No cualquier siesta

Frente a la instantaneidad del presente, lo que ha hecho Gabriel Ábalos para reflejar el devenir de Córdoba en su libro “Los choques remotos”, es desplazarse hacia el pasado, cuando los habitantes de esta ciudad no sufrían las urgencias actuales y se podían dar el lujo de demorarse.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Una caminata por el centro de la ciudad de Córdoba nos depara un cuadro en movimiento, en el que conviven muchísimas personas que desarrollan actividades simultáneas, en una especie de coreografía que en su falta de armonía encuentra su mayor atractivo. Gente que maneja, que camina, que habla por teléfono, que compra en un negocio, que espera el colectivo, que se saluda, que se besa, que lee, que pide, que se asoma a los balcones, que barre la vereda, que vende diarios, que lleva flores, que le da de comer a las palomas, que toma un café y mira por la ventana del bar.
Si a ese panorama multitudinario le sumamos lo que no podemos ver, lo que ocurre detrás de las paredes y que queda afuera de nuestro vistazo, entonces la descripción que estamos ensayando se multiplica hasta el infinito. Puestos a imaginar, le sumamos a nuestra pintura lo que las personas piensan y sienten, lo que planifican hacer y lo que recuerdan que han hecho. Hurgamos en la intimidad de esos cordobeses y la polaroid se transforma en un corte transversal que pone al descubierto las nervaduras de nuestra sociedad en este preciso momento de nuestra historia centenaria.
Por supuesto, ese ensayo se vuelve hoy imposible de concretar, porque la fluctuación de la actualidad es tan dinámica, que describirla con palabras es un objetivo inútil: cuando hayamos iniciado el ejercicio, lo que estamos retratando ya habrá cambiado hasta volverse irreconocible. Estamos inmersos en un vértigo que no nos da tregua y que nos lleva de un lugar a otro, de un pensamiento a otro, de una meta a otra, en un tiempo medible únicamente en fracciones de segundo. Y esa velocidad, tan característica de la época que nos toca vivir, es la que dificulta llevar a cabo un proyecto que exige detenimiento.
Para asumir esa iniciativa, lo que ha hecho el escritor Gabriel Ábalos es trasladarse al pasado, remontarse a los primeros años del siglo veinte, cuando los habitantes de esta ciudad no sufrían las urgencias actuales y se podían dar el lujo de demorarse. En su libro “Los choques remotos”, publicado recientemente por el sello Buena Vista Editora, vuelca bajo el formato de la ficción todo el material de archivo que ha recopilado a lo largo de años de trabajo y que, inserto en 19 historias breves, permite el lucimiento de la verdadera protagonista de todos los relatos: la ciudad.
Engarzados con la minuciosidad que sólo maneja un orfebre, la prosa de Ábalos nos presenta lo que pasa en una siesta cualquiera, en un día cualquiera de un invierno cualquiera, en esa urbe que no ha perdido el encanto de la aldea pero que ya goza de un barniz cosmopolita gracias a las consecuencias de la inmigración. Se aprecia en la textura del libro una manifiesta vocación de jugar con aquellas herramientas literarias que forjó James Joyce en su “Ulises” y que, en las páginas de “Los choques remotos”, hermana a Dublin y Córdoba en una asociación inaudita.
Aquello que el presente, en su instantaneidad apremiante, no nos permite concretar, es lo que el pasado le inspiró a Gabriel Ábalos para su conmovedora disección de un trazado urbano que acoge en su seno a los personajes que animan las narraciones compiladas en este volumen. Sujetos que, como nosotros, eran portadores de inquietudes, sueños, sensibilidades y esperanzas, pero que vivían a velocidad moderada en un lugar que es y no es el mismo en el que habitamos hoy. Feliz idea del autor, la de ponernos en ese trance mientras nos deleita con un manjar literario que nos alimenta el alma.