud predictiva, el axioma viene como anillo al dedo para explicar lo que sucede con el presidente Mauricio Macri por estos días.
Bueno es recordar algunos datos políticos insoslayables. En 2015 ganó por un margen estrecho el balotaje tras haber obtenido sólo un 34% en la primera vuelta. Lo hizo gracias a una coalición, Cambiemos, conformada por un variopinto abanico de partidos y dirigentes. Dentro de sus componentes sobresale el radicalismo, famoso por no terminar sus mandatos nacionales, y la señora Elisa Carrió, experta en el chantaje a sus socios circunstanciales.
El presidente comenzó su gobierno con un Congreso que no controlaba y con puntos de apoyo previsiblemente endebles. Esto, junto con memorables errores no forzados cometidos por su propia administración, lo forzó a moverse inicialmente con cautela. Una consecuencia de tal prudencia fue el exasperante gradualismo económico (y también político, por cierto) que caracterizó la primera etapa de su gestión.
Para sorpresa de muchos, la adopción de esta estrategia funcionó razonablemente bien. Prueba de ello fue su victoria en las últimas legislativas que, sin ser arrasadora, resultó inobjetable. Ya lo hemos dicho, pero vale la pena insistir: Macri es el primer presidente no peronista que, desde 1985, se impone en una elección de medio término. El simbolismo es lo suficientemente potente como para soslayarlo.
Fue precisamente esta victoria –de la que hoy se cumplen 60 días– la que persuadió al presidente de que había llegado el momento de jugar fuerte. En tiempo récord convenció a los gobernadores de firmar un acuerdo fiscal y delineó una reforma jubilatoria que llevará algo de sosiego a la peligrosa coyuntura que atraviesan las cuentas fiscales. Ambos asuntos, impuestos y jubilaciones, están al tope de los grandes problemas que debe resolver el país.
Lo que ocurrió una vez lanzada esta agenda a la arena pública fue proporcional a la magnitud de los temas en juego. El nuevo cálculo jubilatorio, especialmente, alineó con gran potencia a la oposición parlamentaria y al vandalismo antisistema, integrado tanto por la izquierda boba que padece el país como por el desorientado kirchnerismo no justicialista. Por momentos la viabilidad de la iniciativa oficialista caminó sobre el filo de la cornisa. Dantescas imágenes en las adyacencias del Congreso vaticinaban lo peor. Pero Macri decidió continuar, incluso por sobre recomendaciones bienintencionadas que le sugerían levantar el pie del acelerador. “Es ahora o nunca”, fue la instrucción que recibieron sus principales espadas en Diputados.
La ley salió con ayuda peronista, lo que habla muy bien del gobierno. Aunque los gobernadores no pudieron disciplinar por entero a sus legisladores, los que cumplieron resultaron vitales para la sanción del proyecto. Macri pudo exhibir un claro triunfo en un terreno complicado, siempre proclive a los cantos de sirena de los demagogos y a los amantes del déficit fiscal.
Sus adversarios deberían tomar nota de esta peronización en el estilo presidencial. En su acepción más básica significa que Macri está más dispuesto a liderar que a ser liderado por las circunstancias. No es lo que todos esperaban de un conductor atento a las redes sociales y sin visibles deseos de polarizar opiniones en una sociedad de por sí crispada. Muchos de sus referentes legislativos, por caso Nicolás Massot, Fernando Iglesias o Mario Negri, comienzan a mostrar sus dientes ante kirchneristas tradicionalmente antropófagos. Ya no es la estética del globo amarillo la que prima dentro del gobierno.
Hay una proclama implícita que subyace a este fenómeno: “no somos la Alianza”. Es una letanía silenciosa, pronunciada entre labios a modo de conjuro y afirmación identitaria. Lo ocurrido esta semana en el Congreso permite darles la razón. La administración macrista tiene un sello decisorio propio que ha ido de menos a más y que confunde a sus opositores. Quizá el aspecto más notorio de esta mutación sea que, finalmente, Cambiemos comienza a enhebrar ideas que, hasta hace poco, parecían interdictas. Aspectos tales como la apertura al mundo, la racionalidad en el gasto público, el apoyo a Sebastián Piñera o la defensa de las fuerzas de seguridad forman parte de un repertorio que comienza a recitarse sin mayores complejos ideológicos.
Si diciembre termina en paz (es un mes particularmente sensible a la temperatura social), el presidente podrá retomar su programa de reformas con particular fortaleza. Reformas significa ajuste, por si no está claro. El último en ajustar y gozar, al mismo tiempo, de gran popularidad fue Carlos Menem, un espejo en el que Macri no desea mirarse aunque, por lo bajo, se pregunte cómo diablos hizo el riojano para tomar tantas medidas de fondo sin que nadie se preguntase por la gobernabilidad del país.
Es la gobernabilidad, justamente, de lo que se trata en esta coyuntura. Hasta ahora la Casa Rosada había transado ajuste por paz social, una imposición dictada por su originaria debilidad política. Pero esta no es una transacción sustentable. Sin contención del gasto público no habrá gobernabilidad ni cosa que se le parezca, al menos en el mediano plazo. Ha llegado el momento de invertir aquella ecuación y poner en el primer plano las cuestiones que definirán la estructura económica argentina del futuro. Dos años se consumen con dramática velocidad y, claramente, éste es el mejor momento de la administración de Cambiemos.
El nuevo año mostrará un nuevo rostro presidencial. Más apurado, más inflexible, con mayor influencia. El manejo de la reciente crisis jubilatoria (hay que denominarla de alguna manera) fue hasta cierto punto temerario, pero demostró vocación de poder. Sólo el peronismo decía tenerla en grandes cantidades; sin embargo, ha perdido su monopolio. Acaba de surgir un competidor que, de repente, parece gozar haciendo ostentación de esta sustancia, aparentemente imprescindible para gobernar la Argentina contemporánea.