Angeloz: los que lo lincharon, ahora lo reponen en el Panteón

En nuestro país estas prácticas compensatorias son corrientes: canibalización primero y canonización después. Se pueden ensayar varias hipótesis.

Por Gabriel Osman
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Eduardo Angeloz ya está en el lugar que merecía, en el Panteón de la historia de Córdoba. Es un acto de reparación para quien fuera primerísima figura de la segunda mitad del siglo XX. O, probablemente, un ejercicio de constricción del sistema político y de medios. Este, cada vez más licuado por el ritmo avasallante de Internet a mediados de los ’90 cuando, curiosamente, el tres veces gobernador de Córdoba fue precozmente eyectado de la política. En nuestro país estas prácticas compensatorias son corrientes: canibalización primero y canonización después. Se pueden ensayar varias hipótesis. Algunos psicoanalistas tardíos preferirían utilizar el cuadro de “Tótem y tabú” de Sigmund Freud: matar al padre y después, en penitencia, idolatrarlo. Para los espasmódicos ritmos de la política argentina esta explicación, aun demodé, es tentadora.
La historiografía de su período y una más justa valoración van a llegar cuando se explore y trate de reconstruir lo que sucedió en su ciclo. Los historiadores, además de preparación y profesionalidad tienen, entre otras, las ventajas de la perspectiva que da la distancia, y los diarios, aún antes de la web, son fuentes secundarias para los historiadores. Pero aun con la desventajas de “los cronistas de su tiempo”, vale intentar una descripción algo ajustada. Después de todo, Angeloz ya se fue y el radicalismo está en penumbras.
La última imagen que el mismo dejó en su autobiografía reciente se parece a la del buen abuelo, un hombre amable y hasta autocomplaciente con los errores que cometió, aunque haga señalamientos de contenido autocrítico. Los dos errores más importantes reconocidos fueron mucho más que eso. La delegación de poder a su equipo (él les decía “cada ministro es gobernador en su área”) terminó con varios funcionarios procesados y en algunos casos presos. El otro reconocimiento fue su tercer mandato, pero no fue un error. Fue un horror que le costó el prematuro alejamiento de la política (cuando renunció en julio de 1995, tenía 63 años). Tuvo un paso posterior por el Senado de la Nación que fue sólo parte de los epígonos de su carrera política.
Sobre su presunto enriquecimiento ilícito no se hizo reproches. No tenía que hacerlo. El linchamiento mediático y de mote de cleptocrático con el que fue estigmatizado su gobierno –quien esto escribe estuvo en el coro- fue una de las patrañas más notorias. La prédica de la opinión publicada fue eficaz en la opinión pública y hasta la compraron los jueces que lo llevaron a juicio oral y público. La imputación fiscal de enriquecerse en alrededor de 4 millones de pesos/dólares a un hombre que administró doce presupuestos anuales (actualizados serían 1.400.000.000.000) no es sustentable. Ni hablar de la figura triangulada de la presunta docena de testaferros para ocultar “tamaña fortuna”, que se resuelve un con un simple viajecito a un paraíso fiscal o reboleando un bolsón al interior de un convento (José López, segundo del inefable Julio De Vido), da una idea clara de brutal falta de proporción. Fue absuelto por los camaristas pero el juicio fue su tumba política, con un altísimo costo institucional para la política cordobesa, que dio lugar a la aparición de costosísimas improvisaciones de la “nueva política”. El caso más notorio fue el de Luis Juez. Un auténtico mamarracho canonizado, también por los medios locales más importantes, del que los que lo entronizaron jamás se harán cargo. El periodismo es un poder que no tiene un tribunal de alzada ni debe tenerlo porque cae inexorablemente en la censura y la democracia lo necesita en su fisiología. Un realista como Churchill diría que es, hasta cuando disfunciona, un mal necesario. Muy improbablemente se corrija a sí mismo por lo que solo queda apostar a actos providenciales y un salto de calidad.