Cristina lo hizo: elecciones de alta intensidad

Algunos estrategas en la Casa Rosada están sensiblemente preocupados por los números que tienen ante sus narices. Si la expresidente termina por imponerse a Esteban Bullrich todo podrá ser puesto en entredicho.

Por Pablo Esteban Dávila

Basta leer los grandes periódicos nacionales del fin de semana para comprender que algo no marcha bien. Cristina Fernández, la expresidente acusada de prácticamente cualquier cosa desde el fin de su gobierno, marcha al frente de la encuestas en la estratégica provincia de Buenos Aires. ¡Cosa ‘e mandinga!, se sorprenden los aparceros de Carmen de Areco.
Algunos estrategas en la Casa Rosada están sensiblemente preocupados por los números que tienen ante sus narices. Si la expresidente termina por imponerse a Esteban Bullrich todo podrá ser puesto en entredicho. A diferencia de otros que han ganado desde la oposición en elecciones de medio término, la postulación de Cristina no tiene ninguna promesa de renovación. Es, simplemente, un compromiso de reintegrarse a la comunidad perdida del populismo decisionista, la arcadia kirchnerista.
La perspectiva, es justo decirlo, aterra a la gran mayoría de los argentinos, incluso a los bonaerenses. La intención de voto de la señora de Kirchner está lejos de mostrar un respaldo abrumador: apenas un 30 – 33% en aquél distrito, lejos de cualquier reclamo universal de retorno. Sin embargo, es un grupo electoral sólido, blindado. Su lealtad es superior a cualquier acusación que pudiera hacérsele, a despecho de las muy serias que se le han formulado hasta el presente.
Esta es una ventaja que no cuentan el resto de las fuerzas en pugna. Ni Bullrich ni Sergio Massa saben exactamente en dónde está su techo o, incluso, su piso. A diferencia de Cristina ninguno de ellos puede asentar sus reales sobre un porcentaje propio e insobornable, lo que llena de inquietudes a sus respectivos comandos de campaña. En un escenario de alta dispersión y cierta volatilidad en el voto no kirchnerista, el contar como propio a un tercio del electorado no deja de ser un estímulo poderoso para alguien que necesita imperiosamente del poder y los fueros parlamentarios.
Hay algunos analistas que sostienen que esta suerte de revival no debería ser magnificada. Argumentan que, en términos nacionales, la intención de voto que ostenta la expresidente en Buenos Aires no tiene un correlato en otras provincias importantes y que, medidos con esta vara, sus resultados estarían lejos de ser representativos del humor general. Adicionalmente sostienen que las listas de Cambiemos son las únicas que habrán de estar en todo el país, mientras que ningún sector de la oposición puede mostrar una oferta de similar uniformidad. Son argumentos correctos y, hasta cierto punto, muy razonables.
Las estadísticas, sin embargo, son una manera racional de soslayar verdades irracionales. Es cierto que Buenos Aires no es la Argentina y que, en términos agregados, es altamente probable que Macri consiga un resultado mejor al que obtuvo en la primera vuelta de 2015. No se discute este hecho. Pero no por ello puede soslayarse el particular aspecto simbólico que ostentan sus territorios, especialmente los que circundan a la Capital Federal.
Buenos Aires es un micro o macro cosmos, depende de cómo quiera mirársela. María Eugenia Vidal obsequió una provincia tradicionalmente peronista a Mauricio Macri, imponiéndose por cuatro puntos sobre Aníbal Fernández (entre ambos sumaron el 75%). Desde entonces, el presidente hace esfuerzos inenarrables para mantenerla dentro de los soportes territoriales de su Administración. Tales empeños no sólo se explican por la enorme concentración poblacional del distrito sino también porque, por imperio del tradicional centralismo argentino, lo que sucede en el radio de 100 kilómetros en torno al puerto porteño es noticia en todo el país.
En este contexto, un triunfo de Cristina sería tanto una anécdota estadística como una inapelable derrota política de Cambiemos. No hay dudas de tal cosa. Pero el asunto no terminaría en estas variables. Como una especie de onda expansiva, un acontecimiento de tal naturaleza impactaría en otros círculos de interés.
Uno de ellos es la interna peronista. En el PJ hay varios que daban por sepultadas las chances de la viuda de Néstor por retomar el liderazgo partidario y, simétricamente, el incremento de sus propias posibilidades de alzarse con el control de la fuerza. Entre ellos hay dos que sobresalen nítidamente: Juan Manel Urtubey y Juan Schiaretti. Y, de los dos, era el cordobés quie n, hasta el presente, concentraba los mejores pronósticos.
Tal como se analizó desde Alfil en ediciones anteriores, su ascendiente parecía un dato positivamente asumido entre sus colegas peronistas. Nadie podía pensar en un justicialismo renovado y con decididas credenciales republicanas sin el aval de Schiaretti. Tampoco él mismo, claramente. Sin moros en la costa (y, de yapa, sin el activismo de José Manuel De la Sota de por medio), pronto estaría en condiciones de reclamar sus flamantes credenciales de hombre fuerte de cara al futuro.
Estas pretensiones podían prescindir de los resultados de las próximas elecciones legislativas. El gobernador las definió sin eufemismos, en su momento, como “de baja intensidad”. Pero ocurre que, como sucede a menudo en política, el diablo metió la cola. La presencia de Cristina Fernández como candidata (y su eventual victoria) lo obligan a recalcular su posición original. Antes podía tolerar que Héctor Baldassi triunfase sobre Unión por Córdoba; ahora debe lograr que Martín Llaryora sea el claro vencedor. Cristina lo hizo: son otras las cosas que están en juego.
Esta pretensión no se apoya únicamente en su necesidad de mantenerse en la centralidad de las especulaciones de la liga de gobernadores peronistas, sino también en el rol que la provincia podría ofrecer al país federal ante un resurgimiento de la opción populista desde el conurbano bonaerense. Nuevamente Córdoba debería erigirse en un polo de resistencia ante tal posibilidad. Y no sólo por las ambiciones políticas de su gobernador, sino también en defensa propia. Si en 2019 Cristina retornara a la presidencia, a quien quiera le tocase gobernar la jurisdicción sufriría brutales represalias desde la Casa Rosada. Después de todo, si el kirchnerismo se encuentra hoy en el llano es porque el electorado mediterráneo le dio masivamente la espalda.
El escenario está dado, en consecuencia, para unas PASO de alta intensidad, muy diferentes a las imaginadas desde el Centro Cívico cuando el año recién despuntaba. Hay amenazas, ciertamente, pero también oportunidades de nota en el nuevo contexto. Si Cristina triunfa y también lo hace Schiaretti, un nuevo duelo asomará en el horizonte. Por el contrario, si ella pierde (aunque salga electa) y el gobernador se alza con la victoria, habrá nacido una nueva estrella a la que Macri –y el peronismo en su conjunto– deberán halagar aún más de lo que vienen haciéndolo. Pero, si ocurre lo inverso, las pretensiones de largo plazo del cordobés quedarán en entredicho con el agravante que, dentro de dos años, quienes están hoy en la oposición podrían querer arrebatarle la provincia. Demasiado en juego como para tomárselo a la ligera.