Doble faz

Que la Disney retire de Netflix todos sus productos para ofrecerlos únicamente en su propia plataforma de streaming, puede ser el comienzo de una estrategia que la lleve a destronar a la empresa que ha sido una de las grandes triunfadoras de la batalla por el dominio del mercado de los servicios online.

Por J.C. Maraddón
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disneyCuando en el año 1995 la compañía Pixar se despachó con la película “Toy Story”, parecía que el cine de animación del siglo veinte había llegado a su techo, aunque mejor cabría decir que el filme fue un comienzo anticipado del siglo veintiuno, por lo menos para su género. Era tan distinto ese producto, que por varios años fue el favorito de las nuevas generaciones de niños, quienes caían bajo el embrujo de esa pareja de amigos que conformaban el vaquero Woody y el guardián interestelar Buzz Lightyear, una dupla que dejaba de lado los recelos iniciales para transformarse luego en inseparable.
El empresario Steve Jobs era el motor financiero detrás de Pixar; y su espíritu audaz y emprendedor dotó a esta empresa de un aura encantadora, que sin duda iba varios pasos adelante con respecto al resto. Bajo una aparente imagen de independencia creativa, Pixar pinchó con su aguijón a la industria del cine infantil, que hasta ese momento, salvo rarísimas excepciones, estaba monopolizada por el imperio Disney. Esta firma, sin embargo, no era ajena a “Toy Story”, porque se había asociado a Pixar para este emprendimiento en el que se ponían a prueba los nuevos prodigios de la tecnología.
El año anterior, Disney había clavado un golazo con “El rey León”, que confirmó su renacimiento después de los éxitos de “La sirenita” y “La bella y la bestia”, en una multimillonaria seguidilla que culminó a finales de los noventa con “Tarzán”. Pese al suceso que alcanzó cada uno de estos largometrajes, sus diferencias con “Toy Story” resultan evidentes, no sólo en la técnica de realización, sino también en el planteo de la historia, y en el atractivo magnético de los personajes, que abría nuevas perspectivas a una rama del negocio que, en poco tiempo, iba a erigirse en una de las más rentables.
A medida que su nombre se volvió sinónimo de popularidad, Pixar fue estrechando sus lazos con el imperio fundado por Walt Disney, para competir juntos contra otros gigantes que iban ganando terreno dentro del mismo rubro, como Dreamworks. Finalmente, se produjo lo inevitable: la ambiciosa Disney absorbió a la productora de “Toy Story” en el año 2006, de la misma manera que lo ha hecho en otras operaciones similares, como -por ejemplo- cuando compró en 2012 la marca Lucasfilm, de George Lucas, responsable de las saga de “La guerra de las galaxias” y de “Indiana Jones”.
Con estos antecedentes, la última jugada que ha realizado la gran fábrica de la que salieron el Ratón Mickey y el Pato Donald debe ser juzgada con el mismo rigor con el que se analiza una partida de ajedrez. Porque, tal vez, lo que se propone ahora Disney sea disputarle el territorio nada menos que a Netflix, uno de los grandes triunfadores de la batalla por el dominio del mercado del streaming. Quizás, que la Disney retire de allí todos sus productos para ofrecernos únicamente en su propia plataforma, sea el comienzo de una estrategia que la lleve a cantar “jaque mate”.
Detrás de la inocencia y la simpatía que destilan sus películas más conocidas, ese pulpo comercial oculta sus aspiraciones de abarcar todo lo abarcable dentro de la industria del entretenimiento infantil, incluyendo también entre sus objetivos a estas nuevas formas de consumo que cada vez tienen más adeptos. Una doble faz en la que sus creativos conquistan los corazones de los más pequeños con una batería de filmes imbatibles, mientras que sus halcones se ocupan de acaparar o destruir todo lo que le pueda hacer sombra. Una masacre en la que cae tanto lo real como lo virtual.