La segunda revuelta

Promediando su octava década de vida, abuelitos como Paul McCartney y Ringo Starr reciben hoy el respeto y los honores de los que eran acreedores los ancianos, antes de que la rebelión rockera de los años cincuenta pusiera patas para arriba los usos y costumbres de la vieja época.

Por J.C. Maraddón
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abuelitosDesde que la juventud irrumpió violentamente en el mercado de la música, hace ya más de medio siglo, los parámetros acerca de la edad de las figuras de ese género artístico cambiaron como del día a la noche. Porque, hasta ese momento, la mayoría de los cantantes consagrados pasaban largamente la treintena. De hecho, Carlos Gardel realizó su primera gira europea a los 33 años y Bing Crosby publicó su álbum debut a los 36. Y todos los integrantes de la familia, desde los niños hasta los abuelos, escuchaban y bailaban las mismas canciones, que eran las que sonaban en la radio.
Cuando Elvis Presley entró por primera vez a las oficinas de Sun Records, tenía apenas 18 años. Y a los 21 se recibió de estrella universal, en lo que fue la apertura de una nueva era dentro de la industria de la música, que nunca más volvería a ser lo que había sido. Los adultos siguieron escuchando lo mismo de siempre, en tanto los jóvenes tomaron como propio al rocanrol y empezaron a desafiar lo establecido en una escalada de rebeliones que diez años después ya había traspasado los límites del arte para ingresar de lleno en lo social y lo político.
Tanta fuerza tuvo ese fenómeno, que la pirámide del poder termino inclinándose y dando una vuelta de campana. Si antes los ancianos habían sido ungidos como los sabios a quienes se debía venerar y respetar, con el correr del tiempo los adolescentes pasaron a ocupar ese sitial privilegiado. Actualmente, sus deseos suelen ser órdenes y sus conocimientos sobre los nuevos artilugios tecnológicos los habilitan para poner en ridículo a los mayores, que no han sabido o no han podido adaptarse a la velocidad con que los avances van descartando uno tras otro los artefactos cuya vigencia parecía eterna.
Las conductas, las vestimentas y las costumbres juveniles en general constituyen hoy el parámetro al que los ciudadanos de todas edades deben adaptarse para no quedar fuera de registro. Se ven sus películas, se copian sus peinados, se usan sus emojis y, por sobre todo, se escucha su música, porque ignorar esas nuevas tendencias significa estar viejo. Y la vejez, esa etapa a la que antes se valoraba como puerta de acceso a la sabiduría, ha pasado a ser una condena, un purgatorio en el que nadie quiere ingresar, porque se lo entiende como la antesala de la muerte.
Sin embargo, el contradictorio panorama cultural en el que vivimos, nos depara la sorpresa de asistir a una nueva exaltación de la ancianidad. Ahora, se trata de rendir culto a celebridades que triunfaron en su juventud y que, a una edad provecta, se resisten a ingresar en cuarteles de invierno. Hordas de jóvenes les rinden pleitesía y ellos, arrugados pero sin perder glamour, siguen rockeando porque eso es lo que mejor les sale. La semana pasada, Mick Jagger dio a conocer dos nuevas canciones. Y ahora, los que salen otra vez el ruedo con temas en conjunto son Ringo Starr y Paul McCartney, los dos Beatles sobrevivientes.
Promediando la octava década de vida, estos abuelitos reciben hoy el respeto y los honores de los que eran acreedores los miembros de la tercera edad, antes de que la rebelión rockera pusiera patas para arriba los usos y costumbres de la vieja época. Tal vez sea necesaria una urgente segunda revuelta que refresque el ambiente. O quizás aquellos jóvenes de ayer fueron tan brillantes que, cincuenta años después, sus méritos siguen cotizando en bolsa y no hay forma de desbancarlos de ese trono al que accedieron cuando tenían la edad que hoy tienen sus nietos.