Un disco artesanal

Hace 40 años, comenzaban las sesiones de grabación del álbum “A 18 minutos del sol”, esa obra solista que, a pesar de la equivocación astronómica que anida en su título, era mencionada por el propio Luis Alberto Spinetta como la cumbre creativa de su larga trayectoria artística.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

No deja de ser significativo que los discos a los que generalmente se sindica como los mejores de Luis Alberto Spinetta, corresponden a sus iniciativas solistas, en desmedro de sus proyectos grupales. Por ejemplo, el que casi todas las encuestas ubican al tope de los favoritos entre los que aparecieron bajo el paraguas del rock nacional, es “Artaud”, un álbum que apareció en 1973. Si bien fue editado con Pescado Rabioso como intérprete, en realidad esa banda ya se había disuelto al momento de grabarlo y la responsabilidad de esa obra recae pura y exclusivamente en Spinetta, quien contó con la ayuda de instrumentistas varios.
Otro trabajo discográfico que resalta dentro de la prolífica obra spinettiana es “Kamikaze”, un disco con un título bélico que se dio a conocer en el desarrollo de la Guerra de Malvinas. Allí, el Flaco reunió 11 canciones que habían quedado afuera de los discos que había publicado hasta entonces y que allí figuraban en versiones despojadas y conmovedoras. Aunque en esa época Spinetta todavía sostenía su proyecto junto a Spinetta Jade, se dio con el gusto de aislarse para dar a luz a “Kamikaze” y, un año después, a “Mondo di Cromo”, un álbum ya más a tono con su derrotero sonoro de esa etapa.
En la década que va de “Artaud” a “Kamikaze”, hubo otros dos discos solistas que deben ser mencionados. Sin duda, el más despreciado por la crítica fue “Sólo el amor puede sostener” (“Only Love Can Sustain”), un larga duración que Spinetta grabó en Estados Unidos en 1979 bajo la producción de Guillermo Vilas y que constituyó un intento fallido de que el músico argentino fuese admitido en el mercado latino de la potencia del Norte. Con una sonoridad que tenía más parecidos con la de un Gino Vanelli que con la del rock argentino, el disco tampoco fue bien recibido por sus fans locales.
Pero dos años antes, sobre el final de su periodo junto a Invisible, Luis Alberto Spinetta había puesto en bateas un álbum extraño, indescifrable, que estaba condenado a convertirse en una pieza de culto. Ya de por sí, Invisible había sido una de sus apuestas más experimentales, en la que había partido desde los jeroglíficos instrumentales del rock progresivo, hasta arribar a las ecuaciones plagadas de incógnitas del jazz rock. Por eso, en su primer disco en solitario tras esa experiencia grupal, decantó todas esas proezas musicales y dejó que aflorase su esencia más íntima.
Hace 40 años, comenzaban las sesiones de grabación de “A 18 minutos del sol”, esa obra que, a pesar de la equivocación astronómica que anida en su título, era mencionada por el propio Spinetta como su cumbre creativa. Con uno de sus excompañeros de invisible (Machi Rufino) a su lado, junto a otros sesionistas virtuosos (como el pianista Diego Rapoport), el LP es un eslabón perdido entre ese ambicioso periodo con el que cerró su década del setenta, y la luminosidad que caracterizaría a su periplo posterior junto a Spinetta Jade, ya entrados los ochenta.
En agosto de 1977, cuando el disco saliese a la venta, muy pocos conseguirían entender el rumbo que tomaba ese artista al que ya se había coronado como uno de los referentes del rock en castellano. Tendrían que pasar el tiempo y las canciones para apreciar la verdadera dimensión de ese edificio musical al que Spinetta construyó con paciencia de artesano, hasta lograr que todo encaje de acuerdo a su saber y entender. A cuatro décadas de ese hito en su discografía, bien vale la pena sentarse a escuchar otra vez esas pociones mágicas que alumbraron con su belleza los tortuosos días de la dictadura.