Bailar con alguien

En determinado momento de un concierto que dio en Sydney, la solista neozelandesa Lorde se colgó al cuello la bandera de la diversidad sexual y cantó el estribillo de “I Wanna Dance With Somebody”, aquel rotundo éxito de Whitney Houston que este año cumple tres décadas de vigencia.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Susan Boeing, nieta del famoso fabricante de jets, se casó en 1984 en una ceremonia en la que estuvieron presentes todas las celebridades de la ciudad de Seattle, al noroeste de los Estados Unidos. Durante la fiesta, fueron muchos los músicos locales que resultaron convocados para actuar. El tecladista y cantante George Merrill participaba en uno de los coros que se presentaron allí, en tanto que la vocalista Shannon Rubicam tuvo una destacada performance en solitario. George quedó impactado por la capacidad interpretativa de Shannon, y se acercó a ella para felicitarla. En ese momento, sin saberlo, estaban iniciando la carrera de uno de los dúos de compositores más prolíficos de la década del ochenta.
Al año siguiente, la dupla publicó su álbum debut bajo el nombre de Boy Meets Girl, un derroche de pop entre melancólico y bailable, tan característico de esa época de peinados vaporosos y chombas a rayas. Sin embargo, aunque sus grabaciones tuvieron buena recepción y relativo éxito, fue como autores de canciones que llegaron a destacarse, firmando obras que otros iban a depositar en la cima de los rankings de ventas. La factoría musical les debe mucho del fulgor que lució el panorama sonoro de esa década.
Uno de los mayores aciertos de Merrill y Rubicam fue “How Will I Know”, confeccionada en 1985 a pedido de Janet Jackson, pero que fue desechada por la hermana de Michael porque no resultó de su agrado. Ni lerda ni perezosa, Whitney Houston la grabó como parte de su primer disco, del que fue extraída como single. Su arribo al número 1 del Hot 100 de la Billboard fue una consecuencia lógica de la asociación entre el talento autoral de los Boy Meets Girl y la prodigiosa voz de Whitney Houston, que fue una de las grandes revelaciones de ese 1986.
Un año después, cuando diera a conocer su segundo álbum, la cantante volvería a recurrir a la dupla de Seattle para un hit mayúsculo, “I Wanna Dance With Somebody”. Bajo la producción de Narada Michael Walden, el tema es la combinación perfecta entre una melodía contagiosa, una letra para que la canten todos y un ritmo que, si bien no es una invitación al baile desenfrenado, permite que suena bajo la bola de espejos sin que la gente se vea obligada a abandonar la pista. Esta vez, batieron su propio récord: la pieza se instaló como un número uno universal.
Quien se encargó de recordar este rotundo éxito de Whitney Houston durante su gira por Oceanía es la solista neozelandesa Lorde, que en determinado momento de un concierto que dio en Sydney, se colgó al cuello la bandera de la diversidad sexual y cantó el estribillo de “I Wanna Dance With Somebody”, en apoyo a la instauración del matrimonio igualitario en Australia. La sorpresa del público fue mayúscula, porque más allá del suceso comercial que puedan tener sus canciones, no es Lorde una artista que se caracterice por componer sus obras en sintonía con el pop de los ochenta.
Tal vez lo que suceda es que, más allá de lo que simbolice el tema y de lo poco profundas que sean sus estrofas, lo que consiguieron Marril y Rubicam fue dar en ese centro neurálgico en el que la música se apodera de nuestros sentidos más allá de nuestra propia voluntad. Y es entonces cuando tarareamos y coreamos algo que no sabemos de dónde conocemos, pero que ya forma parte de nuestro inconsciente colectivo. Y también de la memoria auditiva de Lorde, que ni siquiera había nacido cuando salió ese single, pero que sabe que al incluirlo en su show lo está legitimando.