La noticia no es que Juez se vaya, sino que se quede

Parece mentira, pero la administración de los CEO’s ha adoptado, como una suerte de mascota caricaturesca, a alguien que ha hecho de lo vulgar y lo irresponsable una marca registrada.

Por Pablo Esteban Dávila

juezEs, cuanto menos, sugerente la debilidad que parece sentir el presidente Mauricio Macri por Luis Juez. Cualquier otro, en su posición y con los antecedentes del exintendente, no hubiera dudado en desembarazarse de este incómodo personaje mucho tiempo atrás.
Sobrarían motivos para proceder de este modo. Mucho antes de pertenecer a Cambiemos, cuando Juez se definía como un progresista de izquierda, había calificado a Macri de “nabo” y “pelotudo”. Luego, cuando suplicó para que le permitieran ingresar al actual oficialismo, desarrolló un conflicto abierto con el radicalismo que hizo peligrar, más de una vez, la coalición local. A tal punto llegó el desafío a la concordia impuesta desde Buenos Aires que, desoyendo estrictas instrucciones, declinó una candidatura a senador para enfrentarse a Ramón Mestre en las últimas elecciones municipales. El episodio llega al paroxismo al advertir que Mestre era, nada menos, que… ¡el candidato del macrismo!
Si algo podía sumarse a aquella desopilante situación fue su alianza con Olga Riutort, completamente alejada de cualquier simpatía con el PRO y una de las víctimas de las denuncias de corrupción del propio Juez, del tipo de las que nunca le negó a nadie. Tras su previsible derrota (resultó cuarto, detrás del peronismo) un Macri recién electo lo salvó de una vida que se le antojaba miserable en el Concejo Deliberante, nombrándolo embajador en Ecuador.
Para cualquiera que lo conociera mínimamente, aquella designación sonó como algo imposible desde el inicio. Juez era perfectamente capaz de generar un conflicto diplomático partiendo de cualquier cosa. Desde estas páginas advertimos, en su momento, sobre la inconsistencia de la decisión presidencial, en donde eloxímoron presagiaba tormentas de insondables proporciones.
Fue, precisamente, lo que ocurrió. Desde su residencia en Quito Juez creyó que era más importante servir de amuleto a equipos de fútbol de paso por el estadio Atahualpa que dedicarse a representar al país ante un estado extranjero que es, se supone, lo que debería haber hecho como embajador. El resultado fue exactamente el vaticinado.
La tormenta que supo desatar es harto conocida. Definió como “mugrientos” a los ecuatorianos en un reportaje el día de los últimos comicios, en donde Cambiemos se alzó con una sólida victoria. Lo llamativo, lo increíble del asunto, es que Ecuador no era parte del tema a tratar, ni nadie le había preguntado por sus labores allí. El recurso estético (si es que califica como tal) de mencionar los hábitos de higiene de sus anfitriones fue otra de sus lamentables metáforas que, en el pasado, cierta prensa cordobesa festejaba como el máximo logro de la nueva política.
Recuérdese, simplemente y sin afán de listar todos sus exabruptos, la equiparación que supo hacer del tren Bala anunciado por los Kirchner con la comunidad homosexual (“¿es un tren lleno de pucheros?”, se preguntó en 2008), o la definición de Belgrano como “el mejor club de Bolivia”. De aquellas expresiones, groseras y discriminatorias, a otras más aceptadas –como calificar a José Manuel de la Sota como “monarca”, esto es, “mitad mono, mitad garca” o afirmar muy suelto de cuerpo que Oscar “Pichi” Campana vestía la camiseta de la corrupción– Juez hizo del insulto y las groserías una marca registrada de la cual, sorprendentemente, todavía se ufana con genuino orgullo.
Juez ha dicho mil y una veces que él es así y que, como si fuera una bendición determinista, de tanta franqueza no puede derivarse maldad alguna. Evoca, seguramente sin saberlo, aquella sentencia de Salvador Dalí respecto a que “el mal gusto es creativo. Es el dominio de la biología sobre la inteligencia”. Al afirmarse en su estulticia Juez no hace otra cosa que reconocer su incapacidad para aprender nada y su desprecio por los que ofende tan gratuita como arteramente sin reparar en el daño que pudiera estar ocasionando. Es el buen salvaje de Rousseau, aunque el adjetivo que lo precede, en su caso, no sea el correcto.
Por lo tanto, la noticia no es que Juez se vaya de la embajada ecuatoriana, sino que se quede en el gobierno, ahora en el Ministerio de Defensa que conduce Oscar Aguad. Tal vez su pasado de liceísta le confiera algún tipo de autoridad en el tema militar o quizá sea éste el único ámbito en el que su poder de daño podría estar limitado aunque, en su caso, nunca se sabe. Algunos hasta especulaban ayer que podría recalar en la estructura del Interior, bajo la égida de Rogelio Frigerio. Así como, años atrás, el juez Armando Ángeli le concedió licencia legal para insultar, ahora la Casa Rosada le ofrece licencia especial para meter la pata todas las veces que quiera.
¿Hasta cuándo el presidente comprará este paquete? No solamente Juez le ha fallado generando un conflicto inútil y gratuito con el gobierno de Lenin Moreno (que no es precisamente amigo de su par argentino) sino que, además y como se sabe, le ha generado innumerables problemas en la provincia de Córdoba, el distrito que manifiesta con mayor enjundia su devoción por Macri. Sólo un faquir sufriría tanto en forma tan innecesaria.
La pregunta es, además, pertinente porque debe ser complementada por otra, ya en el campo de lo empírico: ¿cuánto le sumó Juez al macrismo en la provincia? La respuesta es sólo una: que no lo haya hecho en absoluto, excepto que por “sumar” se entienda también a los conflictos que supo traer consigo dentro del seno de Cambiemos. Hasta es posible que convencidos cambiemitas hayan optado por votar a Unión por Córdoba en pasadas elecciones locales ante la perspectiva de terminar apoyando, en este combo, al inefable líder del “fin del choreo”.
Lo cierto es que el nuevo yerro de Juez se cierra, otra vez, con un premio. Seguirá en el gobierno y tendrá una nueva oportunidad para continuar haciendo política. Parece mentira, pero la administración de los CEO’s ha adoptado, como una suerte de mascota caricaturesca, a alguien que ha hecho de lo vulgar y lo irresponsable una marca registrada. Dudamos que las ecuaciones de los Excel en la Jefatura de Gabinete sepan resolver esta paradoja; al analista, por su parte, sólo le toca tirar la toalla. Debe ser la primera vez que alguien con tan poco mérito sigue gozando de oportunidades tan generosas.