Todo pasa ¿también las PASO?

No hay futuro en estas elecciones, que de primarias sólo tienen la fecha.

Por Pablo Esteban Dávila

El periodismo sostiene que Julio Grondona, expresidente de la AFA y fallecido hace tres años, lucía un anillo con la inscripción “todo pasa” en su cara interior. La sentencia, aunque oculta para cualquiera que observara laalhaja, infundía presumiblemente a su portador la paciencia necesaria para dejar que las cosas tomasen su cauce, más allá de eventuales borrascas. No hay dudas que el mantra tuvo efectos benéficos para su propietario, al menos durante 36 años.
No puede, por cierto, atribuirse una sabiduría aristotélica a tal axioma, pero tiene la virtud del conocimiento práctico. Es evidente que, a la corta o a la larga, todo pasa. Muchos, por cierto, se olvidan de tal cosa, atribuyendo a sus asuntos de corto plazo una solidez parmenídea y actuando como si el mundo se acabara con cualquier mudanza.
Esta filosofía grondoniana, que no por barata dejaba de tener su encanto, se contrapone con la necesidad de las instituciones de perdurar en el tiempo. Al revés de la vida humana que, en rigor, se trata de muchas vidas en una, la existencia ideal de una institución debería referenciarse en las rocas antes que en los cursos de agua. Cuando más duran, más valiosas son. Es esta la razón por la cual los muchachos de Cambiemos, entre tantos otros, claman ante quien quiera escucharlos por “instituciones fuertes”.
Las elecciones, más allá de sus lógicos y cambiantes resultados, integran por legítimo derecho la urdimbre de instituciones de una República. Las PASO, por carácter transitivo, también forman parte de este entramado. Sin embargo, su destino no parece ser el más promisorio por estos tiempos. Nadie está dispuesto a apostar grandes sumas por su supervicencia.
Tal como están, justo es decir que las PASO no sirven para nada. En su origen estuvieron diseñadas para que los partidos políticos tuvieran un baño de democracia interna mediante la participación popular en la selección de sus candidatos. La idea tenía su costado noble: se trataba de romper las trenzas partidarias a través de un proceso obligatorio de apertura, permitiendo que las minorías –o las disidencias, pudiera expresarse públicamente y exponer sus ideas ante el gran pueblo argentino a despecho de las burocracias establecidas.
Pero, tal es la sentencia bíblica, el camino al infierno está lleno de buenas intenciones. A ocho años de su debut, casi ningún partido importante utiliza las PASO para dirimir sus candidaturas. En Córdoba, por caso, apenas dos de las fuerzas habilitadas tendrán ofertas competitivas el próximo 13 de agosto y, en una de ellas (Cambiemos), las facciones en pugna no representan ni remotamente los verdaderos intereses que se contraponen dentro de la coalición. La distancia entre lo que prometían ser estas elecciones y lo que efectivamente son es tan mayúscula que el partido que las impuso en el Congreso, el Frente para la Victoria, jamás las utilizó. De hecho,tampoco la fuerza parece existir ahora.
Cualquier ciudadano de a pie sabe de esta futilidad, pero hasta no hace mucho la clase política prefería burlarse en privado de estos comicios. La novedad es que, recientemente, importantes figuras públicas han comenzado a cuestionar la pertinencia de este artificio. Una de ellas es el propio presidente Mauricio Macri, quien días atrásconfesó “tener mucha bronca” por vivir trabajando para ahorrar dinero y tener que dilapidar “2500 millones de pesos en organizar una elección que se ha demostrado que es inútil”. Prometió también trabajar para derogarlas el próximo año.
Otro que expresó sus agravios contra el sistema fue Juan Schiaretti. –“Se gastan recursos y energías” aseguró, advirtiendo que estas elecciones son “absolutamente innecesarias”. Agregó que espera que “se pueda debatir la eliminación de las Paso a partir del año que viene” porque las inventó Kirchner “para intentar disciplinar el peronismo después de la elección de 2009, cuando le iba mal”. El gobernador sostuvo además, para beneplácito de la tradición política, que “son los simpatizantes del partido los que deben elegir”, y que no puede obligarse a todo el mundo a participar de su vida interna. No es extraño que sustente esta posición; para alguien fanático de la gestión, votar en un simulacro no tiene sentido alguno.
La similitud de las locuciones invita a la previsible asociación: todo pasa, también las PASO. No hay futuro en estas elecciones, que de primarias sólo tienen la fecha. Si se derogan nadie las echará de menos, especialmente los partidos que supuestamente debían utilizarlas para ventilar, democráticamente y a la vista de todos, sus diferencias intestinas.
¿Debe abolirse entonces la posibilidad de internas partidarias? No, en absoluto, pero pretender que haya primarias dentro de un sistema de partidos sin partidos es una contradicción lógica. Porque, en rigor de verdad, ¿cuántos quedan en Argentina? El peronismo y el radicalismo, todavía las mayores agrupaciones vigentes, hace rato que no figuran en los cuartos oscuros. Muchas coaliciones son, apenas, clubes de admiradores de tal o cual dirigente reunidos bajo el paraguas de la conveniencia. Hablar de programas o ideologías en semejante escenario es, cuanto menos, forzar la imaginación.
Lo más razonable sería mandar las PASO a situación pasiva, mediante una jubilación de privilegio. Mejor recordarlas como un intento más o menos desafortunado de hacer algo noble antes que padecerlas en cuotas durante toda la eternidad política. De lo contario estaremos condenados a elegir entre candidatos únicos, plebiscitando los acuerdos de cúpula que, previamente y exactamente igual a lo que sucedía antes, se tejen en la intimidad y lejos del escrutinio de la opinión pública.