Una derrota clara y un gran ausente

El tres veces ex gobernador de Córdoba tiene un invicto de 20 años en la provincia y su perspicacia, nunca puesta en duda, le recomendó no enfrentar el albur de perder ese invicto.

Por Gabriel Osman
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El peronismo de Córdoba sufrió ayer una derrota clara a manos de Cambiemos. La derrota en las PASO no sorprende. La “brecha” que abrió el kirchnerismo y que en 2015 le fue disfuncional, esta vez se tragó a Juan Schiaretti y a su candidato Martín Llaryora. Pero no fue el único y, tal vez, no el principal factor explicativo del traspié electoral. Su principal elector, José Manuel de la Sota, decidió no jugar y se bajó de la punta de la boleta de Unión Por Córdoba.
El tres veces ex gobernador de Córdoba tiene un invicto de 20 años en la provincia y su perspicacia, nunca puesta en duda, le recomendó no enfrentar el albur de perder ese invicto. Tratándose del principal dirigente peronista que parió esta provincia tras la reinstitucionalización del país, en 1983, la ventaja que concedió el PJ fue grande. Quizás no tanto para torcer el resultado pero sí para hacerlo más digerible.
Es extraño este aburguesamiento y acostumbramiento a las victorias, porque De la Sota es un político que se construyó a sí mismo en la adversidad. Antes de su triunfo en diciembre de 1998, encadenó una secuencia de derrotas contra el radicalismo triunfador en los ’80 y ’90, que forjaron en él un temple singular. “Lo que no me destruye me hace más fuerte” podría haber sido el lema que después se verificó en las urnas. El radicalismo tuvo un ciclo virtuoso que lo mantuvo 16 años en el poder (tres mandatos de Eduardo Angeloz y uno de Ramón Bautista Mestre), pero que de la mano de De la Sota y de Juan Schiaretti (en ese orden) fue quebrado y mejorado con cinco mandatos consecutivos (20 años).
Han existido otras explicaciones sobre la decisión de De la Sota de bajarse de la boleta de diputados nacionales pero menos consistentes. Su defección ante el riesgo de la pérdida de su invicto y, en sus cálculos, que quede tocada su siempre latente aspiración de competir por la Presidencia, no puede dejar de contrastarse con la firmeza con la cual sostuvo en las municipales de 2003 a Alfredo Keegan. En el cierre de aquella campaña electoral sostuvo con énfasis y sin fisuras a su candidato al Palacio 6 de Julio, que 72 horas después Luis Juez lo acostó con 40 puntos de diferencia (58% contra el 18% de la “Tuta”).
Por esas cosas de la política, es muy probable que el delasotismo les facture al vicegobernador Llaryora y a su garante, el gobernador Schiaretti, la performance de ayer, que hasta puso en riesgo al peronismo (debe verificarse en octubre) la cuarta banca en la lista de Diputados, Daniel Passerini, el único lugar reservado para un alfíl del ex gobernador.
Pero, formalmente, el pecho deberá ponerlo Martín Llaryora en un doble sentido. Por la derrota en las PASO que pone entre signos de interrogación su aspiración de ser relevo de los dos veteranos caciques del peronismo cordobés, sea como candidato a gobernador en próximas emergencias o postulante con posibilidades reales de competir por la Municipalidad de Córdoba en 2019.
Es obvio que el de ayer es un test electoral muy importante pero no el resultado definitivo. Para la pelea de fondo faltan dos meses, cuando se realicen las legislativas del 13 de octubre. Sobran elementos para confrontar con discursos convincentes y que instalen la percepción de que Córdoba y su partido en el poder provincial tienen banderas nacionales para ofrecer como alternativa a Cambiemos, por sobre las propuestas ya anacrónicas de un kirchnerismo presuntamente redivivo. Como las tuvo en 2015, porque fue en Córdoba, por su aporte del 72% de promedio provincial, donde cayó el kirchnerismo. Fue Daniel Scioli el que sufrió ese “diferencial Córdoba” que torció aquellos comicios y Mauricio Macri el instrumento.
Los términos de esta segunda confrontación que se viene el peronismo debe recogerlo del rol de alteridad que siempre ha ejercicio Córdoba sobre los intereses del puerto. El gobierno nacional ya le ha dado letra con el aumento de la coparticipación a la CABA ni bien asumió; su presión para que las provincias deroguen Ingresos Brutos, su principal ingreso; su respaldo al planteo a la Corte Suprema de la gobernadora Vidal para que recompongan el Fondo de Reparación Histórica que a Córdoba le costará $ 7.000 millones anuales; y su decisión –u omisión- de dejar intacta la asimetría en el reparto de subsidios nacionales a la Capital y al Gran Buenos Aires y las provincias. En sus primeras palabras, Schiaretti también lo insinuó al reconocer el triunfo de Cambiemos: “ Vienen desde la provincia de Buenos Aires a querer llevarnos 7.000 millones de pesos para ponerlos en el conurbano; son los mismos que reciben 79.000 millones de pesos de subsidios junto con la Capital Federal y esto es absolutamente injusto”.