Adiós, querido Viejo de la Montaña

El domingo murió en Río Ceballos Roberto Espina. Un hombre querible y distinto, un artista. Un creador y admirador de la belleza, un amante de la vida.

Por Gabriel Abalos
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Espina
Se fue Roberto Espina, un hombre talentoso, inteligente y bueno.

A Roberto Espina, como a un árbol añoso, lo taló la muerte el domingo. Era un árbol alto, fuerte y robusto y su sombra hacia más amable la estadía en esta vida.
Aunque sabía parecer hosco a voluntad, era en realidad un hombre de una gran amabilidad y enorme dulzura. Un gran anfitrión. Siempre su casa se encontraba llena de gente de todas las edades, se hacían comilonas, era un placer compartir momentos en la mesa, en esa cima que miraba el valle. O caminar con él por las terrazas donde siempre emprendía algún pequeño sembradío, un corral de animalitos, porque pese a su cuerpo grande que le cobraba achaques, era común llegar a la casa abierta y vacía, y tener que buscarlo por las inmediaciones.
Era un gran conversador. Le interesaba la política, por supuesto el teatro, la escritura. Su conversación siempre iluminaba. Había encontrado su lugar en el mundo, él, el viajero incansable que había recorrido continentes donde siempre encontró amigos, el que cada tanto emprendía un nuevo viaje dentro o fuera del país. Su vida había sido la de un hombre de teatro de impulso aventurero. Sus relatos eran apasionantes, siempre había sabido cultivar la ironía, la travesura, el descubrimiento. Y siempre también había sabido llevar consigo provisiones de alegría para compartir, imaginación y ganas de seguir haciendo para siempre esta vida que se había construido. Una vida diferente a la de muchos, una vida de artista.
En su motorhome podía desplazarse como a él le gustaba. Una vez le comenté que tenía que ir a Cosquín a quedarme unos días y me dijo: “Lo busco a las cinco”. Fue una aventura para mí ese viaje como copiloto hasta Punilla, en el que recuerdo habernos cruzado con una verdadera banda de motociclistas a la salida de un túnel, que saludaron todos al pasar, con respeto. En ese vehículo en el que se podía vivir, le gustaba llegar a una ciudad, estacionar cerca de la casa de un amigo y llamarlo por teléfono invitándolo, explicando que estaba estacionado en tal y tal calle. Que tenía café y que lo esperaba. Incluso en Buenos Aires visitó, o más bien fue visitado por algunos amigos, disfrutando ambos de ese encuentro que hasta podía desplazarse en busca del marco que desearan.
Cuando ya el cuerpo no lo acompañaba tanto, le gustaba venirse a la ciudad de Córdoba y alojarse en un hotelito. Aquí podía estar en contacto con el ambiente de gente de teatro y titiriteros que lo querían y lo admiraban, y participar y luego de compartir feliz seguramente unos vinos con los amigos, recogerse a su hotelito.
Amaba la belleza y trabajaba para crear belleza. Lo hizo como actor, como director, como dramaturgo, como escritor, como mimo. Incluso como ceramista. Los hermanos Di Mauro le contagiaron el amor a los títeres. Quedó prendado de ese arte y lo abrazó como un descubrimiento. Se adaptaba a su propia experiencia de un teatro popular, en los barrios de Buenos Aires, adonde llegaba en troupe en un camioncito. Y contaba: “No había titiriteros en Buenos Aires a fines de los años ’60”. La memoria del oficio debía de haberse interrumpido. Le gustaba afirmar que los argentinos habían inoculado de vuelta el oficio en España, en Italia, en Venezuela o en México, en aquellos años.
Había nacido en Buenos Aires en 1926, y vivió los últimos veintidós años en la altura de Río Ceballos. En 1951 había participado de la fundación del Teatro Escuela Fray Mocho, que tuvo por conductor e inspirador al actor y director Oscar Ferrigno. En 1956 fundó el Teatro Los Comediantes de la Ruta, con el que recorrió el país realizando espectáculos y dictando cursos y conferencias. Este andar itinerante era parte de su ser. Y junto a la actividad escénica popular fue brotando su obra literaria. Cuentos, poemas y obras de teatro y de títeres como La República del Caballo Muerto, La Vaca Blanca, Las Zorrerías, El té se enfría, La carpa de Trufaldino, El sueño del juicio, entre tantos otros.
Cada tanto, hasta no hace mucho, llegaban correos suyos a sus contactos electrónicos, dando noticias o repartiendo sus poesías y reflexiones. Cerca de la Navidad de 2015, escribió el siguiente poema titulado “El lugar donde mejor canta el pájaro”: “El árbol genealógico -se le ocurría señalar a un autor- sí, ese sería un pajarito doméstico, enjaulado en el árbol familiar.
Podemos deducir que el canto se nutre de la memoria, una memoria familiar, o tal vez otra, que está fuera de esa jaula y se sitúa en la humanidad y su aventura terrestre o cósmica. De allí naciera otro canto, el de un pájaro libre y memorioso, el árbol de la vida. Bien aventurados sean amigos y amigas. Fraternales abrazos en estos tiempos de ancestrales significados. Significados que están en la memoria universal de nuestras mentes.
Tres arboles nos significan (el árbol de la vida, el árbol de Navidad, el árbol genealógico).
¿Sabremos elegir cómo festejar? ¿Y que los festejos nos reanimen, nos renueven?
¡Qué hermanados nos encuentre el tiempo nuevo!
¡Iluminados!
¡Bienaventurados!”
Siempre firmaba como El Viejo de la Montaña.
Quisiera concluir citando parte de otro poema que envió por correo electrónico a sus amigos para la primavera de 2015, porque es muy bello, y no pude no responder agradeciéndole.
Son palabras de Roberto Espina, que murió hace sólo dos días, a los 91 años, en su querida casa cordobesa:
“Te llaman amor y es tiempo de primavera.
Creo, sospecho, haberte conocido.
Has pasado, algunas veces.
Supe de tu naturaleza, de la particular manera de llegar.
De hacerme saber de tu existencia.
Agradecido estoy de lo vivido.”
Adiós querido y admirado Viejo de la Montaña.