El estado de derecho, la grieta que no se ve

El reclamo por la tenencia de la tierra encuentra refugio en los celestiales relatos de pueblos aborígenes que circulan entre los pasillos de las facultades de ciencias sociales.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Nuevamente llega el momento de cronicar un enfrentamiento violento entre las fuerzas de seguridad y militantes de la RAM. Esta vez, la refriega significó un muerto por arma de fuego. A diferencia de lo que pasó con Maldonado hace casi cuatro meses, esta vez a la víctima sí la mató el Estado.
Para el liberalismo el Estado es un concepto central. Tras las luchas religiosas y políticas de los siglos XV a XVIII, dicha institución emergió para imponer el orden. Primero, en forma de monarquía absolutista. Después, como monarquía parlamentaria o república.
Tras haber sufrido los abusos del absolutismo, los liberales entendieron que al poder no se lo podía dejar descuidado y que –por el contrario- debía ser fuertemente limitado por leyes. En las democracias modernas, la ley es garantía de vida e igualdad en el trato para la preservación de los derechos.
El reclamo por la tenencia de la tierra encuentra refugio en los celestiales relatos de pueblos aborígenes que circulan entre los pasillos de las facultades de ciencias sociales. Las banderas nacionalistas con el foco en lo étnico fueron el espacio de resistencia de discursos conservadores, opuestos al progreso de un mundo cada vez más interconectado.
En ese contexto, el resultado del enfrentamiento entraña una grieta irreconciliable, al menos desde las trincheras que se han cavado a uno y otro lado.
Siguiendo el canon liberal, el Estado debe responder por sus acciones. Para eso están las leyes: no sólo deben protegernos de nosotros mismos, sino especialmente de los excesos de las fuerzas del orden, para evitar degenerar en un autoritarismo.
Pero esa misma ley es la que nos garantiza el respeto de derechos y libertades básicas. Por más anarquistas que digan ser, la negación del único marco legal o pacto social que evita que nos matemos en la calle (o que los maten en el bosque) significa atentar contra las libertades y derechos de todos.
Levantar las banderas de un movimiento ateo y racionalista como el anarquismo para defender una cultura premoderna es ridículo, pero conveniente.
En el relato idílico que se cultivó en el sistema educativo argentino de los últimos 20 años, las causas nobles justifican las acciones violentas.
Como se maniató a las fuerzas de seguridad durante tanto tiempo, los militantes se acostumbraron a una pelea en la que provocaban y no recibían respuesta. Cuando el Estado responde, se asustan y lloran represión, aunque sea una reacción a sus ataques.
Por su lado, los frustrados por la inseguridad que se gestó con un Estado que se decía presente -pero que brillaba por su ausencia- se relamen con las noticias y reclaman intensificar la represión.
Pero hay que evitar las tentaciones.
Aunque haya que vigilar a las fuerzas de seguridad, atacarlas antes de que actúe la justicia no es el camino. Pero tampoco lo es dejarlas reprimir fuera de las salvedades de la ley.
Porque bajo el imperio de una constitución liberal, los excesos del Estado no deben ser permitidos. Pero los excesos de los que dicen ser mejores y llegan para violentar su marco de convivencia, tampoco.