Otro error no forzado: los límites de la buena onda

¿Cometió Macri otro error no forzado? Probablemente así haya sido. Confundió su buena relación con el gobernador con el trato que se le dispensa a un aliado incondicional.

Por Pablo Esteban Dávila

macri-schiarettiAyer quedó en claro que la política de la buena onda tiene sus límites. La polémica entre el presidente de la Nación y el gobernador de Córdoba a raíz del impuesto a los Ingresos Brutos así lo demuestra.
El episodio fue inédito. No sólo porque se transmitió en vivo y en directo sino porque sus protagonistas son aliados tácticos en una provincia que no duda en respaldarlos, cada uno a su turno y sin importar sus diferentes colores políticos.
¿Cuál es la explicación a este súbito e inesperado cortocircuito? Podrían ensayarse varias de diferente peso argumentativo pero, en rigor, la más sencilla es la correcta. Mauricio Macri, simplemente, se equivocó de escenario y de interlocutor.
Lo triste para el presidente es que el yerro no tuvo nada de planificado. Fue sólo una recomendación institucional dicha con pretendido histrionismo en un momento poco oportuno. Reclamarle a Juan Schiaretti una rebaja de los Ingresos Brutos para los créditos hipotecarios es como pedirle a Barros Schelotto que demore uno que otro triunfo para hacer más competitivo el campeonato de primera A. En consecuencia, el cordobés no podía responder de una manera distinta de la que lo hizo: “cuando la Nación nos devuelva todo lo que le corresponde la Provincia (…) ahí vamos a bajar más impuestos””.
Al presidente debe haberle extrañado esta reacción de alguien a quien considera su amigo. “A vos no te va tan mal, gordito”, lo chicaneó en clavealfonsinista para recordarle, de inmediato, que “has cobrado 6 mil millones más con el fallo de la Corte”. Schiaretti, con cara de póker, le devolvió la gentileza: “Sí, pero tuvimos que hacer juicio”. Los memoriosos recuerdan que el “gordito” destinatario de la filípica era un ciudadano que interrumpía voz en cuello un discurso de Alfonsín, un ejemplo bien lejano al del gobernador, hasta entonces un atento oyente de las reflexiones macristas.
Es notable comprobar que, pese a las chanzas, los dos tienen razón. Son, en efecto, personas que se atribuyen un manejo de republicana virtud hacia la cosa pública. El gobernador supone que la Nación no ha hecho otra cosa que cumplir con lo que debía, en tanto Macri está convencido que él ha ejecutado un mandato de reparación histórica hacia una provincia que lo convirtió en presidente. Ambos tienen su parte de mérito en esta historia porque, tal vez con Daniel Scioli en la Casa Rosada y a pesar de los legítimos reclamos cordobeses, nada de lo que ocurre actualmente sucedería.
Claro que el supuesto forma parte de la política ficción, un género que, conforme al apriorismo aristotélico, no tiene nada de político. Lo concreto es que Córdoba recibe hoy desde la Nación un flujo financiero que el resto de las provincias envidia. Schiaretti lo sabe y utiliza ampliamente estos recursos para consolidar su aura de hacedor.
Quizá la sola mención al reconocimiento que hizo la Nación de los derechos de Córdoba (algo cuyo crédito efectivamente corresponde al presidente) no hubiera generado dificultad alguna si Macri no hubiera abordado el tema de los Ingresos Brutos con tanta ligereza. No es que el reclamo fuera una novedad –ya había chichoneadopúblicamenteal respecto con María Eugenia Vidal sin ninguna consecuencia práctica– sino que, para el gobernador, el asunto es una cuestión personal.
El presidente olvida que, cuando promediaba su primer mandato, Schiaretti tuvo que llevar este tributo a sus niveles actuales porque Cristina Fernández lo discriminaba arteramente y que, por hacerlo, debió pagar un alto costo. Tampoco parece tener en cuenta que, para las jurisdicciones provinciales y por culpa de las distorsiones fiscales que provoca la inflación (toda una gabela nacional de facto) los Ingresos Brutos son una causa política antes que un recurso financiero. Es un hecho que, sineste gravamen, las provincias colapsarían sin remedio.
Esta realidad no equivale a decir que los gobernadores crean que sea un buen impuesto. La mayoría reconoce que es un mal necesario, aunque lo hagan en sordina. Sugestivamente es Schiaretti uno de los pocos que se ha animado a expresarlo públicamente, proponiendo un capítulo provincial del IVA como única forma de derogarlo. No hace falta decir que su prédica, por ahora, sólo ha sido receptada entre el mundo académico.
La Nación no entiende mucho de esto. Los tecnócratas de Dujovne consideran que los Ingresos Brutos constituyen una anomalía que debería ser extirpada en nombre de la salud macroeconómica. Lamentablemente no proponen ninguna solución realista como paliativo a la cirugía, con excepción del auxilio federal a las jurisdicciones con dificultades. Es esto, precisamente, lo que temen los gobernadores. Ninguno quiere volver a ser rehén del humor presidencial porque saben lo que tal cosa significa. Es preferible un mal impuesto a un presidente bondadoso.
¿Cometió Macri otro error no forzado? Probablemente así haya sido. Confundió su buena relación con el gobernador con el trato que se le dispensa a un aliado incondicional. Como no lo son, su recomendación le pareció un exceso a Schiaretti, pese a las sonrisas y los reclamos en modo zen prodigados por el primer mandatario.
A modo de daño colateral, la polémica expuso la fragilidad de los límites que existen entre quién aporta más fondos para el revival de la obra pública mediterránea, un tema que de momento sólo había ocasionado un conflicto de baja intensidad entre carteles publicitarios. Desde su exilio riocuartense José Manuel de la Sota (que también ligó ayer alguna queja macrista) debe estar restregándose las manos: “yo se los dije”. Harán falta muchos paños fríos para detener este ardor impositivo.