La otra mirada

A los 91 años, murió la semana pasada en su mansión de Hawaii el productor musical estadounidense David Kapralik. Su biografía es una de las tantas que han quedado ocultas detrás del brillo de las figuras a las que catapultó hacia el suceso, como por ejemplo Barbra Streisand y Sly Stone.

Por J.C. Maraddón
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Uno de los mayores fracasos del año pasado correspondió a la serie “Vinyl”, que tuvo su primera (y única) temporada en HBO bajo la producción de Mick Jagger y Martin Scorsese, entre otros. Con semejantes nombres detrás, embanderados en una temática que ponía el foco en la industria discográfica de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, parecía que esta producción iba a ser uno de los tanques de audiencia de 2016. Pero a la gente no le interesó tanto como se esperaba y, tras los primeros 10 episodios, el canal decidió que cancelaba la emisión de la tira y dejó a los productores con la boca abierta.
Más allá de los motivos que llevaron a HBO a tomar tan drástica medida, “Vinyl” funcionaba muy bien como paneo didáctico sobre un panorama muy particular: el proceso que llevó a los anárquicos y bohemios artistas de rock a transformarse en el engranaje fundamental de la industria cultural, como promotores de una fiebre de consumo que no se agotaba en los discos, sino que se extendía a los conciertos, el merchandising y otros rubros conexos. En medio de una locura creativa generalizada, había cuentas bancarias que crecían sin parar gracias a esa música que había nacido como verdugo del sistema.
Esa era la mayor virtud de “Vinyl”, porque hasta ahora habíamos conocido la historia de esos años desde la perspectiva de los artistas y los periodistas. La serie de HBO privilegiaba, en cambio, la mirada empresarial sobre ese fenómeno, que fue la que terminó imponiendo sus parámetros y encajando la informalidad de los ídolos dentro del rigor de los contratos y los compromisos asumidos. Ya entrados los ochenta, los procedimientos se habían vuelto protocolares y el espacio para el desvarío se había reducido a lo justo y necesario. En los noventa, el encorsetamiento de la furia rockera sería uno de los motivos que llevarían al suicidio a Kurt Cobain.
Entre los productores cazatalentos que andaban dispersos por allí, en la búsqueda de reclutar jóvenes promisorios, se contaba David Kapralik, quien en 1962 tuvo el privilegio de descubrir a Barbra Streisand, cuando era una jovencísima vocalista que cantaba en un night club de Nueva York. Kapralik convenció a un ejecutivo del sello Columbia de que una noche fuera a ver su show; y tres meses más tarde, la Streisand entraba a un estudio para grabar el que sería su primer disco, peldaño inicial de una exitosa y consagratoria carrera.
Con esa medalla colgada de su ojal, David Kapralik redondeó su reputación en la tarea de encontrar futuras estrellas, un metier que lo llevaría posteriormente a anotarse otro gran logro, cuando puso a los pies del negocio de la música al indomable Sly Stone. Criado bajo el yugo del fervor religioso, Stone encontró en el soul y el funk una vía de escape para su talento creativo (además de los excesos lisérgicos). Y fue Kapralik quien se encargó de que ese diamante en bruto, al que halló en un club cerca de San Francisco, fichara para el sello Epic e iniciara una trayectoria meteórica.
A los 91 años, David Kapralik murió la semana pasada en la mansión de Hawaii donde residía. Su biografía es una de las tantas que han quedado ocultas detrás del brillo de las figuras a las que catapultó hacia el suceso. Odiados por unos y adorados por otros, estos productores cumplieron un rol imprescindible en la evolución que llevó a algunos artistas marginales a destacarse como astros de la canción. Evidentemente, la historia contada desde el enfoque de los Kapralik no tiene el mismo atractivo y por eso, entre otros motivos, “Vinyl” no supo cumplir con las expectativas que había generado.