Aquella tertulia en lo de los Castaños

Dos diarios cordobeses de 1866 dan pantallazos de un recibo en una casa de familia, que era muy al uso en ese entonces, y permiten componer un relato sobre aquella noche, y sobre órbitas que la vinculaban al conjunto de las noches de tertulia.

Por Víctor Ramés
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castaños
Grabado tomado de Le Moniteur de la Mode, hacia 1860.

El espacio dedicado por dos diarios cordobeses en octubre de 1866 a una tertulia que había tenido lugar en esta capital en aquellos días en que la primavera hacía más agradable el clima, subraya de qué modo el periodismo hacía circular las novedades de corte social. No siempre hay ocasión de cotejar dos crónicas sobre el mismo evento familiar. De hecho, la publicación de uno de los diarios (El Eco) está firmada por “dos concurrentes a la reunión”, es decir que se trata de una colaboración. Naturalmente, en ambos textos prevalece la revista amable de aquella reunión en casa de familia, lejos de la crítica mordaz que empleaban los diarios cuando se trataba de la lid política, donde se invertían los más altos índices de ponzoña periodística. Aquí no hay motivo de querella: los dos medios locales derraman mieles sobre lo vivido en aquella tertulia en casa de la familia Castaños, y sobre todo se detienen –uno más meloso que el otro- en retratar a las señoritas que eran el centro de la reunión.
Las tertulias, en efecto, era en parte uno de los medios de lucir a los frescos pimpollos de la casa, que tarde o temprano habían de encarrilarse al matrimonio, llevándose consigo al joven más apetecible en capital cultural y económico, y también en el aspecto. Era parte de un juego donde las mujeres eran flores (claro que flores presas de mandatos varoniles), y en ese jardín no faltarían quienes no estuviesen ansiosas de ser consideradas ni ángeles ni flores, o que incluso hallaran cursi el pregón tallado por la sociedad para referirse a ellas. Pero es lo que todas reciben y lo que se esperaba que expresaran los medios de comunicación disponibles.
Hay sólo coincidencias en los relatos que exponían el católico diario El Eco de Córdoba y el diario Las Provincias, situado en el arco liberal, sobre aquella tertulia. Es cierto que había un discurso establecido para ese tipo de crónicas, pero en todo caso el encuentro en lo de la familia Castaños se puede decir que había sido una experiencia duradera. La razón principal puede haber sido –y así se desprende de los textos- la belleza de las hijas, en especial la de una de ellas, que conducía particularmente a los “concurrentes” que firmaban en el diario El Eco de Córdoba, hasta la exaltación. El texto que publican esas hojas cordobesas se esfuerza en las metáforas con que se afanan en quedar bien con el gineceo. Dice la página de El Eco:

“Un bravo
Lo merece el Sr. D. Julián Castaños por la magnífica tertulia con que nos ha obsequiado en la noche del jueves 18 del actual.
¿Qué podemos decir de ella?
No tenemos palabras bastantes para ponderar el amable carácter de la Sra. de Castaños y su buen gusto en habernos proporcionado un placer tan deleitoso, como igualmente a las demás señoritas de la casa cuya bondad y generosidad que les es características, no han dejado que apetecer, llenando todas nuestras aspiraciones. Por fin no podemos explicar cuánto placer, cuánta alegría rebozaba en nuestra alma entre tantas bellas niñas.
Ahora continuemos con algunas de las señoritas que componían dicha reunión.
La bellísima y simpática, la encantadora y hechicera, L… C… la más preciosa de todas era la que más llamó la atención, por su jovialidad y dulzura.
Oh! esa noche no era un ser humano, era un ángel que vestía aroma, era una de esas excepciones que el cielo a veces escoge para derramar sobre ellas todo lo más bello que se puede imaginar!
Estaba hermosa como los primeros albores de la mañana, sus cabellos de oro, sus ojos color de cielo, en fin todo era en ella sublime y digno de admirar.
Mucho más pudiéramos decir de esta perla que tantos méritos, que tantas simpatías recoge cada día pero temiendo ofender su modestia, es que no continuamos y por que no es nuestra pluma la que está llamada a describir los indisputables méritos que tan dignamente le adornan.
Pero antes de concluir con esta señorita, séanos permitido felicitarla por su donaire y amabilidad que ha sabido inspirar a todos, conquistando así el aplauso general.
Pasemos ahora a la modesta y simpática F., también estaba elegantemente vestida, pero notábamos en ella cierto descontento, pues la advertimos algo triste y no hallábamos a qué atinar, parece que había tenido algún pequeño disgustillo con el joven… Pero fue momentáneo, luego no más tuvimos el placer de verla bailando tan contenta como las demás.
Pasemos a la amable y seductora niña, a esa que se distinguía de todas las demás por su vestido rosa, y su tierna mirada que desgarraba el corazón de uno de los jóvenes que allí se encontraban, a esa que por su candor atraía las almas sublimes de todas, a esa en fin que por su dulzura conquistó las simpatías de todos cuantos la miraban.
Estaba también otra blanca paloma pura, fragante y lozana como las cristalinas aguas del manso arroyuelo, ya como despidiéndose de entre nosotros para pasar a un nuevo estado, y dirigiendo sus apasionadas miradas continuamente así a la antesala como buscando el objeto predilecto de sus amores.
Luego sigue la nunca bien ponderada F.L. cuya belleza resaltaba como un brillante en plata incrustado, cuyos encantadores y seductores ojos atraía los corazones como el imán al acero, que reflejaban como los rayos solares en la cristalina corriente y esos labios de rubí siempre de una sonrisa hechicera que parecen estar dispuestos a verter y esparcir en nuestros frenéticos y apasionados corazones una dulce y lisonjera esperanza de amor, por fin difícil sería expresar en palabras si nos pusiésemos a enumerar las infinitas gracias de su persona, la belleza y elegancia que lo acompaña.
No haremos mención especial de las demás pero todas estaban en un estado que no dejaban nada que desear – ¿Y de los dandis qué diremos? Nada más que todos salieron llenos de satisfacción sintiendo que tan pronto concluyese y deseando que se repita con frecuencia un entretenimiento tan ameno.
A la señora dueña de casa no podemos menos que aplaudirla calurosamente por su feliz idea rogándola que siempre nos honre con reuniones tan gratas y placenteras como la del jueves.
Dos concurrentes a la reunión.”