Los sediciosos o la mudanza

Ayer, al igual que el jueves y como cada vez que ciertos sectores de la política no consiguen tener los votos en el congreso, se pudo ver el intento de torcer el resultado de una votación utilizando la intimidación.

Por Javier Boher
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Ayer, al igual que el jueves y como cada vez que ciertos sectores de la política no consiguen tener los votos en el congreso, se pudo ver el intento de torcer el resultado de una votación utilizando la intimidación.
Como tantas otras veces, un puñado de personas angustiadas por no recibir votos se atribuye la voz del pueblo para reclamar en contra de algo que no le gusta.
Parecen no recordar el artículo 22 de la Constitución, aquel que empieza con “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes” y termina con que los que se atribuyen la voz del pueblo cometen el delito de sedición.
Con la mentalidad de aquel que se cree una vanguardia iluminada que debe guiar a las masas ignorantes en su beneficio, esta actitud guarda muchas similitudes con el comportamiento eclesiástico. Mucha acción misionera y poca acción reflexiva. El resultado, siempre, es la imposición sobre los derechos de los otros.
Lo vivido ayer frente al congreso demuestra que algunos grupos realmente creen estar llevando a cabo una acción revolucionaria.
Otros, un tanto más pragmáticos, agitan la idea de que la gente salga a la calle. Entienden que así, movilizando a las masas, van a lograr que vuelvan a la calle los que hoy están tras las rejas.
Unos y otros apelaron al lenguaje de los golpes y la prepotencia para impedir que el congreso sesione y apruebe la reforma previsional.
Dificilmente lograran entrar al congreso o generar empatía en los miles de argentinos que desde sus lugares de trabajo o sus casas seguían el choque con la policía metropolitana.
Sin darse cuenta lesionaron gravemente a la democracia. No por intentar evitar que se debata en el congreso, sino por lograr que la gente pida más represión.
Cuando la jueza Lopez Vergara dispuso que la policía no debía usar “armas letales”, dejó a los policías en desventaja. No hizo nada malo, todo lo contrario: previno un exceso policíal y los resguardó de acusaciones por posibles heridos o muertos.
El resultado de esto fue un gran número de policías heridos. Esas imágenes fueron lentamente reforzando la idea de que la represión es la salida a estas protestas. Cuando el problema no es la protesta en sí, sino quién y cómo reclama.
Cuando hablaban de una multitud de 200.000 personas que se movilizó para impedir que se sancione la ley, pretendían hacer ver un gran número de voluntades reclamando por derechos de todos.
Comparando, la lista de diputados de Florencio Randazzo obtuvo casi 500.000 votos. Eso le significó conseguir una sola banca de 35 en juego por la provincia de Buenos Aires. Eso sería un solo diputado en un congreso de 257 miembros. Así, esa multitud que destruye la calle y se atribuye la voz de todo un pueblo, no alcanzaría a juntar medio voto en la cámara.
En los últimos días, un alfonsinista nostálgico reflexionaba sobre la inacción del Poder Judicial, siempre reacio a imputar a los organizadores de los actos de violencia por sus actos sediciosos. “Al final, mudar la capital no era tan mala idea, ¿o no?”.
Quizás así, con el congreso lejos de los colectivos de algunos aparatos políticos, los sediciosos dejen de intentar gobernar en la plaza y acepten el mandato que se les otorga a los representantes.