Hay que escuchar a Mirtha

La tensión habitual de cada diciembre se sigue palpando en el aire. Los últimos quince días han mostrado que un grupo de gente bastante considerable está dispuesto a llevar la situación política a la arena de la violencia.

Por Javier Boher
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violenciaLos enfrentamientos en las puertas del congreso -con diputados incluidos-, las agresiones a los periodistas, algún intento aislado de saqueo en la provincia de Buenos Aires, los golpes en los cacerolazos y las fuertes chicanas en los debates parlamentarios reflejan el clima de hostilidad que se vive en la calle.
En su apuesta de acentuar la grieta para ganar las elecciones, el gobierno no previó la polarización que vendría. Los diputados del Frente Renovador que quedaron fuera de la cámara estaban mucho más dispuestos a negociar que los que tomaron su lugar.
Las listas del kirchnerismo -aunque plagadas de desconocidos para los inorgánicos- estaban llenas de candidatos convencidos del rol que debían adoptar. Aunque haya retrocedido en tamaño, el bloque que responde a la ex presidenta ha ganado en disciplina.
Esa disciplina partidaria se traduce en una riesgosa conducta antidemocrática, que se pretende teñir de la épica de la resistencia. Intentaron levantar la sesión en diputados varias veces, movilizaron a gente desde el conurbano para chocar con la policía o para cacerolear en el microcentro, o incluso mostraron su falta de dignidad al referirse a los hechos de violencia.
Ayer el diputado Leopoldo Moreau no podía quedar atrás de todas las infamias que han protagonizado sus compañeros de cuerpo. Como voz pretendidamente radical de la construcción “transversal” que espera reflotar el Frente para la Victoria, se refirió a la agresión sufrida por Julio Bazán en términos similares a los que siempre alentó la expresidenta.
“Bazán no sólo fue víctima de un grupo de inadaptados, ha sido víctima del grupo donde trabaja”. Una novedad discursiva: hacer cargo a la víctima por su vínculo laboral con tal o cual empresa.
El responsable de la peor derrota electoral del radicalismo en una elección presidencial recurrió a la lógica fascista de poner en la balanza las características de la víctima para decidir cuestionar -o no- la agresión.
Aunque menos golpeado que Bazán, Martín Lousteau sufrió la furia de los empleados del Bapro, descontentos por los cambios en la ley previsional que regula su actividad.
Desde el principal bloque opositor el que se solidarizó con el ex ministro de Cristina fue Máximo Kirchner. Sin embargo, la postura del diputado santacruceño fue la del macho curtido, alegando que nadie nunca se solidarizó con él o su familia cuando fueron agredidos o escrachados. En otras palabras sería como decir “ahora nos toca a nosotros perseguirlos”.
SI hay algo en lo que coinciden muchos analistas es que la estrategia de tensar la cuerda a la que apuestan desde los dos extremos puede no ser la adecuada. Pese a que el kirchnerismo está agonizando y difícilmente recupere protagonismo, la incapacidad del gobierno de sostener un relato propio lo obliga a mantenerlo con vida. El problema es que esos que resisten extreman sus ataques y se alejan de la legalidad.
Pese a que nuestra sociedad ha madurado respecto a algunas cuestiones, nunca hay que minimizar los riesgos del fanatismo. Tal como dijo Mirtha Legrand al referirse a la agresión a Lousteau, la violencia “tiene que desaparecer, porque se empieza así y no se sabe cómo termina”.