Nada va a cambiar

Sam Shepard, aquel polifacético artista que iba del cine a la literatura como quien va de la cama al living, murió el jueves pasado a los 73 años. Si pedimos opiniones, cada uno de sus lectores y de quienes lo admiraron como guionista y actor de cine, nos sorprenderá con una evocación distinta.

Por J.C. Maraddón
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ShepardSi para relevar un acontecimiento que ocurrió en el pasado, recurrimos a los testimonios de personas que hayan sido partícipes, lo más probable es que cada uno dé una versión distinta de lo sucedido. Por supuesto, habrá cuestiones generales en las que todos van a converger. Pero habrá detalles, particularidades, que probablemente sean divergentes, como la hora del día, el color de una vestimenta, el modelo de un auto o las palabras precisas que se pronunciaron. Mediante este método, lo que se obtendrá como resultado es un rompecabezas en el que las piezas probablemente nunca encajen. Llegaremos, con suerte, a aproximarnos a la verdad, pero no a conocerla.
Si hablamos de hechos históricos, en los que además se recurre a material de archivo para su reconstrucción, la investigación terminará optando por seguir la línea en la que haya mayor cantidad de coincidencias y descartando la que fue tan solo una excepción. Lo único que indica que esta última no esté en lo cierto es el cálculo de probabilidades, pero a eso se aferra el historiador hasta tanto no aparezca una prueba superadora que le ayude a resolver los interrogantes; los espacios en blanco que suelen quedar entre una certeza y la que le sigue.
Ahora bien, cuando lo que queremos reconstruir son sucesos de la vida privada, momentos claves de una épica familiar o tramos olvidados de la historia personal, se reducen notablemente las fuentes a las cuales acudir y, por ende, aumenta la probabilidad de que difieran las versiones. Y, sobre todo, de que sea imposible elaborar un relato único, lo que deja la puerta abierta a que se admita a cada testimonio como posible y que esas miradas deban convivir, aunque muchas veces se contradigan en algún punto. Después de todo, hay serios indicios de que las verdades absolutas no existen.
La psicología tiene al respecto una biblioteca completa. Pero hubo una vez una película que tradujo esas incertidumbres al lenguaje cinematográfico y las plasmó en una inquietante narración, alejada por completo de los parámetros hollywoodenses. El filme, estrenado en 1985, se llama “Fool For Love” y fue conocido en el circuito cordobés de cineclubes de los ochenta como “Locos de Amor”. Lo dirigía uno de los últimos defensores del cine de autor en la fábrica de sueños: Robert Altman. Y para quienes lo vimos en aquel entonces, nos ofreció un link directo hacia Sam Shepard, el actor que lo protagonizaba y que (vaya sorpresa) era también el autor de la obra teatral en la que se basaba el largometraje.
Una pareja que está entre volver y no volver, un motel en el medio del desierto y un viejo que repugna, es el marco en el que se intenta reflotar el recuerdo de algo que pasó, aunque cada uno de los personajes lo rememore a su manera. Con la paleta del absurdo provista por Samuel Beckett, la pluma de Sam Shepard pincela las relaciones interpersonales de esos ciudadanos estadounidenses a los que el sueño americano abandonó a un costado del camino.
Aquel polifacético artista, que iba del cine a la literatura como quien va de la cama al living, murió el jueves pasado a los 73 años, aunque la noticia recién trascendió ayer. Resumir su biografía es fácil, pero si pedimos opiniones, cada uno de sus lectores, cada uno de quienes lo admiraron como guionista y actor cinematográfico, nos sorprenderá con una evocación distinta. En mi memoria, Shepard no es el novio de Patti Smith, ni el ganador del Pulitzer ni el patriarca de la serie “Bloodline”. Para mí, Sam Shepard es el Eddie de “Fool For Love”, que cuando May le pregunta si cree que con su actitud va a conseguir o cambiar algo, le responde simplemente: “No”.