De la biografía a la leyenda

Hoy, cuando se cumplen diez años de su muerte, la figura del crítico/difusor/promotor musical británico Tony Wilson (creador del sello Factory Records y fundador de la discoteca The Hacienda) se agiganta en ese panteón rockero donde brilla como una más de las estrellas del género.

Por J.C. Maraddón
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WilsonEl crítico de arte supo ser una figura arquetípica, cuyo pulgar hacia arriba o hacia abajo era un juicio categórico que tanto podía consagrar una obra como hundirla en lo más profundo del olvido. Gozaba de una formación teórica que le permitía justificar cualquiera de sus valoraciones mediante citas a algunos de los autores canónicos que discurrieron sobre la estética, desde la antigua Grecia hasta Benedetto Croce. Y su experiencia en la materia lo dotaba, además, de un conocimiento práctico que lo situaba por encima del simple entendido y que convertía a su palabra en una referencia para el público y para los artistas.
Ese crítico de antaño jamás metía los pies en el barro. Se mantenía siempre distante e inmarcesible, poniendo una distancia con el objeto de su análisis que sería la que supuestamente lo ubicaría en una posición equidistante. Desde esa zona neutral, por encima de los intereses mundanos, emitía sus veredictos inapelables que caían sobre la gente de a pie como si fuesen fallos divinos. Por eso mismo, gozaba de prerrogativas como ver los espectáculos por anticipado, ingresar sin pagar entrada, obtener libros y discos de favor (dedicados por los autores e intérpretes) y otras ventajas a las que lo acreditaba su buen saber y entender.
A comienzos de los años sesenta, mientras el nuevo periodismo arrasaba con los anquilosados preceptos que regulaban el ejercicio del cuarto poder, también los críticos a la vieja usanza empezaron a perder sus atesorados privilegios. Y es que la religión rocanrolera requería de analistas comprometidos con su vocación de cambio, escribas que de a poco fueran evolucionando en lo suyo, a la misma velocidad que lo hacía la realidad. Antes del final de esa década, ya había tomado forma la denominada “crítica de rock”, que conservaba poco y nada de las características de su antecesora.
Quizás la diferencia más notoria era su carácter militante: eran tan fanáticos de ese género musical como cualquier persona del público, sólo que ellos podían reflexionar sobre el fenómeno porque tenían herramientas discursivas y porque lo conocían desde adentro. Ellos fueron los encargados de facilitar (en tiempo real) la comprensión de lo que estaba ocurriendo y, a la vez, los responsables de promover ese estilo musical entre aquellos que todavía no habían caído bajo su influjo. Su importancia ha sido crucial para que el rock adquiriese en pocos años una dimensión industrial escandalosa y para que su imperio se extendiese a toda la sociedad.
Un personaje clave entre los críticos/difusores/promotores de rock de todos los tiempos fue Tony Wilson, un desaforado periodista que transformó a la ciudad de Manchester en el epicentro de la cultura mundial y que, sin ser músico, ejerció una influencia trascendental sobre numerosos intérpretes. Creador del sello discográfico independiente Factory Records y fundador de la discoteca The Hacienda, cumplió un rol clave en la evolución de bandas como Joy Division, New Order y Happy Mondays, además de haber abierto la puerta en Inglaterra a esa movida electrónica que dominaría la escena de finales del siglo veinte y principios del veintiuno.
Hoy, cuando se cumplen diez años de su muerte, la figura de Tony Wilson se agiganta en ese panteón rockero donde brilla como una más de las estrellas del género. Muy lejos del prototipo del crítico musical, él hizo de su vida una obra de arte, al extremo de que la película “24 Hour Party People”, en su afán de reflejar la agitación que vivió Manchester entre los setenta y los noventa, mira las cosas a través de los ojos de Tony Wilson. Su biografía y su leyenda se funden allí hasta tornarse inseparables.