La sombra de Maduro en Buenos Aires

Existen algunas razones de alarma. La expresidente Cristina Fernández encabeza la intención de voto para las próximas PASO en la provincia de Buenos Aires y es bien sabido cuál es su postura frente a Maduro.

Por Pablo Esteban Dávila

La elección constituyente venezolana terminó ayer en un baño de sangre. Catorce muertos jalonaron los comicios. Aunque todo auguraba un desenlace como el vivido, no por previsible deja de ser un hecho angustiante.
Quince días atrás, la oposición celebró una especie de referéndum anti constituyente con un resultado cantado: 7.2 millones de votos. La cifra se contrapone casi como un espejo a la obtenida por Nicolás Maduro en la sangrienta jornada de la víspera. Es un hecho que Venezuela está partida en dos. Al lado de lo que allí sucede la famosa grieta argentina es una guerra de almohadas.
Pocas pocas pueden agregarse del caos que vive el paraíso bolivariano. A modo de especulación, bien podría aventurarse qué sucedería si una facción de las fuerzas armadas se alzara contra el presidente y contra sus propios camaradas de armas. El resultado no sería otro que una guerra civil en regla. Nada hace pensar que los leales al chavismo depondrían las armas tras algún conato de resistencia, como fue tan típico en los golpes de Estado latinoamericanos en la década del ’70. Maduro podría caer o consolidarse en el poder, pero el resultado serían más muertes –quizá miles– y un país al borde de la disolución.
La tragedia de Venezuela no se desarrolla en una cápsula, sino que contagia pasiones en todo el continente americano. En un alarde de cinismo a escala cinematográfica, la izquierda regional hace mutis por el foro frente a la dictadura chavista, como si Maduro estuviese enfrentando a un desembarco en la Bahía de Cochinos y no a sus propios conciudadanos desarmados y hambrientos. Son tan burdas las razones de la izquierda para persistir en su silencio que abundar en el tema aburriría hasta al más entusiasta. Hace rato sabemos que un muerto asesinado en nombre del socialismo vale mucho menos que otro ajusticiado por razones de supuesta derecha.
En ese contexto, la decisión del gobierno de Mauricio Macri de desconocer los resultados venezolanos devuelve algo de esperanza. La situación ya no da para eufemismos. La cumbre del Mercosur desperdició recientemente en Mendoza la oportunidad para condenar sin atenuantes lo que ocurre allí. Ya es hora que la comunidad internacional deje de dar vueltas con el asunto y diga lo que debe decir en torno a la vergüenza de una supuesta revolución que mata a los suyos sólo para mantener un orden de cosas que ha demostrado estar agotado. Dos años atrás en Venezuela faltaba el papel higiénico; ahora faltan las garantías constitucionalesmás básicas. De aquél grotesco a este espanto han mediado más de un centenar de muertos por razones políticas.
La Casa Rosada ha liderado, desde que Cambiemos se hizo cargo de la administración del país a finales de 2015, una vivificante corriente política en contra del régimen de Caracas. Sin embargo, todavía está por verse si este talante se corresponde con la opinión de la mayor parte de la opinión pública regional, cuando no de la propia Argentina.
Son muchos los indicios que señalan que, en esta cuestión, el presidente Macri goza de importantes apoyos. Incluso buena parte de sus actuales detractores hacen del tema un motivo de indulgencia hacia su gobierno. Frases del estilo “al menos evitó que nos transformáramos en Venezuela” son comunes de escuchar entre los círculos más razonables de la oposición. Pero tal criterio está lejos de comprobar cuál sea el pensamiento profundo de gran parte del electorado.
Existen algunas razones de alarma. La expresidente Cristina Fernández encabeza la intención de voto para las próximas PASO en la provincia de Buenos Aires y es bien sabido cuál es su postura frente a Maduro. Tanto Néstor como ella, cada uno a su turno, fueron firmes apoyos del gobierno bolivariano, incluso más subordinados en términos políticos que la Bolivia de Evo Morales o la Cuba de Raúl Castro. Es imposible olvidar, por ejemplo, que el desgraciado memorándum con Irán por el atentado a la AMIA fue suscripto, precisamente, por recomendación de Hugo Chávez, aliado del expresidente iraní Mahmud Ahmadineyad. La pregunta sobre si una porción importante del electorado bonaerense respalda también estos desvaríos internacionales es pertinente. Que se sepa, ningún K ha deslizado crítica alguna sobre la represión chavista, ni derramado lágrimas por los muertos a manos de su dictadura.
Los excesos de Maduro no dejan de ser una ventaja en los afanes de polarización que Cambiemos pretender sostener con el kirchnerismo pero, aún con un tema de tanto voltaje y con déspotas tan evidentes en el extremo norte de Sudamérica, es complejo adelantar si la cuestión jugará un rol importante dentro de la campaña. El votante populista –del que claramente se nutre Cristina– nunca ha sentido un particular aprecio por las instituciones o las reglas de juego establecidas dentro del sistema republicano. Antes bien, en muchas ocasiones ha sospechado que éstas eran, en realidad, una justificación de los poderosos para evitar que él y los suyos accedieran a bienes y servicios antes reservados a las porciones más privilegiadas de la sociedad. La irrupción de líderes providenciales, al estilo de los Kirchner o de los Chávez, resultaban ser el catalizador indispensable para que esta ecuación, supuestamente tan injusta, se revirtiese de una vez por todas.
Falta ver si la trágica victoria que obtendrá el chavismo tras su simulacro electoral motivará las felicitaciones locales del movimiento Nacional & Popular. Parecería un suicidio que esto sucediese, pero con esta gente nunca se sabe. Tampoco la noción suicida parece estar suficientemente arraigada en la población, a juzgar por la resiliencia de la expresidente en la intención de voto. ¿Se encuentra también la sociedad argentina dividida sobre cuestiones tan primordiales como la vida y la muerte, la libertad o la opresión? En cualquier caso, bien puede hablarse de la sombra de Maduro sobre la provincia de Buenos Aires.
Podría suponerse que, de tanto batir el parche sobre la locura de la última dictadura militar (también la venezolana lo es, vale la pena recordarlo) habría anticuerpos en la cantidad necesaria como para evitar que los apologistas y los defensores de este tipo de regímenes tuvieran algún tipo de predicamento sobre el pueblo. Sin embargo, la perspectiva de una Cristina rediviva y reclamando otra oportunidad hacen dudar sobre que estos supuestos se encuentren efectivamente arraigados. Quizá sea el momento de volver a hablar claro, le guste a quién le guste: los experimentos estatistas, del socialismo popular o comoquiera se llamen terminan engendrando, a la larga, autoritarismo político por doquier y muertos con seguridad. El mundo desarrollado lo entendió hace tiempo; ¿Cuándo lo haremos nosotros? Experiencias, lamentablemente, no nos faltan.